Capítulo 2
Salvador sostuvo su mirada, apretando imperceptiblemente los dedos alrededor de su taza de café.
—Yo era su Yuri —dijo—. Y ella... era mi Alma.
Dos frases.
Y el tiempo se somete a ella.
Alma se quedó inmóvil. Las palabras la golpearon como un golpe seco. Durante un largo instante, simplemente lo miró fijamente, sin aliento, con la mente en blanco.
Salvador sintió cómo el dolor de una vieja aflicción le le subía por el pecho, arrastrándolo de vuelta a un tiempo que tanto había intentado enterrar. El dolor por la pérdida de Irene le retorcía el corazón como una herida antigua que volvía a abrirse. Pero años de práctica lo habían convertido en un maestro de la compostura, y ahora la llevaba como una armadura, protegiéndose de la niña que tan claramente portaba el fuego de su madre.
Irene estaba en un lugar mejor, se repetía por milésima vez. La estrella más brillante del firmamento, sin duda haciendo la vida imposible a los demás con su personalidad arrolladora. Lo había estado usando como un mantra infantil, una fantasía que aliviaba la agonía de la pérdida lo suficiente como para mantenerlo en pie.
Su mirada volvió a posarse en Alma, de tez pálida como la porcelana, con los matices de sus emociones reflejados en los rasgos de su rostro. Recordó todo lo que había averiguado sobre ella, cada detalle que les había sonsacado a Andrade y Luján, sus jefes de equipo en los últimos días. Su jefe de equipo le había informado de la escasa información que existía sobre Alma siete. Si es que había alguna, era como si alguien la hubiera borrado recientemente.
Andrade lo había mirado con recelo, perplejo por su inusual curiosidad sobre la vida personal de un agente de Nexo, pero como Salvador era su superior, no tuvo más remedio que darle toda la información que solicitaba. Cuando Salvador insistió en que se excluyera el nombre de Alma de las operaciones, Renata Luján le preguntó directamente si había infringido el protocolo.
—¿Representa ella una amenaza, Salvador? —insistió Luján—. Si no, no hay justificación para destituirla.
Les había dicho que ella era demasiado joven para esta misión, así que planeaba asignarle algo más sencillo. Ambos parecían inalterables, considerando que no había nadie más apto que Alma para la tarea en cuestión.
Pero la verdad era que Salvador no encontraba ni una sola razón legítima para sacarla, aparte de un completo disparate. E incluso si la hubiera encontrado, la terquedad hostil de Alma habría desatado el caos ante cualquier intento. Era hija de su madre, en cuerpo y alma.
Pero ella había encontrado su propia familia. Un francotirador con un historial impresionante y una francesa explosiva que, al parecer, tiene problemas de ira.
Salvador observó cómo Alma tragaba saliva con dificultad, visiblemente lidiando con un torbellino de emociones. En otro momento, en circunstancias diferentes, tal vez se habría acercado a ella, le habría ofrecido consuelo, le habría contado historias de la mujer extraordinaria que había sido su madre.
Pero ahora no era el momento.
Alma de su casa, o de lo que quedaba de ella, seguía vivo. Tenía apenas seis meses, envuelta en una manta blanca, y se movía suavemente en sueños, apenas del tamaño de dos palmas, mientras él la llevaba en brazos hacia la oscuridad.
La bebé ignoraba por completo el cruel futuro que le aguardaba. Dormía plácidamente, incluso mientras los gritos de su hermano resonaban a través de la puerta.
Gael.
Con siete años, vestido con un traje negro que le quedaba demasiado grande para su pequeña complexión, el niño se quedó paralizado tras el funeral de sus padres. Con un frágil jarrón apretado entre sus manos temblorosas, lo apuntó a Salvador como si fuera un arma, con el rostro desfigurado por la desesperación.
Pero Salvador no tuvo otra opción.
El mundo no sabía que Irene tenía una hija. Nadie sabía que tenía otro hijo.
Pero Gael... ellos lo conocían. Capturarlo habría levantado sospechas, habría atraído atención no deseada. Salvador tenía que sobrevivir, tenía que mantenerse fuera del peligro el tiempo suficiente para terminar lo que habían empezado. Y así, tomó su decisión.
Se llevó al bebé.
La imagen de Gael solo en aquel umbral, indefenso y asustado mientras Salvador se marchaba con el último miembro de su familia, lo atormentaba aún. Lo atormentaría para siempre.
Gael. El chico que no merecía la agonía con la que creció. El chico que cargó con el peso del dolor, la ira y la desesperación sobre sus delgados hombros. El chico que fue puesto a prueba demasiado.
Y ahora, había regresado.
Había regresado a la ciudad en ruinas con sed de venganza en el corazón y veneno en la mente. Los Sucesores fueron solo un preámbulo. Sus creadores eran el objetivo final.
El gato le dio un suave empujón a la barbilla de Alma, trayendo a Salvador de vuelta al presente. Sus ojos, feroces, se encontraron con los de él al otro lado de la mesa como dos pozos de lava.
—No me iré sin decir la verdad —dijo con voz firme. Y Salvador, a pesar de su aparente compostura, supo que hablaba en serio.
La noticia se extendió como la pólvora, sumiendo a los regentes en el pánico. Ningún poder, por grande que fuera, podía encontrar la sombra que acechaba en sus entrañas. Sus sucesores se veían obligados a afrontar situaciones de vida o muerte, uno tras otro. Era solo cuestión de tiempo antes de que los artífices originales de la destrucción cayeran.
Gael lo era.
Tenía un talento innato.
Pero tenía que parar.
Salvador sabía que Gael era la clave. Tenía que encontrar al chico antes de que hiciera algo irreparable, algo tan temerario que la redención sería imposible. La única manera de detenerlo era revelar la verdad:
Su hermana estaba viva.
Elisa estaba muerta en teoría. Pero Salvador la había salvado, alejándola antes de que las personas en las que había confiado ingenuamente para que la cuidaran pudieran hacerle más daño. Sin embargo, el recuerdo de su negligencia —el no haberla visitado tras su adopción—lo atormentaba sin cesar.
¿En qué estaba pensando?
¿Cómo pudo haber olvidado su promesa a Irene? ¿Por qué le había fallado tan rotundamente?
—Siento no haber podido salvarte antes —dijo Salvador, con la voz apenas audible. Ni siquiera estaba seguro de que Alma lo hubiera oído hasta que bajó las pestañas y encogió los hombros, como si deseara desaparecer. Un destello de vergüenza cruzó su rostro, una vergüenza que llevaba como una cicatriz indeseada.
Su pasado la atormentaba. Y lo odiaba.
Salvador no tardó en darse cuenta de la transformación.
—No te atrevas a dejar que lo que te pasó te defina —espetó Salvador, con un tono cargado de ira que no iba dirigida a ella, sino a sí mismo. Ella abrió los ojos de par en par, aún vulnerable por mucho que intentara disimularlo, y él se dio cuenta de lo poco que realmente la conocía. La había llevado a la Irene Perla Oscura, un santuario oculto del mundo, y luego la había abandonado a su suerte. Para protegerla, se había mantenido alejado, pero al hacerlo, la había decepcionado de una manera que no podía justificar.
—¿Podemos dejar de hablar de eso? —preguntó, aferrando al gato pelirrojo contra su pecho como si fuera su salvavidas.
Salvador quería hacerla entrar en razón, decirle que no estaba rota, recordarle su valía. Pero la desesperación en sus ojos, la súplica silenciosa, lo detuvo. Apretó los puños a sus costados.
Entonces cambió de táctica, su voz ahora era más fría.
—¿Terminaste la misión con Dante?