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Mi Cliente Prohibido

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Chanty Mil
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Sinopsis

Valeria Montclair siempre ha vivido bajo una sola regla: **no perder el control**. Joven, brillante y heredera de uno de los bufetes más poderosos del país, está decidida a demostrar que no necesita la sombra de su padre para ganar un caso. Pero todo cambia cuando su nuevo cliente resulta ser **Damián Ferrara**, heredero de una de las familias criminales más peligrosas de Santa Aurelia. Arrogante, impredecible y demasiado atractivo para su propio bien, Damián debería ser solo un expediente más. El problema es que alguien está dispuesto a hacer lo que sea para verlo entre rejas… y Valeria comienza a descubrir que el caso está lleno de secretos, traiciones y enemigos mucho más cerca de lo que imaginaba. Mientras intenta salvarlo de prisión, la línea entre abogada y cliente empieza a desaparecer. Damián no confía en nadie. Valeria no permite que nadie se acerque demasiado. Pero entre amenazas, deseo y una guerra entre la ley y la mafia, ambos están a punto de descubrir que el mayor peligro no es perder el caso… **sino enamorarse de la única persona que jamás deberían desear.**

RománticoUna noche de pasiónAventuraCastigoPoderosoHistoria PicanteSEXO

Capítulo 1

La puerta del laboratorio explotó hacia dentro antes de que yo pudiera terminar de insultar a Nico.

—¡AFI! ¡TODOS AL SUELO!

El estruendo de las botas, los gritos y los rifles apuntándonos convirtió en segundos un negocio de varios millones en una ratonera de acero y cocaína.

Los hombres a mi alrededor obedecieron.

Yo no.

Me quedé de pie junto a una mesa cubierta de paquetes blancos, con una mano todavía apoyada en el borde y una sonrisa que no tenía nada que hacer allí.

Nico Valenti me miró desde el otro lado del laboratorio.

—Damián…

—Ni se te ocurra —murmuré.

Lo conocía. Si sacaba el arma, aquello terminaría con cadáveres. Y Leandro me mataría si conseguía sobrevivir a la AFI solo para provocar una guerra federal por orgullo.

Un agente avanzó hacia mí.

—¡Al suelo!

Incliné la cabeza.

—¿Siempre reciben así a sus invitados?

El golpe me llegó por detrás.

Mi mejilla chocó contra el cemento. Un segundo después, alguien me torció los brazos y las esposas se cerraron alrededor de mis muñecas.

Frías. Ajustadas.

Humillantes.

—¿Dónde está Damián Ferrara? —gritó una voz.

Me reí contra el suelo.

—Debajo de tres agentes muy nerviosos.

El silencio duró medio segundo.

Luego me levantaron de un tirón.

No era la primera vez que alguien intentaba derribar a un Ferrara. Tampoco sería la última.

Mi hermano, Leandro, controlaba Santa Aurelia y Puerto Dorado con una eficiencia que hacía temblar a hombres más poderosos que aquellos agentes. Yo era su mano derecha. El que resolvía problemas. El que sonreía mientras otros amenazaban.

Y, al parecer, el idiota que acababa de dejarse arrestar en un laboratorio lleno de droga.

Mierda.

Leandro estaba en Cerdeña con Camila y los niños.

Si se enteraba antes de que yo saliera de allí, la AFI iba a convertirse en mi problema más pequeño.

***

Horas después, estaba esposado a una mesa en una sala de interrogatorios sin ventanas.

El hombre frente a mí se llamaba Caleb Hale.

Lo sabía porque había repetido su nombre dos veces, como si esperara que yo me impresionara.

No funcionó.

—Llevamos tres años detrás de tu familia —dijo, deslizando una carpeta hacia mí—. Laboratorios. Distribución. Clubes. Tráfico.

Miré las fotografías sin tocarlas.

—Bonito álbum.

—Te encontramos dentro del laboratorio.

—También he estado dentro de iglesias. Eso no me convierte en sacerdote.

Su mandíbula se tensó.

Bien.

Me aburría cuando la gente no reaccionaba.

Caleb abrió otra carpeta. Aparecieron fotos de uno de nuestros clubes de Puerto Dorado. Luces, cuerpos, mesas privadas.

Y demasiada cocaína.

Ah.

Aquella noche.

—¿Quieres explicarme esto?

—Una fiesta excelente.

—Le diste droga a un club entero.

—No seas dramático. No era un club entero.

Me sostuvo la mirada.

Recordé la pista de baile cubierta de gente, las bandejas, las risas y a Nico diciendo que algún día mi generosidad me llevaría a prisión.

—Casi entero —admití.

Caleb se inclinó hacia mí.

—Tu hermano no podrá salvarte esta vez.

La sonrisa se me borró un instante.

Solo uno.

—No metas a Leandro en esto.

Los ojos del agente brillaron.

Error.

Había reaccionado.

—Ahí está —murmuró—. Por fin algo que te importa.

Tiré de las esposas.

—Quiero a mi abogado.

—Llamamos a Adrien Montclair.

Eso sí me hizo levantar la vista.

Montclair Legal Group llevaba años sacando a hombres peligrosos de situaciones imposibles. Adrien era caro, arrogante y casi tan temido como algunos de sus clientes.

—Está en Lyon —continuó Caleb—. Enfermo, según parece. No va a subir a un avión para salvarte.

—Entonces llama más fuerte.

Caleb sonrió.

—Tal vez deberías empezar a pensar en un acuerdo.

—Tal vez deberías empezar a pensar en un trabajo que se te dé mejor.

La puerta se abrió a mi espalda.

Tacones.

Un perfume suave.

Rosas, vino y algo que mi cerebro registró como peligro antes de que pudiera verla.

Caleb se puso rígido.

—¿Qué haces aquí?

Una mujer pasó junto a mí y dejó un bolso negro sobre la mesa.

Cabello color miel. Ojos avellana. Blusa blanca. Falda oscura. La clase de rostro que habría hecho que cualquier hombre sensato cerrara la boca.

Yo nunca he sido sensato.

Ella miró primero mis esposas y después a Caleb.

—A partir de este momento, no vuelve a hacerle una sola pregunta sin mi presencia.

—Valeria…

—No me llames Valeria aquí.

Su tono habría congelado el desierto.

Entonces me miró.

Directamente.

Sin miedo.

Sin admiración.

Como si yo fuera un problema que ya había decidido resolver.

—Damián Ferrara —dijo.

Sonreí despacio.

—Depende. ¿Quién pregunta?

Ella acercó una silla, se sentó frente a mí y cruzó las piernas.

—Valeria Isadora Montclair.

Hizo una pausa.

—Soy su abogada.

Y por primera vez desde que la AFI había derribado aquella puerta, pensé que tal vez mi noche acababa de ponerse interesante.