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Capítulo 5

Nathan todavía tenía una sonrisa imposible de ocultar.

Había querido a Nora durante buena parte de su vida. Durante años, incluso Elena había llegado a creer que él estaba enamorado de ella, pero la verdad era mucho más sencilla: Nathan siempre había querido a Nora.

Recordaba perfectamente el día en que se cayó de un columpio y ella, después de ayudarlo a levantarse, le limpió la rodilla, le puso una venda y besó la herida para que dejara de doler. Desde entonces, aquella niña había ocupado un espacio en su cabeza que nadie más consiguió llenar.

Luego Nora se mudó. Durante los primeros años regresaba en verano, pero las visitas se hicieron menos frecuentes y Nathan nunca encontró el valor para decirle lo que sentía.

Ahora que por fin la tenía de vuelta, no quería dejar pasar otra oportunidad.

Nora entró al garaje con una bandeja de comida entre las manos, las mejillas todavía encendidas y la mirada algo esquiva. Nathan apareció detrás cargando el resto, con una satisfacción tan evidente que resultaba sospechosa.

—Gracias, Clover —dijo Noah con dramatismo mientras se levantaba de una caja y le quitaba la bandeja de las manos—. Pensé que iba a morir de hambre con estos dos.

Le dedicó una sonrisa. Si Nora había cocinado para todos, lo mínimo que podía hacer era evitar que además cargara con la comida.

Elena observó a su prima.

—Sí, por cierto, ¿por qué tardaron tanto?

Entonces reparó en el rubor de Nora y en la forma en que su cabello le ocultaba parte del rostro.

Theo también lo notó.

—¿Y por qué estás tan callada, Clover-Clover?

Nora tomó asiento junto a Elena.

—Acabo de llegar. Déjame sentarme en paz, por favor.

Recordar la confesión de Nathan y el momento que habían compartido hacía que volviera a sentir calor en las mejillas.

—Mira quién está de mal humor —bromeó Theo mientras se acomodaba cerca de ella con su plato.

—Déjala tranquila —intervino Nathan, repartiendo la comida entre Elena y Nora.

Durante una fracción de segundo, sus ojos se encontraron con los de Nora y aquella sonrisa satisfecha regresó a su rostro.

—Acaba de cocinar para ustedes. Por lo menos dejen que coma en paz.

Theo se encogió de hombros.

—Como quieras. Gracias por la comida, Clover-Clover.

—De nada. No me costó nada —respondió Nora, recuperando por fin su sonrisa.

Le gustaba cuidar de los demás. Siempre había sido así.

Noah dio un mordisco al sándwich y abrió los ojos de par en par.

—Dios mío. Esto está increíble.

Theo probó el suyo y lo miró con la misma sorpresa.

—No exageraba. Clover-Clover, cocinas de maravilla.

—Gracias —dijo Nora entre risas antes de empezar a comer.

Nathan, sentado frente a ellos, escuchó los elogios con un orgullo desproporcionado, como si él tuviera algo que ver con el talento culinario de Nora.

*

Más tarde, cuando llegó el momento de despedirse, Nora seguía nerviosa.

Elena la esperaba en la camioneta, pero Nora se quedó unos minutos más con Nathan. Necesitaba aclarar lo que había ocurrido en la cocina y, sobre todo, lo que él había confesado.

—Estuve pensando en lo que dijiste antes —empezó—. En eso de que llevas años enamorado de mí.

Nathan dejó de sonreír y la escuchó con atención.

—¿Lo decías en serio?

Él dio un paso hacia ella y tomó sus manos.

—Cada palabra.

La sinceridad de su expresión desarmó parte de los nervios de Nora.

—Sé que la manera en que te lo dije no fue precisamente la mejor —añadió Nathan, haciendo una mueca—. Dios, no sé en qué estaba pensando.

Le preocupaba que la intensidad del momento hubiera hecho parecer que solo estaba interesado en ella físicamente.

—Me gustas, Nora. De verdad. Creo que me di cuenta el día del columpio, cuando me curaste la rodilla y luego la besaste para que dejara de doler.

Un recuerdo cálido atravesó a Nora.

Aquel día Elena se había quedado en casa y ellos dos habían salido a jugar. Nora había saltado del columpio y Nathan, empeñado en imitarla, terminó en el suelo con la rodilla raspada. Ella se había sentido tan culpable que lo llevó a casa, limpió la herida y no se apartó hasta comprobar que estaba bien.

—Eso fue hace muchísimo tiempo —murmuró.

—Y lo recuerdo todo —respondió Nathan—. Quise decírtelo muchas veces. Nunca supe cómo.

Nora bajó la vista. Necesitó unos segundos para ordenar lo que sentía.

—A mí también me gustas.

Nathan se quedó inmóvil.

Durante un instante pareció convencido de que había oído mal.

Entonces una enorme sonrisa se dibujó en su rostro.

La levantó del suelo y empezó a girar con ella entre los brazos. Nora soltó una carcajada, aferrándose a sus hombros mientras él celebraba la respuesta como si acabara de ganar algo que llevaba años esperando.

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