Capítulo 3
COLE REYES
La sobrina de Grant tenía dos talentos evidentes.
Meterse en problemas.
Y discutir conmigo.
La había conocido hacía menos de tres minutos y ya estaba seguro de ambas cosas.
—No necesitaba que me salvaras —dijo Sienna.
La miré.
Luego miré al caballo que dos trabajadores intentaban calmar al otro lado del patio.
—Claro.
—Podría haberme apartado.
—También podrías haberlo hecho antes de que te pasara por encima.
Sus ojos se estrecharon.
Verdes. Intensos. Demasiado expresivos para alguien que se esforzaba tanto en fingir que nada le importaba.
—¿Eres siempre así de desagradable?
—No.
—Ah.
—A veces estoy de peor humor.
Mason, que acababa de aparecer detrás de Grant, soltó una carcajada.
Traidor.
Sienna se volvió hacia él.
—Tú me caes mejor.
—Es muy fácil —respondió Mason—. El nivel está bajo.
—Los dos tienen trabajo —dije.
—Y él manda —murmuró Sienna.
—Sí.
—Debe ser agotador ser tú.
No respondí.
Porque la conversación debería haber terminado ahí.
El problema era que seguí mirándola cuando Grant se la llevó hacia la casa.
No por interés.
Por precaución.
Eso me dije.
A la mañana siguiente, Grant me llamó a su oficina antes de que saliera el sol.
Eso nunca era buena señal.
Entré y lo encontré revisando papeles.
—Si es por el caballo, la cerca ya está reparada.
—No es por el caballo.
Peor.
Grant cerró la carpeta.
—Necesito que me ayudes con Sienna.
Me reí.
Él no.
—No.
—No he terminado.
—No necesitas terminar.
—Cole.
Me apoyé contra la silla.
—Tengo ciento veinte caballos, treinta y siete empleados y suficiente trabajo como para no dormir hasta Navidad. No voy a hacer de niñera.
—No te estoy pidiendo que seas su niñera.
—Entonces, ¿qué me estás pidiendo?
—Que le enseñes el rancho.
—Eso suena exactamente a ser su niñera, solo que con estiércol.
La puerta se abrió.
Sienna entró sin llamar.
Por supuesto.
Llevaba unos jeans que seguramente costaban más que mi primer caballo y una camiseta blanca demasiado limpia para sobrevivir diez minutos allí.
—Me dijeron que viniera —dijo.
Grant señaló la silla a mi lado.
Ella se sentó.
Muy cerca.
Demasiado cerca.
—Desde mañana vas a trabajar en el rancho —dijo Grant.
Sienna parpadeó.
—No.
Yo casi sonreí.
Grant ni siquiera pestañeó.
—Sí.
—No sé hacer nada de esto.
—Aprenderás.
—¿Con quién?
Grant me miró.
Sienna siguió su mirada.
Nos observamos.
Al mismo tiempo dijimos:
—No.
Mason, que pasaba por el pasillo, se detuvo únicamente para reírse.
Grant cruzó los brazos.
—Cole conoce cada rincón de esta propiedad. Tú necesitas aprender cómo funciona. Fin de la discusión.
—No quiero que él me enseñe.
—El sentimiento es mutuo —dije.
—¿Ves?
—Perfecto —respondió Grant—. Ya tienen algo en común.
Sienna abrió la boca.
La cerró.
Por primera vez desde que la había conocido, no tuvo respuesta.
Duró poco.
—¿A qué hora?
—Seis.
Giró hacia mí.
—¿De la mañana?
—No. De la tarde. Vamos a ordeñar vacas bajo las estrellas.
—¿Te crees gracioso?
—No necesito creerlo.
Grant se pasó una mano por la cara.
—Mañana. Seis en punto. Ropa que puedas ensuciar.
Sienna se puso de pie.
—Mi padre va a enterarse de esto.
Algo cambió en Grant.
Apenas un instante.
—Tu padre sabe perfectamente dónde estás.
Ella también lo notó.
—¿Qué significa eso?
Grant volvió a los papeles.
—Que mañana trabajas.
Sienna salió dando un portazo.
Esperé unos segundos.
—Hay algo que no me estás contando.
Grant levantó la vista.
—Hay muchas cosas que no te cuento.
—Sobre ella.
Su silencio fue respuesta suficiente.
—No te metas, Cole.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
Me levanté.
Antes de llegar a la puerta, Grant habló otra vez.
—Y no la juzgues demasiado rápido.
Me volví.
—¿Por qué habría de importarme?
Grant sostuvo mi mirada.
—Porque a veces la gente que parece estar huyendo de todo es la que menos sabe de qué está escapando.
No entendí la frase.
No todavía.
A las seis y cuarto de la mañana siguiente estaba frente a la puerta de Sienna, golpeando por tercera vez.
Cuando finalmente abrió, tenía el cabello revuelto, los ojos medio cerrados y una expresión capaz de matar a un hombre.
—¿Qué quieres?
Miré el reloj.
—Que aprendas la primera regla del rancho.
—¿Cuál?
—Aquí el mundo no espera a que tú estés lista.
Sienna apoyó una mano en la puerta.
—Entonces el mundo puede esperarme diez minutos.
Y me cerró en la cara.
Me quedé mirando la madera.
Después sonreí.
No debería haberlo hecho.
Porque en ese momento comprendí algo peligroso.
Aquella mujer iba a volverme loco.
