CAPÍTULO 1: EL TRATO
El mármol del salón Rossi está frío bajo mis pies, incluso a través de los tacones. Todo en esta casa se siente así hoy: pulcro, elegante, distante. Como si el lugar supiera que no estoy aquí para celebrar nada.
Respiro hondo y mantengo la espalda recta. No bajo la mirada. No muestro miedo. Mi padre me lo repite desde esta mañana como si fuera un mantra capaz de salvarme.
—No muestres debilidad, Valentina. Los De Luca respetan la firmeza.
Lo que los De Luca respetan es el poder. Y yo no tengo ninguno.
Estoy de pie junto a la ventana, mirando un jardín perfectamente cuidado que ya no siento mío. Todo parece inmóvil, suspendido en una calma falsa. Sé que, cuando él cruce esa puerta, nada volverá a estar quieto.
Lo siento antes de verlo.
El aire cambia. Es una presión sutil, casi imperceptible, pero mi cuerpo la reconoce. Pasos firmes resuenan sobre el mármol. No necesito girarme para saber quién es. Alessandro De Luca ha llegado.
—Señor De Luca —saluda mi padre con una deferencia que nunca le he escuchado dedicar a otro hombre.
No responde de inmediato.
Esa pausa es calculada. Una forma de marcar territorio incluso antes de hablar.
Me giro despacio.
Es más alto de lo que esperaba. Más imponente. Lleva un traje oscuro que parece hecho a medida de su cuerpo ancho y rígido. Su rostro es severo, de líneas marcadas, como si la vida nunca le hubiera permitido suavizarse. Sus ojos —oscuros, profundos— se clavan en mí sin pudor.
No hay deseo en esa mirada.
Hay análisis.
Me estudia como si yo fuera un documento más sobre la mesa. Como si ya supiera todo de mí y solo estuviera confirmando datos.
—Señor Rossi —dice finalmente—. Espero que podamos ser breves.
Breves.
Como si lo que van a hacer no fuera decidir el resto de mi vida.
Mi padre sonríe con rigidez y asiente. Yo mantengo la barbilla en alto. No le regalo el gusto de verme intimidada.
—Esta es mi hija —dice—. Valentina.
—Lo sé —responde él sin apartar la mirada de mí—. He leído su expediente.
La palabra me golpea como una bofetada.
Expediente.
No “me han hablado de usted”. No “es un placer conocerla”. Un expediente. Un archivo con datos, virtudes, defectos y utilidad.
Aprieto la mandíbula.
—Entonces sabrá —digo, rompiendo el protocolo antes de poder detenerme— que no estoy interesada en este matrimonio.
El silencio cae de golpe, pesado, amenazante.
Mi padre gira el rostro hacia mí con furia contenida. Puedo imaginar la reprimenda que vendrá después, pero ya no importa.
Alessandro sonríe.
No es una sonrisa cálida. Es lenta, fría, precisa. La clase de sonrisa que no promete nada bueno.
—No estamos aquí para hablar de intereses, señorita Rossi —responde—. Estamos aquí para firmar un acuerdo.
Camina hacia la mesa central, donde el contrato descansa abierto. Varias hojas perfectamente ordenadas. Demasiadas.
—Dos años —continúa—. Convivencia obligatoria. Imagen pública intacta. Sin escándalos. Sin errores.
Levanta la vista y me observa de nuevo.
—Nada que no pueda soportar una mujer inteligente.
Es un desafío. Lo reconozco al instante.
Doy un paso al frente.
—No soy una propiedad —digo—. Ni su garantía de paz.
Inclina apenas la cabeza.
—En este mundo —responde— todos somos algo para alguien.
Toma la pluma y la deja sobre el papel.
—La diferencia es quién sobrevive.
Mi corazón late con fuerza, desbocado. Sé que no tengo salida. Sé que decir que no significa algo peor. Para mí. Para otros.
Aun así, tomo la pluma.
Mis dedos rozan los suyos cuando la alcanzo.
El contacto es breve.
El efecto, devastador.
Una descarga recorre mi brazo y se instala en algún lugar peligroso de mi pecho. Odio que mi cuerpo reaccione así. Odio que él lo note.
—No me toque como si ya fuera suya —susurro.
Sus ojos se oscurecen apenas.
—No lo es —responde—. Todavía.
Firmo.
La tinta negra se desliza sobre el papel con una facilidad insultante. Un simple trazo. Un nombre.
Pero en ese gesto no firmo solo un matrimonio.
Firmo mi encierro.
Firmo una alianza construida con sangre.
Firmo una guerra.
Y mientras dejo la pluma sobre la mesa, sé una cosa con absoluta certeza:
Alessandro De Luca es mi enemigo.
Y ahora también es mi esposo.
