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Capítulo 7

Nunca había visto tantos periodistas interesados en mi posible encarcelamiento.

Desde la ventanilla del vehículo federal, el juzgado parecía sitiado.

Cámaras. Micrófonos. Barreras. Gente gritando mi apellido.

—Ferrara, ¿es cierto que dirige los laboratorios?

—¡Damián! ¿Su hermano está implicado?

—¿Cuántos años espera recibir?

Me arreglé el cuello de la camisa.

—Al menos me han fotografiado por mi lado bueno.

El agente sentado frente a mí no sonrió.

Qué gente tan triste.

Las puertas del vehículo se abrieron.

Y entonces vi a Leandro.

Traje negro. Sin corbata. Quieto en medio del caos como si las cámaras le pertenecieran.

Camila estaba a su lado, elegante y seria.

Habían vuelto de Cerdeña.

Por mí.

La culpa me golpeó más fuerte que cualquier agente.

Leandro esperó hasta que estuve cerca.

—No hables —dijo.

—Buenos días para ti también.

—Damián.

—Ya. No hablo.

Camila me tomó brevemente del brazo.

—Los niños están bien.

—¿Preguntaron por mí?

—Lía cada hora.

Tragué saliva.

Leandro lo vio.

Por supuesto que lo vio.

—Sal de esto —murmuró—. Después hablamos.

El tono significaba que preferiría que la AFI me encarcelara antes de tener que escuchar aquella conversación.

Entramos.

La sala estaba llena.

Y entonces apareció Valeria.

Traje negro. Cabello color miel suelto en ondas. Ojos cansados, postura perfecta.

Parecía una mujer que había dormido tres horas y estaba dispuesta a destruir a cualquiera que se atreviera a notarlo.

Me miró una sola vez.

Fue suficiente.

No sonrías.

Lo entendí sin que moviera los labios.

Sonreí un poco.

Ella puso los ojos en blanco.

El juez entró.

—Todos de pie.

La fiscalía empezó con una lista diseñada para hacerme parecer el anticristo con traje caro.

Fabricación. Distribución. Conspiración. Evidencia audiovisual. Testigos.

Valeria esperó.

No interrumpió.

No reaccionó.

Hasta que el fiscal levantó la carpeta del laboratorio.

Entonces se puso de pie.

—La defensa tiene una moción previa, Su Señoría.

El fiscal se quedó quieto.

El juez levantó la vista.

—Identifíquese.

—Valeria Isadora Montclair. Montclair Legal Group.

Un murmullo recorrió la sala.

Ella colocó un documento sobre el atril.

—Solicitamos la supresión de todas las pruebas obtenidas durante el registro del supuesto laboratorio. La orden fue ejecutada antes de su autorización judicial y contiene una dirección distinta a la que aparece en el informe de incautación.

El fiscal palideció.

Leandro se inclinó apenas hacia delante detrás de mí.

Valeria siguió.

—Además, la propiedad mencionada en la orden está registrada a nombre de Aurelio Ferrara, residente en Italia. No existe documento de propiedad, contrato ni registro que vincule ese inmueble con mi cliente.

El juez miró al fiscal.

—¿Respuesta?

El hombre empezó a hablar de errores administrativos.

Valeria no pestañeó.

—Entonces no tendrá inconveniente en presentar al agente responsable del operativo.

El fiscal dejó de hablar.

Yo giré la cabeza.

Caleb Hale estaba sentado dos filas atrás.

Su mirada se cruzó con la de Valeria.

No había amistad allí.

Solo guerra.

El juez consultó los documentos.

—Llamen al agente Hale.

Caleb se levantó.

Mientras caminaba hacia el estrado, miró a Valeria como si quisiera advertirle algo.

Ella abrió su carpeta.

Y sonrió por primera vez aquella mañana.

No fue una sonrisa amable.

—Agente Hale —dijo—. Empecemos por la hora exacta en que decidió entrar en esa propiedad.
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