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Capítulo 5

Sus ojos se abrieron, mortificada y furiosa.

-¡Que te jodan! – gruñó, señalándole el dedo medio.

Billy se sacó la lengua por el labio inferior con una sonrisa descarada y arrogante, luego cerró la puerta detrás de él con una sonrisa.

Ted había pasado el resto del día haciendo los deberes para el día siguiente, porque como siempre quedaba hasta el último. Neil y Susan habían llegado alrededor de las once de la mañana y Neil ya estaba de mal humor. Tan pronto como pusieron un pie en la casa, preguntó, o más bien gruñó: "¿Dónde diablos está tu hermano?". Él respondió que estaba en el trabajo, mordiéndose la lengua para no decir nada más, y eso le pareció suficiente. No tenía nada que reprocharle a Billy: era domingo y, a diferencia de él, estaba allí afuera, en el frío, con las manos en los motores, contribuyendo al alquiler. Desde el día del accidente, Neil parecía haberse calmado un poco. El miedo a perder a su hijo había cuestionado visiblemente su comportamiento, ahora si todo iba bien se desquitaba con él una vez al mes. Para desquitarse con él, significaron usar violencia física, porque no, no había dejado de hacerlo por completo. Susan, con su cambio de carácter, había contribuido a apaciguar las tensiones de manera notable: gracias a ella Neil se había quedado atrás varias veces. Mi madre no podía soportar que Neil golpeara a Billy, pero tampoco tuvo el valor de decirle que se detuviera por completo. Como Ted siempre pensó, ella todavía era sumisa de todos modos. Esa era una de las cosas por las que Ted no quería parecerse a ella ni seguir sus pasos. Neil nunca se había atrevido a poner un dedo encima de Ted o de su madre, pero nunca se sabía. El lobo pierde su pelaje pero no su vicio.

Lo era y Ted aún no había terminado sus ecuaciones. Había perdido el tiempo escuchando música y masticando todo el día.

-Tedine, esta es la tercera vez. ¿Cuántas veces te he dicho que empieces a hacer los deberes el viernes por la tarde?

Ted se volvió hacia su madre, que estaba ocupada doblando un par de pantalones sobre la tabla de planchar. Él puso los ojos en blanco. Tenía diecisiete años, por el amor de Dios. Si llegaba tarde a su tarea era su problema.

-Casi termino. – resopló, mordisqueando la punta del bolígrafo. Siempre dejó la física para el final.

Susan colocó sus pantalones sobre la mesa de la sala y caminó detrás del sofá donde estaba sentado Ted, mirando sus papeles.

-¿Cuanto te falta? Cenaremos pronto.

-Um…seis ejercicios.

-Tedina...

-¿Qué pasa? No es grave, terminaré después de cenar o mañana antes de física...

-Si su hermano se hubiera quedado en casa podría haberla echado un vistazo. – dijo Neil desde el sillón. Levantó la vista del papel brevemente, escaneando las hojas de cálculo con el ceño fruncido.

Ted se mordió el labio inferior, tratando de mantener el nerviosismo que sus comentarios sin sentido le provocaban. Billy no era su niñera y no regresaron hasta un par de horas después. Si quisieran ser coherentes, podrían haberlo examinado ellos mismos.

-No tiene nada que ver con ello. Billy no pudo ayudarme de todos modos.

En ese momento, la puerta principal se abrió con un tintineo de llaves. Billy entró en la casa, con el rostro manchado de aceite de motor y luciendo angustiado. Algunos mechones de cabello se habían escapado del elástico y terminaron alrededor de su cara.

-'Noche.

-Hola, Billy. Ven cariño, comeremos pronto. ¿Como le fue? – Susan le ofreció una dulce sonrisa, sin dejar de doblar la ropa. Aunque Billy le había dificultado establecer una relación civil, ella había logrado mostrarle lo mucho que ahora era una parte integral de su familia cuidándolo después del accidente. A diferencia de su padre, Susan había desarrollado una especie de instinto maternal que Billy, aunque nunca lo admitiría, necesitaba desde hacía mucho tiempo.

-Ella se ha ido. ¿Y tú?

-¿Qué opinas? – intervino Neil, respondiendo en lugar de Susan. Él ignoró por completo su segunda pregunta. -Mira aquí. – y señaló la pila de papeles que Ted tenía frente a él. Ted hizo una mueca de malestar, ¿realmente era necesario hacer un cine con eso?

Billy frunció el ceño, se quitó la chaqueta y miró hacia ella.

-¿Qué pasa?

-Tu hermana aún no ha terminado su tarea.

-¿Bien? ¿En ese tiempo?

Neil entrecerró la mirada y cerró las páginas del periódico.

-"¿En ese tiempo?" Si al menos me hubiera quedado en casa hoy, ya que su madre y yo llegamos tarde a casa, Ted ya los habría terminado.

Billy suspiró, rascándose la cabeza y caminando hacia nosotros. -Lo sé. Hoy, sin embargo, Tony necesitaba que terminara algo. Me tomé un día extra y siempre dices que lo necesitamos, así que.

-¿Crees que un día extra donde sólo te pagan veinte dólares la hora hace la diferencia? Haz algunos cálculos y verás cuánto sale.

Neil cruzó los brazos sobre el pecho, por la forma en que lo miraba parecía como si lo estuviera tentando para que Billy se atreviera a desafiarlo. Billy chasqueó la lengua contra el paladar, una señal de que estaba empezando a perder los estribos. Ted sabía que no debía estorbar, pero a veces simplemente tenía ganas de hacerlo.

-Ciento ochenta. Son ciento ochenta, papá. – movía sus manos al ritmo de cada palabra, gesticulando como si se pusiera nervioso y quisiera enfatizar un concepto. -Sólo llevo un año trabajando, no sé qué carajos quieres. ¿Y entonces crees que entiende algo sobre estas cosas? – y señaló los papeles con gesto enojado.

-¡Podrías intentarlo!

-¿Por qué no lo intentas, eh?

Las fosas nasales de Neil se dilataron. Antes de que la situación pudiera empeorar, Ted habló.

-Es física cuántica, recién la introdujeron este año. Billy ni siquiera lo hizo, así que no creo que pueda ayudarme. Y todo el mundo lucha, incluso si lo hubiera respaldado el viernes, todavía habría llegado a este punto. – dijo mirando a Neil. Mintió entre dientes acerca de que lo presentarían este año. Pero era la única manera de hacerle soltar el hueso.

Pareció desconcertado por un momento, luego le lanzó una última mirada asesina a su hijo y volvió a abrir las páginas del periódico. Cuando Ted miró a Billy, vio que él ya la estaba mirando con ojos cerúleos llenos de ira. Supuso que ahora él estaba enojado con ella, era su culpa que Neil todavía estuviera enojado con él. Él apartó la mirada de la intensidad de ella y volvió a escribir en el papel.

-Ya no necesito a Billy para la tarea. Ya no soy una niña, mamá. – murmuró, cuidando de enfatizar la palabra "mamá" para dejarle claro a Neil que si tenía que ser así, era un asunto entre ella y su madre.

-Está bien, lo sé cariño. Pero a partir de ahora intenta ser más responsable. - él suspiró.

Ted escuchó a Billy alejarse pisando fuerte por el pasillo y cerrar con fuerza la puerta de su habitación. Su mano se sacudió y el bolígrafo se deslizó entre sus dedos, lo que la hizo dibujar una línea torcida.

La cena fue larga y pesada. Neil no pareció darse cuenta de la atmósfera que había creado. Charló tranquilamente con Susan sobre su trabajo, sirviendo vino en su copa de vez en cuando. Billy mantuvo los ojos pegados al plato, metiéndose mecánicamente bocados de pasta en la boca. Cuando llegó el momento de recoger la mesa, tanto él como Ted quedaron libres para ducharse y terminar sus tareas respectivamente. Ted recogió sus cosas de la mesa de café frente al sofá y se escondió en su habitación. Luchó por concentrarse, todavía preguntándose si ahora era el momento adecuado para acudir a Billy y asegurarse de que no estaba enojado con ella. No quería que las cosas volvieran a ser como antes, no después de lo de anoche. Poco a poco estaban encontrando una especie de equilibrio y, por extraño que le resultara, lo prefería. Sin quererlo, empezaba a importarle. Esperó hasta que la ducha paró y Billy regresó a su habitación, luego se levantó. La puerta estaba entreabierta. Ted llamó un par de veces y entró.

-Oye, ¿puedo...?

Se detuvo en la puerta. Billy aún no estaba vestido, solo llevaba una toalla alrededor de la cintura.

-¿Qué quieres, perra? - preguntó, sin dejar de hurgar en la cómoda.

-Puedo volver más tarde.

Ted apartó la mirada de su figura y se quedó mirando el tablero de dardos sobre la chimenea.

-Dime, Ted.

Ella lo miró cuando por el rabillo del ojo lo vio cerrar de golpe la cómoda con la rodilla. Su rostro era duro. Definitivamente estaba enojado con ella.

-Lamento que Neil se desquitara contigo. No quería causarte más problemas.

Billy soltó una risa sarcástica y se acercó a ella. Ted no sabía si retroceder unos pasos o quedarse en el lugar, pero Billy se detuvo primero. Agarró la colonia que estaba encima de la chimenea y se la roció en el cuello. -¿Aún no has aprendido a hacer los deberes a tiempo?

Su fragancia amaderada y especiada llegó a sus fosas nasales.

-Esto no debería molestarte. – cruzó los brazos sobre el pecho, poniéndose a la defensiva. -Simplemente no quiero que te enojes conmigo.

-¿Por qué no duermes ahí por las noches? – la miró de arriba abajo y luego se alejó nuevamente.

Ted sintió crecer su nerviosismo al escuchar el sarcasmo en su tono de voz.

-Perdón si me importa que tengas problemas por mi culpa. – soltó haciendo lo mismo. De todos modos, parecía que era lo único que podía funcionar entre ellos dos en tiempos normales.

Billy agarró su camisa de la cama y la miró desinteresadamente.

-A mí no me importaría. Y si realmente te importa entonces intenta hacer lo que tengas que hacer, porque ya sabes, entonces siempre vienen a enojarme. – luego colocó una mano sobre el nudo de la toalla, levantando una ceja. -¿Bien? ¿Te vas o has decidido disfrutar del espectáculo?

Al principio Ted se quedó desconcertado. Parecía que las cosas habían cambiado entre ellos, pero estaba equivocado. Sintió que el calor se extendía por sus mejillas y su mirada automáticamente se detuvo en su mano. No sabía si estaba más roja de vergüenza o de molestia.

-Pero sí, ¿en qué pierdo el tiempo contigo? - escupió, luego salió furioso de la habitación, cerrando la puerta detrás de él.

-Buenas noches para ti también.

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