Capítulo 1
SIENNA NAVARRO
La policía irrumpió en la fiesta a las dos y diecisiete de la madrugada.
Yo estaba descalza, con una copa que ni siquiera era mía en la mano, cuando alguien gritó que apagaran la música. Un segundo después, las luces azules y rojas empezaron a teñir las paredes de la casa y todo el mundo corrió en direcciones distintas.
Perfecto.
Mi cumpleaños todavía faltaba semanas y ya había conseguido el regalo adelantado que mis padres llevaban años esperando: una razón oficial para decir que yo era un desastre.
—Sienna, vámonos.
Reconocí la voz antes de girarme.
Victor Navarro estaba junto a la puerta, impecable dentro de un traje oscuro, como si hubiera venido a sacarme de una reunión de negocios y no de una fiesta rodeada de patrullas.
—Qué rápido llegaste —dije—. ¿Te avisó la policía o tienes una alarma que suena cada vez que decepciono a la familia?
Su mandíbula se tensó.
—Al coche.
—Ni siquiera sabes qué pasó.
—Al coche.
Dylan Cruz apareció detrás de mí con las manos en alto.
—Señor Navarro, en realidad no fue culpa de Sienna…
Mi padre ni siquiera lo miró.
—Tú no vuelvas a acercarte a mi hija.
Dylan dejó de sonreír.
Eso me molestó más de lo que debería.
No porque me importara Dylan. A esas alturas ya había comprendido que su talento principal consistía en estar presente cada vez que algo salía mal y desaparecer justo cuando había que asumir las consecuencias.
Pero era mi desastre.
Y estaba cansada de que Victor decidiera qué personas podían existir a mi alrededor.
—Puedo volver sola —dije.
—No.
—Tengo veinte años.
—Precisamente.
Eso dolió.
No porque hubiera alzado la voz. Victor nunca necesitaba hacerlo. Mi padre tenía esa forma de mirarte que hacía parecer que ya había dictado sentencia antes de escuchar tu versión.
Atravesé la casa sin despedirme de nadie.
En el jardín, Tessa estaba grabando con su teléfono.
—¿En serio? —le solté al pasar.
Bajó el móvil demasiado tarde.
—Solo estaba…
—Claro.
Diane esperaba en el coche. Mi madre no me preguntó si estaba bien. No me abrazó. No preguntó qué había sucedido.
Solo dijo:
—Sube.
Y ahí supe que aquella noche era diferente.
Durante el trayecto nadie habló. Yo miraba las luces de la ciudad pasar tras la ventanilla y sentía cómo el enfado iba convirtiéndose en algo más pesado.
Miedo, quizá.
Cuando llegamos a casa, Victor no fue al salón.
Fue directamente a su despacho.
—Tú también —ordenó.
Diane entró detrás de nosotros.
Tessa se quedó en la puerta.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Mi padre abrió un cajón y sacó un sobre.
Lo dejó delante de mí.
Un billete de avión.
Destino: Arizona.
Me reí.
No porque tuviera gracia.
—¿Qué es esto?
—Te vas mañana.
La risa desapareció.
—No.
—No era una pregunta.
Miré a mi madre.
—¿Mamá?
Diane apartó los ojos.
Eso fue peor que cualquier respuesta.
—¿Me están echando de casa?
—Te estás yendo una temporada —dijo Victor.
—Eso es echarme de casa usando palabras bonitas.
—Necesitas distancia.
—¿De qué? ¿De ustedes?
Nadie respondió.
—Excelente. Porque eso sí que podría ayudar.
Victor apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Vas a quedarte con Grant.
El nombre me detuvo.
Grant Navarro.
Mi tío.
El hermano del que mi padre casi nunca hablaba.
Yo lo había visto pocas veces en mi vida. Siempre en reuniones breves. Siempre serio. Siempre observándome como si intentara recordar algo.
—¿En el rancho? —pregunté.
—Sí.
—No voy a vivir entre vacas porque ustedes no saben qué hacer conmigo.
—No sabemos qué hacer contigo porque llevas meses haciendo todo lo posible para destruirte.
El golpe fue limpio.
Directo.
Sentí que el aire se me quedaba atascado en el pecho.
—No tienes ni idea de lo que hago.
—Ese es precisamente el problema.
Me puse de pie.
—Te odio.
Victor palideció apenas.
Solo un poco.
Pero lo vi.
Y por un instante quise retirar las palabras.
No lo hice.
Salí del despacho y subí las escaleras antes de que alguien pudiera detenerme.
Empecé a meter ropa en una maleta sin mirar lo que agarraba.
Cinco minutos después, alguien llamó suavemente a la puerta.
Pensé que sería Diane.
Era Tessa.
—Vete.
—Sienna…
—He dicho que te vayas.
No se movió.
Tenía los ojos húmedos.
Eso me desconcertó.
—¿Qué te pasa?
Tessa abrió la boca y la volvió a cerrar.
Por primera vez en toda mi vida, mi hermana parecía tener miedo de decir algo.
—Solo… —tragó saliva—. Cuando llegues al rancho, no hagas demasiadas preguntas.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
—Tessa.
Retrocedió hacia el pasillo.
—Olvídalo.
—¿Qué demonios significa eso?
Pero ya se había ido.
Cerré la puerta de golpe.
Esa noche dormí poco.
A la mañana siguiente, mientras el avión despegaba rumbo a Arizona, pensé que mi familia me estaba enviando lejos porque estaba cansada de mí.
Todavía no sabía que la verdad era mucho peor.
Me estaban enviando exactamente al lugar donde todos sus secretos habían comenzado.
