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Capítulo 5

Leandro Ferrara no necesitaba levantar la voz para convertir una habitación en territorio enemigo.

Se sentó frente a mi escritorio como si el edificio le perteneciera.

Yo no le ofrecí café.

—¿Puedes sacarlo? —preguntó.

—Si hubiera una respuesta sencilla, su hermano ya estaría fuera.

—No te he preguntado si es sencillo.

—Y yo no trabajo bajo amenaza.

Sus ojos se estrecharon apenas.

—No era una amenaza.

—Eso lo empeora.

Por un segundo creí ver diversión.

Desapareció enseguida.

Le expliqué las pruebas: imágenes, testigos, laboratorio, presencia de Damián, grabaciones de Puerto Dorado.

—La fiscalía tiene volumen —dije—. Pero volumen no significa solidez.

—¿Qué encontraste?

No respondí de inmediato.

—Antes de hablar de eso, necesito saber algo. ¿Aurelio Ferrara posee una propiedad en Callejón Roble Oeste?

Leandro no parpadeó.

—Sí.

—¿Y en Camino Roble Oeste?

—No que yo sepa.

Mi corazón dio un golpe más fuerte.

—¿Cuál de las dos registró la AFI?

—Camino Roble.

Ahí estaba.

Intenté que no se me notara.

Leandro sí lo notó.

Claro que sí.

—Encontraste algo.

—Encontré una pregunta.

—Hazla.

—No hasta comprobarla.

Se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Eres más cuidadosa de lo que esperaba.

—Y usted es más entrometido de lo que esperaba.

Esta vez sí sonrió. Apenas.

—¿Qué relación tienes con Caleb Hale?

La pregunta cayó demasiado rápido.

—Profesional.

—Mientes.

—Amistad. Él quiere más. Yo no.

—Intentó reclutarte.

No era una pregunta.

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque los hombres como Hale siempre creen que todo el mundo tiene un precio.

—Lo rechacé.

Leandro me estudió durante varios segundos.

—Bien.

—No necesito su aprobación.

—Necesitas que confíe en ti.

—No. Su hermano necesita que yo haga mi trabajo.

Silencio.

Dos personas acostumbradas a controlar una habitación descubriendo que ninguna iba a ceder.

Leandro se levantó.

—Me ocuparé de Hale.

—No.

Se detuvo.

—No lo mate.

Su expresión casi resultó ofensiva.

—No soy tan estúpido como Damián.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Hay otras formas de quitar a alguien del camino. Traslados. Investigaciones internas. Conflictos de interés.

—Eso sigue siendo interferencia.

—Y pedirte que traiciones a tu cliente también.

No pude discutirlo.

Leandro caminó hacia la puerta.

—Una cosa más, señora Montclair.

—¿Qué?

Se volvió.

—Damián confía demasiado rápido. Yo no.

La advertencia estaba ahí aunque su voz siguiera tranquila.

—Si nos traicionas, no lo verás venir.

Le sostuve la mirada.

—Y si usted se entromete en mi defensa, dejaré a su hermano sin abogada antes de que pueda terminar esa amenaza.

El silencio duró dos latidos.

Después, Leandro asintió.

—Bien.

Abrió la puerta.

—Gana esto.

***

A las dos de la madrugada, seguía en la oficina.

Las luces de Santa Aurelia brillaban detrás del cristal. Mi café llevaba horas frío. Tenía los pies descalzos bajo el escritorio y el cabello recogido de cualquier manera.

Volví a abrir la orden.

Dirección: Callejón Roble Oeste.

Informe de incautación: Camino Roble Oeste.

Registro de propiedad: Aurelio Ferrara, residente en Italia.

Eso ya era malo.

Pero no suficiente.

Necesitaba algo más.

Me fijé en las fechas.

Aprobación judicial.

Ejecución.

Volví a mirar.

No.

Me acerqué a la pantalla.

La orden había sido autorizada después de la hora que figuraba en el acta de entrada.

Sentí que se me aceleraba el corazón.

Abrí la copia digital.

Mismo número.

Misma firma.

Mismo problema.

Tomé el teléfono y llamé a la oficina del tribunal para comprobar el sello electrónico. Una empleada nocturna me hizo esperar cuatro minutos que parecieron cuarenta.

—La autorización se registró a las 18:42 —dijo finalmente.

Miré el informe de la AFI.

Entrada al inmueble: 17:58.

Cuarenta y cuatro minutos antes.

Me puse de pie tan deprisa que la silla golpeó la pared.

No solo habían escrito mal una dirección.

Habían entrado en una propiedad antes de tener una orden válida para hacerlo.

Y todo lo que habían encontrado allí podía desaparecer con esa diferencia de cuarenta y cuatro minutos.

Tomé la carpeta.

Por primera vez desde que Damián Ferrara había entrado en mi vida esposado y sonriendo, sonreí yo.

—Te tengo, Hale.
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