CAPÍTULO 2: LA JAULA DORADA
El auto avanza en silencio, suave, demasiado suave para lo que está pasando dentro de mí.
Las luces de la ciudad se deslizan por la ventanilla como si nada hubiera cambiado, como si no acabara de vender mi apellido, mi cuerpo y mis próximos dos años a un hombre que no me ha tocado y aun así me ha marcado.
Voy sentada recta, las manos cruzadas sobre el regazo. No porque quiera parecer educada, sino porque necesito contenerme. Si aflojo un poco, si dejo que el temblor me gane, sé que no voy a poder detenerlo.
Alessandro va a mi lado, serio, impenetrable. No me mira. No hace falta. Su presencia ocupa todo el espacio, densa, pesada, como una sombra que no se puede esquivar.
Dos hombres viajan adelante. Seguridad. Silencio absoluto. Nadie habla cuando él está presente. Es una regla no escrita que se siente en la piel.
Miro de reojo su perfil.
Mandíbula firme. Nariz recta. Boca dura. No hay un solo gesto innecesario en él. Todo parece calculado, medido, controlado. Incluso su respiración.
Me pregunto cuántas personas habrán muerto por una orden suya.
Me pregunto cuántas sin siquiera haberla escuchado.
—No intentes escapar —dice de pronto, sin mirarme.
Mi cuerpo se tensa de inmediato.
—No lo estaba considerando —respondo, seca.
Una pausa.
—Mentís mal —contesta—. Pero vas a aprender.
Aprender.
Esa palabra vuelve a caer sobre mí como una sentencia.
Aprender a qué.
A obedecer.
A callar.
A sobrevivir.
El auto se detiene frente a una reja enorme de hierro negro. El emblema de los De Luca brilla bajo la luz artificial: un lobo rodeado de espinas.
La reja se abre lentamente.
La mansión aparece ante mí como un monstruo dormido. Oscura, imponente, antigua. No es ostentosa como esperaba. Es peor. Es sólida. Permanente. Como si hubiera estado allí antes de todos nosotros y fuera a seguir cuando ya no quedemos nadie.
Trago saliva.
Esta no es una casa.
Es una fortaleza.
Entramos. El eco de nuestros pasos resuena en un hall inmenso, de techos altos y paredes de piedra. Todo huele a madera, a cuero, a poder viejo.
—Este es tu hogar ahora —dice Alessandro, finalmente mirándome.
No hay rastro de ironía en su voz. Solo hechos.
—No lo llames hogar —respondo.
Sus ojos se clavan en los míos.
—No llames hogar a nada que no puedas abandonar —continúo—. Es una mentira peligrosa.
Algo se mueve en su expresión. No es enojo. No es sorpresa.
Es interés.
—No sos tan ingenua como pensaba —dice.
—Y vos no sos tan inhumano como aparentás —respondo antes de poder frenarme.
El silencio que sigue es afilado.
Sé que crucé una línea.
Alessandro da un paso hacia mí.
Solo uno.
No me toca.
No invade mi espacio físico.
Pero su presencia se vuelve asfixiante.
—No confundas autocontrol con humanidad, Valentina —dice en voz baja—. No te conviene.
Mi nombre en su boca suena distinto. Más pesado. Más íntimo de lo que debería.
Siento un escalofrío recorrerme la espalda.
—Vamos a dejar algo claro desde ahora —continúa—. Este matrimonio es un contrato. No un cuento romántico. No soy tu enemigo… mientras cumplas.
—¿Y si no lo hago? —pregunto, sosteniéndole la mirada.
Sus labios se curvan apenas.
—Entonces sí lo seré.
No amenaza.
Promete.
Me conduce por los pasillos sin tocarme, sin apresurarme, como si supiera que cada paso que doy aquí es una rendición silenciosa.
Abre una puerta al final del ala este.
—Tu habitación.
Entro.
Es enorme. Elegante. Fría. Una cama gigantesca, sábanas oscuras, ventanales altos. Parece una habitación de hotel de lujo… sin alma.
—¿Dormimos separados? —pregunto.
—Por ahora —responde—. La apariencia pública no requiere compartir cama todas las noches.
Por ahora.
—No te confundas —agrega—. No es una concesión. Es estrategia.
Asiento lentamente.
—Reglas —dice—. No sales sin avisar. No hablas de negocios. No haces preguntas innecesarias. No desobedeces frente a terceros.
—¿Y tú? —pregunto—. ¿También tienes reglas?
Me observa largo rato.
—Yo soy la regla.
El pulso me late entre las piernas y lo odio por eso.
Odio que me provoque sin tocarme.
Odio que mi cuerpo reaccione a un hombre que representa todo lo que detesto.
Odio sentirme viva en esta jaula.
—Mañana anunciamos el matrimonio —continúa—. Sonríes. Te muestras segura. Feliz, si puedes.
—No sé fingir felicidad —digo.
—Sí sabes —responde—. Toda tu vida te prepararon para esto.
Se da vuelta para irse, pero se detiene en la puerta.
—Una cosa más, Valentina.
Levanto la mirada.
—No intentes desafiarme por aburrimiento —dice—. No todos los juegos tienen segundas oportunidades.
Se va.
La puerta se cierra.
Y por primera vez desde que firmé, estoy sola.
Me acerco al ventanal. Apoyo la frente contra el vidrio frío. Miro el jardín oscuro, perfectamente controlado, igual que yo ahora.
Mis manos tiemblan.
No lloro.
No todavía.
Porque sé algo con una claridad que me quema el pecho:
Alessandro De Luca cree que me ha encerrado.
Pero no entiende una cosa.
Las jaulas no solo contienen.
También enseñan dónde están las grietas.
