CAPÍTULO 4: SONRISAS DE SANGRE
Me despierto con el sonido suave de unos nudillos golpeando la puerta.
No es una orden.
No es una amenaza.
Es casi… respeto.
Abro los ojos lentamente. La habitación sigue igual de ajena que anoche. El techo alto. Las paredes oscuras. El silencio pesado de una casa que nunca duerme del todo.
—Señora De Luca —dice una voz femenina desde el otro lado—. ¿Puedo pasar?
La palabra señora todavía me resulta extraña. Incómoda. Como un vestido que no me pertenece.
—Sí —respondo, incorporándome.
La puerta se abre despacio.
La mujer que entra es mayor, tal vez unos cincuenta y tantos. Lleva el cabello recogido, ropa sencilla pero impecable. Sus ojos son atentos, inteligentes. De esos que ven más de lo que dicen.
—Soy Rosa —se presenta—. Me encargo de la casa.
Ama de casa.
Pero no cualquiera.
Hay algo en su postura que me dice que no es solo alguien que limpia y cocina. En esta casa, nadie es solo algo.
—Vine a ayudarla a prepararse —añade—. Hoy es un día importante.
—Eso parece —respondo.
Rosa sonríe apenas, con una mezcla extraña de compasión y cautela.
—Si necesita algo, me lo dice —dice—. Aquí… aprender a pedir ayuda es importante.
La observo con atención mientras deja sobre la cama varias prendas cuidadosamente dobladas. El vestido negro vuelve a aparecer, acompañado ahora por joyas discretas y zapatos que parecen armas silenciosas.
—¿Hace mucho que trabaja para los De Luca? —pregunto.
Rosa duda una fracción de segundo.
—Lo suficiente para saber cuándo hacer preguntas… y cuándo no —responde con suavidad.
Eso me dice todo.
Mientras me ayuda a arreglarme, sus manos son firmes pero delicadas. No invade. No juzga. Solo cumple.
—¿Siempre hay fiestas como esta? —pregunto, mirándome al espejo.
—Solo cuando se quiere enviar un mensaje —dice—. Y hoy el mensaje es fuerte.
Nuestros ojos se cruzan en el reflejo.
—Tenga cuidado —añade en voz baja—. No todos los invitados vienen a celebrar.
Asiento despacio.
No necesito que me lo diga. Ya lo siento en la piel.
Cuando termino de arreglarme, apenas me reconozco. No parezco una novia. Parezco una reina oscura, coronada sin haber pedido el trono.
Rosa me acompaña hasta la puerta.
—Recuerde algo, señora —dice antes de irse—. Aquí, sobrevivir también es una forma de poder.
La puerta se cierra.
Respiro hondo.
Bajo las escaleras con paso firme. Cada escalón es una afirmación silenciosa: no voy a caer.
El salón principal está lleno. Hombres de traje oscuro, mujeres elegantes, seguridad camuflada en cada rincón. El murmullo es bajo, medido. Nadie ríe de verdad.
Esto no es una fiesta.
Es un tablero.
Alessandro está al centro.
No necesito buscarlo. Él domina el espacio sin moverse. Cuando me ve, su mirada se detiene apenas un segundo más de lo necesario.
Evaluación.
Aprobación.
Se acerca.
—Estás lista —dice.
No es una pregunta.
—Gracias a tu ama de casa —respondo.
—Rosa sabe lo que hace —contesta—. Lleva años conmigo.
Conmigo. No para mí.
Otra palabra elegida con cuidado.
Su mano se posa en mi espalda cuando avanzamos juntos. De nuevo ese contacto mínimo, calculado. Lo justo para que todos entiendan que le pertenezco. Lo justo para que mi cuerpo reaccione y mi mente lo odie.
Sonrío.
Saludo.
Me observan.
Escucho susurros: la Rossi, la nueva, la esposa.
Cuando subimos a la tarima, el silencio cae como una orden no verbal.
Alessandro habla. De estabilidad. De acuerdos. De consecuencias.
Cuando me cede la palabra, siento el vértigo. Pero también algo más.
Control.
—No estamos aquí por amor —digo—. Estamos aquí porque entendemos el precio del caos.
Algunos se incomodan. Bien.
—Aprenderé rápido —añado—. Porque en este mundo, quedarse atrás es desaparecer.
Termino. Sonrío.
Aplausos.
Alessandro se inclina hacia mí.
—Muy bien —susurra—. Ya no pareces una invitada.
—No lo soy —respondo—. Soy parte del juego.
Sus ojos brillan apenas.
La música comienza. La gente se mueve. Yo también.
Y entonces lo veo.
Marco Bianchi.
Su mirada es un desafío abierto. No disimula. No aplaude.
—Ese hombre —susurro—. No vino a celebrar.
—No —responde Alessandro—. Vino a medirnos.
—¿Y qué decidió?
—Que ahora eres un punto débil.
Aprieto los dientes.
—O una ventaja —corrijo.
Alessandro me mira de lado.
—Eso —dice— todavía está por verse.
Y en medio de la música, las sonrisas falsas y las copas levantadas, entiendo algo con una claridad aterradora.
Hoy no solo se presentó un matrimonio.
Hoy se declaró una guerra silenciosa.
Y yo estoy en el centro.
