capitulo 4
El abrazo de su amo.
—¡Amo! —hace amago de separarse, pero el brazo de Haidar envuelve su cintura.
—Te estas congelando—musita contra su oído.
—Pero su cama es más cómoda que la mía, no puede…
—Estamos en medio de la nada, ¿a quién le importa lo cómodo? —estrecha un poco más su cuerpo brindándole calidez.
Samira no sabía cómo aceptar aquella ayuda.
¡Si!
Se estaba muriendo con el frio, pero recibir calor por parte de su amo.
Manteniendo los ojos bien abiertos observa como la brisa estremece las paredes de tela de la carpa.
—Necesitas dormir.
Al transcurrir los días, el agua comenzó a terminarse y Haidar decidió ir a buscar ese oasis.
—Sin agua moriremos irremediablemente.
—En ese caso, yo lo acompañare.
—No puedo exponerte a esta larga caminata, será mejor que te quedes aquí refugiada con lo que queda de agua y la sombra de la carpa.
Samira se negaba rotundamente a dejar solo a su amo.
Ambos emprendieron una larga caminata por el basto desierto carente de vida alguna.
La joven sirvienta se colocó el velo únicamente para protegerse el despiadado sol y de la arenilla que trae consigo la brisa.
Samira sigue a su amo de cerca mientras que percibe como él recorre el desierto mostrándose confiado de sus pasos.
Se pregunta si al menos sabrá como regresar al avión.
La tarde ya estaba por caer sobre ellos, y aun nada que avistaban buenas noticias.
—No considera la posibilidad de regresar al avión.
La reserva de agua que llevaron ya estaba casi extinta.
Le preocupa el hecho de poder desmayarse y ser una carga para su amo.
—Creo que estamos cerca de algo.
—¿De algo? —siente curiosidad, sin embargo, se detiene, pero su amo avanza.
Samira lo observa subir una pequeña duna en donde sus pies se hunden hasta la altura de sus tobillos, al llegar al final de la misma, se detiene.
Ella solo parpadea esperando que él dijera algo positivo de aquella extensa caminata.
—¡Lo encontramos! —oye como susurro junto con la brisa —. Ven aquí, Samira.
Él extiende su mano mientras que la observa con aquella mirada tan cautivadora.
Samira acepta ascendiendo aquella duna hasta llegar al lado de él, echa un vistazo y se percata de un pequeño oasis en medio de la nada.
No demoraron en ascender al mismo para refrescar sus sedientos y calenturientos cuerpos.
Haidar alivio su espíritu al darse cuenta de que tanto Samira como él no iban a morir, su mirada se dirige hacia donde estaba ella, mojo un poco el tul de la tela que llevaba en su rostro para pasarlo por su cara y cuello.
Se le notaba el alivio en su reflejo.
—Pienso que lo mejor que podemos hacer es mudarnos a este lugar —Samira alza la mirada para verlo a lo lejos —. Traer todo lo que podamos y quedarnos en este lugar, al menos tendremos agua y los oasis son visitados por muchas personas.
—Pero no por este lugar.
—Al menos es una probabilidad.
Samira asiente y sabe que su amo tiene razón.
Esa tarde regresaron a la carpa con la esperanza de regresar al oasis.
Y como cada noche, el príncipe volvió a envolver el cuerpo de su sirvienta por la noche cuando la vio temblar por el frio.
Para Samira aquella experiencia seria inolvidable, sentir los brazos de Haidar alrededor de su cuerpo era como un deseo concedido por el genio de la lampara.
Sonríe de medio lado.
Su felicidad debía ser expresada disimuladamente.
Cierra sus ojos y se sume al sueño, el día siguiente tendría un largo camino que recorrer con su amo para poder trasladarse al oasis.
