Librería
Español
Capítulos
Ajuste

CAPÍTULO 3: REALIDAD

La puerta se cierra con un sonido seco, definitivo.

No es un portazo. Alessandro no necesita dramatismo. El simple clic del cerrojo basta para recordarme que ahora estoy dentro de su mundo… y que él controla cada salida.

Me quedo quieta durante varios segundos, como si moverme fuera admitir que esto es real. Que no voy a despertar en mi antigua habitación, con el ruido lejano de mi padre hablando por teléfono y la ilusión estúpida de que todavía tenía opciones.

Respiro.

El aire aquí es distinto. Más pesado. Como si las paredes hubieran absorbido secretos durante décadas y ahora los exhalaran lentamente, obligándome a inhalarlos.

Camino descalza hasta la cama. Paso la mano por las sábanas oscuras. Suaves. Carísimas. Frías.

Todo en esta casa es así: lujo sin calidez. Belleza sin consuelo.

Me siento en el borde y cierro los ojos.

Mi mente no se calla.

La sonrisa de Alessandro cuando lo desafié.

La forma en que dijo mi nombre.

La certeza con la que afirmó que él es la regla.

Aprieto las manos sobre mis muslos.

No puedo permitirme pensar en cómo mi cuerpo reaccionó a su cercanía. No puedo permitirme reconocer ese calor bajo la piel, esa chispa traicionera que apareció cuando debería haber sentido solo miedo.

Me levanto de golpe.

No voy a ser débil.

No voy a ser una esposa decorativa.

No voy a romperme.

Camino por la habitación, abriendo cajones, puertas, explorando. No busco escapar. Todavía. Busco entender el terreno.

El baño es enorme. Mármol negro, espejos impecables. Mi reflejo me devuelve una mujer que reconozco y no al mismo tiempo. Los ojos brillan con algo peligroso. No es terror.

Es furia contenida.

—No te pierdas —me digo en voz baja—. No acá.

Me quito el vestido despacio, como si cada prenda que cae fuera una capa de la Valentina que existía antes. Me pongo una bata que encuentro colgada, demasiado grande, demasiado ajena.

Cuando vuelvo a la habitación, me detengo.

Hay alguien del otro lado de la puerta.

No lo escucho moverse.

Lo siento.

Mi corazón acelera.

La manija no gira. No entra. Solo está ahí.

—Puedes pasar —digo, con la voz más firme de lo que me siento.

El silencio se estira.

Finalmente, la voz de Alessandro atraviesa la madera.

—Solo quería asegurarme de que entendieras algo.

Me acerco a la puerta, pero no la abro.

—Adelante.

—Esta casa tiene cámaras —dice—. Guardias. Oídos en todas partes. No para vigilarte… sino para proteger lo que es mío.

La palabra vuelve a tensarme.

—No soy una cosa —respondo.

—Todavía no —contesta, sin ironía—. Pero eres parte del acuerdo.

Apoyo la frente contra la puerta. Sé que él está del otro lado, igual de quieto.

—¿Y si no quiero ser parte de nada de esto? —pregunto.

—Entonces vas a sufrir más de lo necesario —dice—. Yo no te elegí por capricho, Valentina. Te elegí porque eres fuerte. Porque no te quiebras fácil.

Cierro los ojos.

—No confundas fortaleza con resignación —susurro.

Siento, más que escucho, su sonrisa.

—Eso lo veremos.

Sus pasos se alejan.

Recién entonces me permito soltar el aire que estaba conteniendo.

Me meto en la cama sin apagar las luces. No confío en la oscuridad aquí. No todavía.

El sueño no llega.

Cada sonido me mantiene alerta. Cada crujido de la casa me recuerda que no estoy sola, aunque no haya nadie en la habitación.

Pienso en el mañana.

En la sonrisa que tendré que fingir.

En las manos que tendré que aceptar sin temblar.

En la mujer que esperan que sea.

Pero también pienso en algo más.

Alessandro cree que me tiene medida.

Que sabe hasta dónde puedo llegar.

Y tal vez sea cierto.

Pero yo también empiezo a medirlo a él.

Su control.

Sus silencios.

Sus límites.

El pensamiento me calma de una forma peligrosa.

Porque en medio de este matrimonio forzado, de esta jaula dorada, empiezo a entender algo con una claridad inquietante:

El verdadero poder no siempre está en quien da las órdenes.

A veces está en quien aprende a resistirlas sin romperse.

Me doy vuelta, mirando la puerta cerrada.

—No me subestimes —murmuro.

No sé si me escucha.

Pero sé que, de una forma u otra, Alessandro De Luca y yo estamos atrapados en el mismo juego.

Y ninguno de los dos piensa perder.

Descarga la aplicación ahora para recibir recompensas
Escanea el código QR para descargar la aplicación Hinovel.