CAPÍTULO 5: ACTUAMOS
La música avanza como una marea controlada. Violines, piano, un ritmo elegante que pretende suavizar lo que realmente ocurre aquí. Cada nota es un recordatorio: esto es una puesta en escena. Una coreografía de poder.
Camino junto a Alessandro entre los invitados. Sonrío cuando corresponde. Inclino la cabeza. Respondo comentarios vacíos con frases aprendidas en una sola noche.
Encantada.
Un placer.
Gracias por acompañarnos.
Palabras huecas.
Mi atención, sin embargo, está en otra parte. En las miradas que se sostienen un segundo de más. En los silencios. En los cuerpos que se acercan solo para escuchar mejor.
—Respirá —murmura Alessandro sin mirarme—. Estás muy rígida.
—No sabía que también eras instructor de modales —respondo entre dientes.
—Soy muchas cosas —dice—. Hoy, tu ancla.
No me gusta la forma en que esa palabra me calma.
Nos detenemos frente a un matrimonio mayor. Él besa mi mano con respeto medido. Ella me observa como si intentara descifrar cuánto voy a durar.
—Una unión interesante —dice la mujer—. Audaz.
—Necesaria —corrige Alessandro.
Siempre corrige.
Cuando seguimos avanzando, siento un leve mareo. No por el alcohol —apenas probé la copa—, sino por la presión constante de estar siendo observada.
—¿Siempre es así? —pregunto en voz baja—. ¿Todos esperando que el otro cometa un error?
—Sí —responde—. Y hoy, muchos esperan que ese error seas vos.
Me detengo en seco.
—¿Por qué? —pregunto—. No saben nada de mí.
Alessandro gira apenas hacia mí. Su voz baja.
—Justamente.
Reanudamos la marcha. Mi pulso se acelera.
Veo a Rosa al fondo del salón, cerca de una puerta lateral. No participa. Observa. Sus ojos recorren el lugar con una atención casi profesional.
Cuando nuestras miradas se cruzan, inclina la cabeza apenas.
Una advertencia silenciosa.
—Quiero ir al baño —digo.
—Te acompaño —responde Alessandro de inmediato.
—No —contesto—. Eso llamaría la atención.
Me estudia un segundo.
—Tenés dos minutos —dice—. Y no te alejes.
Asiento y me alejo, consciente de que varios pares de ojos me siguen.
El pasillo es más silencioso. Más estrecho. Respiro mejor.
—Señora De Luca.
La voz de Rosa me alcanza antes de que pueda reaccionar.
—¿Todo bien? —pregunta, acercándose.
—Todo lo bien que puede estar —respondo.
Rosa mira hacia atrás, asegurándose de que estamos solas.
—Hay movimientos raros —dice en voz baja—. Gente que no suele venir. Seguridad que no reconozco.
—¿Bianchi? —pregunto.
—Entre otros.
El estómago se me contrae.
—¿Alessandro lo sabe?
—Siempre sabe más de lo que dice —responde—. Pero no está de más que usted también esté alerta.
La palabra usted me resulta curiosamente protectora.
—Gracias —digo—. De verdad.
Rosa apoya una mano en mi brazo. El gesto es breve, pero humano.
—No confíe en nadie demasiado rápido —añade—. Ni siquiera en su marido.
Se aleja antes de que pueda responder.
Vuelvo al salón.
Alessandro me localiza al instante. Sus ojos se endurecen apenas cuando me acerco.
—Te demoraste —dice.
—Tu casa es grande —respondo.
—Y peligrosa.
Se inclina un poco hacia mí.
—¿Te dijeron algo?
—Nada que no supiera ya —contesto—. Que soy un blanco.
—No —corrige—. Sos un mensaje.
La música sube de volumen. Algunas parejas comienzan a bailar. Alessandro no me invita.
No todavía.
Marco Bianchi se acerca.
Su sonrisa no llega a los ojos.
—Señora De Luca —dice—. Mis felicitaciones.
—Gracias —respondo—. Me alegra que haya venido.
—No me lo habría perdido —dice—. Un acontecimiento histórico.
Su mirada se desliza hacia Alessandro.
—Unión interesante —añade—. Audaz.
Alessandro sonríe.
—Necesaria.
La misma palabra.
—Esperemos que dure —dice Bianchi.
El silencio que sigue es espeso.
—Eso depende —respondo antes de que Alessandro hable— de cuántas personas respeten los acuerdos.
Bianchi me observa con atención renovada.
—Tiene carácter —dice—. Eso puede ser una fortaleza.
—O un problema —respondo.
Su sonrisa se ensancha apenas.
—Exacto.
Se aleja.
Siento el cuerpo tenso, preparado para algo que no llega… todavía.
—No debiste provocarlo —dice Alessandro.
—No debiste subestimarme —respondo.
Me mira largo.
—Sos imprudente.
—Soy honesta.
—En este mundo —dice—, eso te puede matar.
—Entonces vas a tener que cuidarme mejor —contesto.
Sus dedos se cierran apenas en mi espalda.
—No confundas protección con afecto —susurra—. Todavía no.
La música cambia. Más lenta.
Alessandro extiende la mano.
—Bailamos.
No es una invitación.
Acepto.
El contacto es mínimo. Distancia medida. Su mano firme. Mi cuerpo alerta.
Giramos despacio, rodeados de miradas.
—Esto también es una actuación —dice—. No te olvides.
—Nunca me olvido cuando estoy siendo observada —respondo.
—Bien —contesta—. Porque a partir de hoy, siempre lo estarás.
Apoyo la cabeza apenas más cerca de la necesaria.
—Entonces aprendamos a actuar bien —murmuro.
Su respiración se vuelve más pesada.
—Cuidado, Valentina —dice—. Estás jugando con fuego.
—Vos lo encendiste.
Cuando la música termina, el aplauso es automático.
Pero yo ya no soy la misma que bajó esas escaleras esta mañana.
Ahora lo sé.
No soy solo la esposa de Alessandro De Luca.
Soy una pieza que todos quieren mover.
Y voy a aprender a moverme sola.
