Capítulo 4 El regalo
Sé que el almuerzo no será la gran
cosa, pero quiero que todo salga perfecto. Los millones en la cuenta bancaria
de Alphonse, dependen de estos días en los que este viejo esté en mi casa.
Nos sentamos a la mesa y degustamos
de la entrada. No estoy muy segura que es, pero el chef de la casa lo ha
preparado especialmente para el invitado. Seguramente es comida alemana, algo
que no me agrada del todo, pero aun así la como. No sabe tan mal como se ve.
Agradezco que las porciones sean pequeñas. Acompaño todo con una copa de vino
blanco al igual que los dos hombres en la mesa.
—¡Leyna, he olvidado algo importantísimo! —Espeta el
viejo interrumpiendo el silencio en la habitación. Me pongo nerviosa y me
relajo. No tiene cara de enfadado, más bien parece contento.
—¿Qué
sucede? —Cuestiono en dirección al anciano. Él me sonríe y luego rebusca en los
bolsillos interiores de su traje color ceniza que es muy similar a los que
utiliza Alphonse la mayoría del tiempo.
—Sé
que no he podido asistir a su boda y lo lamento mucho… —Murmura a modo de
disculpas. Alphonse y yo sonreímos y
asentimos con la cabeza con comprensión.
—Descuida, tío. Estabas trabajando. —Añade
mi esposo—. Leyna y yo lo comprendemos muy bien.
Ambos volvemos a sonreír y pocos
segundos después, el viejo saca una caja cuadrada de terciopelo del interior
del traje.
—…Así
que te traigo tu obsequio de bodas. —Me dice y me entrega la cajita color azul oscura.
—Oh, pero no es necesario. —Inquiero
fugazmente. Dubitativa miro a Alphonse que sonríe con parsimonia y luego miro
al viejo delante de mí. No sé qué hacer. En realidad si sé que hacer, pero debo
parecer la esposa feliz y humilde que no necesita de joyas para estar completa,
aunque sea una gran mentira.
—Ábrelo. —Me indica.
Tomo la tapa y la elevo hacia arriba.
Son dos pendientes de diamantes, ¡si, diamantes! ¡Esmeraldas, en realidad!
Valen una fortuna, sé cuál es su precio en dólares. Recuerdo que estoy actuando
y hago cara de sorpresa y agradecimiento. Intento hacer que mis ojos brillen de
emoción y lo logro.
—¡Oh, dios mío! —Exclamo—. Son hermosos, Adler.
Gracias.
Me pongo de pie como toda buena
actriz que soy y me acerco al viejo y le doy un abrazo. Cuando lo hago intento
inclinarme lo más que puedo. Sé que Alphonse está viendo mi trasero en ese
momento. El viejo me rodea con sus brazos y después de agradecerle una y otra
vez por el presente, regreso a mi lugar, pero antes de sentarme, acaricio con
evidente excitación el hombro de mi esposo. No es que él me caliente del todo,
pero… es el único con el que puedo tener sexo sin tener que cruzar toda la
ciudad.
—Espero que los uses en la fiesta de
la empresa, mañana por la noche.
Sonrío, sonrío y sonrío. Si, tendré
que usarlos. Podré presumirlos y lo mejor de todo, obtendré otra excusa para
salir de la casa e ir de compras.
—Será todo un placer. —Respondo—. Tendré
que conseguir zapatos que combinen, pero los usaré encantada.
Murmuro con gracia. Ambos sonríen y
luego el viejo abre la boca de nuevo.
¿Nunca se calla? ¡Es irritante!
—Supe que Alphonse te obsequió el
collar de esmeraldas para tu cumpleaños y quise hacerte un presente que
combinara. —Me dice.
Miro a mi esposo con sorpresa. Jamás creí que
el estuviese tan al pendiente de contarle a todo el mundo lo que hacemos o
incluso lo que jamás hacemos.
—Es un regalo hermoso, gracias. —Digo
finalmente para que ya no moleste.
Luego de eso aparto mis valiosos diamantes a
un lado para parecer desinteresada, continuamos con el aburrido almuerzo,
mientras que mis pensamientos flotan y rebotan una y otra vez dentro de mi
cabeza. Esta noche Alphonse debe tocarme o enloqueceré.
La noche cae rápidamente. Cenamos a
la luz de la velas y cada quien se marcha a hacer sus cosas. El viejo molesto
decidió salir a visitar algunos conocidos y se lo agradecí en mis pensamientos
una y otra vez. Durante toda la tarde me volvió loca.
Ya escogí el nuevo vestido que
utilizaré en la fiesta de la empresa y también guardé en la caja fuerte de mi
habitación los diamantes. Quiero que el tiempo vuele, deseo ser la envidia de
todas las viejas insípidas y aburridas que asistirán mañana.
Llego a mi habitación luego de leer
un libro en la biblioteca. Alphonse está en su despacho, seguramente bebiendo
whisky importado y pensando en su patética vida. No lo niego, a veces yo
también lo hago.
Me siento vacía, sé que tengo todo lo
que quiero, pero me siento vacía.
Me quito el vestido y lo arrojo a un
lado, luego me paseo por la habitación en ropa interior y decido darme una
ducha rápida antes de poner en marcha mi plan. Con el cabello recogido me doy
un baño con agua caliente. Me seco rápidamente y luego corro hacia el armario.
Tengo que sorprenderlo, pero no debe pensar que me interesa más allá del sexo.
Aún no tengo en mente que ponerme.
Me dirijo a la sección de lencería
dentro de mi pequeña tienda individual. No veo nada que me llame la atención.
Puedo escoger entre pasión y romance o solo sexo. No estoy segura.
Cierro los ojos y paso mi dedo índice
sobre todas las prendas. Me detengo en una sin saber cual es y cuando abro los
ojos sonrío. Es perfecto, sencillo y aceptable.
Me coloco el camisón de satén blanco
que cubre muy poco de mis piernas. Tomo mi bata a conjunto y me coloco unos
tacones. Acomodo mi cabello y lo dejo caer sobre mis hombros. Mi rostro se ve
bien y mi piel está humectada y con olor a rosas debido a mi crema
corporal.
Bajo las escaleras sin hacer mucho
ruido. Me dirijo a la cocina rápidamente. Por la luz proveniente de la otra
habitación, sé que mi esposo aún sigue en su despacho. Entro al cuarto y mis
dos mucamas están sentadas sobre la mesada cenando. Al verme se ponen de pie
velozmente y cierran sus bocas.
—Señora. —Dicen al mismo tiempo a
modo de saludo. Las ignoro.
—Tú. —Digo señalando a la chica cuyo
nombre no conozco y no me interesa—. Sirve dos copas del mejor vino de la casa.
Ahora. —Le digo. Ella se mueve y comienza a acatar mi orden. Le dirijo mi peor
mirada a la tal Andy y estoy segura de lo que diré. Quiero que le quede muy en
claro quién manda.
—Cada vez que el señor Schäfer y yo
estemos a solas, les prohíbo interrumpir. No me interesa si se aproxima un
tsunami o la tercera guerra mundial. No quiero oírlas a ninguna de ustedes
golpeando puertas y llamando a quien sea, ¿Comprenden? —Pregunto con la voz
cargada de enojo. La tonta chica asiente con miedo y se disculpa una y otra
vez.
La empleada número dos aparece delante de mí
con las dos copas de vino en sus manos.
Las tomo y luego aniquilo a las dos
inservibles con la mirada.
—No perdonaré otro error. La próxima las despido,
¿Entendido?
—Sí, señora Schäfer. —Responden al
unísono y me marcho del lugar. Tanta incompetencia junta me hace olvidar por un
momento, cual es el objetivo de esta noche.
