Capítulo 2
SIENNA NAVARRO
Arizona olía a polvo, sol y castigo.
Lo decidí cinco segundos después de salir del aeropuerto.
—Hace demasiado calor —murmuré.
Victor caminaba a mi lado arrastrando mi maleta.
—Acabas de bajar del avión.
—Y ya tengo una opinión.
No respondió.
Un hombre esperaba junto a una camioneta negra enorme.
Grant Navarro.
Cabello gris en las sienes. Camisa remangada. Botas gastadas. Esa clase de presencia que no necesitaba un traje caro para dejar claro que estaba acostumbrado a que lo escucharan.
Se acercó a mi padre primero.
El abrazo entre ambos duró menos de un segundo.
Interesante.
Luego me miró.
Y se quedó mirándome demasiado tiempo.
—Sienna.
—Grant.
Una sombra extraña cruzó su rostro.
Dolor.
O sorpresa.
Desapareció tan rápido que pensé que lo había imaginado.
—Bienvenida a Arizona.
—Todavía estoy decidiendo si eso es una amenaza.
Grant sonrió.
Victor no.
El trayecto hasta el rancho fue interminable.
Carretera, vallas, tierra, caballos, más tierra.
Hasta que aparecieron las puertas del Rancho Navarro.
Me incorporé en el asiento.
No era la granja miserable que había imaginado durante todo el vuelo.
Era enorme.
Establos de madera oscura. Corrales. Camionetas. Trabajadores. Caballos que corrían detrás de las cercas. Una casa principal de piedra clara dominando la propiedad desde una pequeña elevación.
—Esto no es un rancho —murmuré—. Es una ciudad con demasiado estiércol.
Grant soltó una carcajada.
Mi padre seguía sin hablar.
Eso empezó a ponerme nerviosa.
Cuando la camioneta se detuvo frente a la casa, Victor bajó primero.
Yo también.
Esperé que sacara mi maleta.
No lo hizo.
—Tengo que volver al aeropuerto —dijo.
Lo miré.
—Acabamos de llegar.
—Tengo una reunión mañana.
—Claro.
—Sienna…
—No. Está bien. Te llevó exactamente nueve minutos dejarme tirada en otro estado. Podría haber sido peor.
Grant nos observaba en silencio.
Victor respiró hondo.
—Hablaremos.
—Eso dices siempre cuando no tienes intención de hablar.
Mi padre se quedó inmóvil.
Por un instante, pareció querer decir algo.
Entonces miró a Grant.
Fue solo una mirada.
Pero algo pasó entre ellos.
Algo que yo no entendí.
Victor se acercó a su hermano y bajó la voz.
—No le cuentes nada.
El corazón me dio un golpe.
Grant endureció la expresión.
—No me digas qué hacer en mi casa.
Mi padre notó que yo había escuchado.
Demasiado tarde.
—¿No contarme qué? —pregunté.
—Nada —respondió Victor demasiado rápido.
—Qué curioso. Tessa dijo exactamente lo mismo anoche.
Silencio.
Eso bastó para confirmar que había algo.
—¿Qué demonios están escondiendo?
Victor tomó la puerta de la camioneta.
—No empieces.
—Tú empezaste.
—Sienna.
—Vete. Se te da muy bien.
El golpe fue cruel.
Esta vez sí vi el dolor en su rostro.
Pero subió al vehículo de todos modos.
Y se marchó.
Me quedé viendo la nube de polvo hasta que desapareció.
—Podemos hablar cuando quieras —dijo Grant a mi lado.
—No quiero hablar.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Aquí hay suficiente trabajo para alguien que no quiere pensar.
Giré hacia él.
—No vine a trabajar.
—Eso lo discutiremos mañana.
—No, no lo discutiremos.
Grant volvió a sonreír.
—Te pareces mucho a…
Se interrumpió.
—¿A quién?
Su expresión cambió.
—A tu padre.
Mentía.
No sabía por qué, pero lo supe.
Antes de poder insistir, un relincho violento rompió el silencio.
Un caballo negro salió disparado de uno de los corrales laterales.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Gritos.
Un trabajador soltando una cuerda.
El animal avanzando hacia el patio.
Yo estaba justo en medio.
—¡Sienna, muévete! —gritó Grant.
Mi cuerpo no reaccionó.
El caballo venía directo hacia mí.
Entonces alguien me agarró por la cintura.
El mundo giró.
Caí contra un pecho duro mientras el caballo pasaba a centímetros de nosotros.
Una mano se clavó en mi espalda.
Otra seguía aferrada a mi cintura.
Levanté la vista.
Ojos oscuros.
Mandíbula marcada.
Sombrero vaquero.
Y una expresión absolutamente furiosa.
—¿Siempre te quedas quieta cuando algo intenta matarte? —preguntó.
Mi corazón latía demasiado deprisa.
—¿Siempre insultas a las mujeres después de salvarlas?
Sus ojos bajaron a mi boca durante una fracción de segundo.
—Solo a las que se lo ganan.
Me aparté de él de inmediato.
Grant llegó hasta nosotros.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
Mentira.
El desconocido recogió su sombrero del suelo.
—Cole —dijo Grant—, ella es Sienna.
El vaquero me miró otra vez.
Sin sonreír.
—Ya me había dado cuenta.
—¿Por qué?
—Porque llevas cinco minutos aquí y ya hay caos.
Lo odié al instante.
Lo cual habría sido mucho más sencillo si mi cuerpo no siguiera recordando exactamente cómo se había sentido entre sus brazos.
