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Puede costar caro

Fuera del edificio, el cielo madrileño lucía despejado. El otoño apenas comenzaba a teñir los árboles de tonos dorados, y una brisa ligera revolvía los mechones sueltos de su cabello. Catalina se ajustó la bufanda y decidió llamar a Sofía antes de regresar a su apartamento.

El tono del teléfono sonó apenas dos veces antes de que la voz cálida de su amiga respondiera:

—¡Cata! Justo pensaba en ti. ¿Cómo va la capacitación?

—Recién empieza, y ya puedo decir que será exigente —respondió Catalina con una ligera sonrisa mientras caminaba hacia la parada del autobús—. Hoy el profesor titular no asistió, así que Axel lo reemplazó.

Hubo un breve silencio al otro lado de la línea, seguido de un tono curioso.

—¿Axel? ¿En tu clase?

—Sí —contestó con naturalidad—. Fue una sorpresa. No suele venir por las mañanas, ¿verdad?

—No —dijo Sofía, sonando divertida—. Mi cuñado tiene una relación complicada con los madrugones. Pero imagino que, si aceptó sustituir al docente, es porque Naven se lo pidió. Últimamente pasa más tiempo en la universidad que en su oficina.

Catalina asintió, aunque Sofía no podía verla.

—Se notó que está acostumbrado a mandar. Todo el aula se quedó en silencio apenas entró.

—Eso suena bastante típico de él —replicó Sofía, riendo suavemente—. Siempre fue así: serio, reservado… pero con un magnetismo que desconcierta.

Catalina se encogió de hombros mientras esperaba el autobús.

—Puede ser. No lo veo tan seguido como ustedes. En realidad, apenas coincidimos en los cumpleaños de los niños o en alguna cena familiar.

—Pues prepárate, porque ahora lo verás más seguido —comentó Sofía con tono insinuante—. Y hablando de él… Estuvo este fin de semana en Barcelona.

—¿Ah sí? —preguntó Catalina con educación, sin mostrar mayor interés.

—Sí, y no estaba solo —continuó Sofía, bajando un poco la voz, como si compartiera un secreto—. Naven lo mencionó. Parece que fue con una mujer.

Catalina miró hacia el horizonte, indiferente.

—He escuchado rumores sobre su fama. No me sorprende.

—¿No te causa curiosidad? —preguntó Sofía, entre divertida y cautelosa.

—No especialmente —respondió Catalina con calma—. La vida de Axel Fort no es asunto mío. Además, los rumores tienden a ser… exagerados. Además ya hemos trabajado juntos antes, no me parece muy interesante.

Sofía soltó una risita.

—Eso dices porque no lo has visto cuando está en modo “Fort”. Te aseguro que, si lo conocieras un poco más, entenderías por qué la prensa lo llama el “empresario más deseado de Madrid”.

Catalina sonrió apenas.

—Supongo que hay quien encuentra encanto en ese tipo de hombres.

—¿Y tú no? —replicó Sofía, divertida.

Catalina se acomodó el bolso al hombro, mirando las hojas que caían sobre la acera.

—No me gustan los hombres que creen que el mundo gira a su alrededor. Porque aparentemente tu cuñado después de la muerte de su esposa se ha convertido en eso.

Del otro lado de la línea, Sofía guardó silencio por un instante antes de soltar una risita breve.

—. Pero en el fondo no es tan terrible como parece. Solo tiene un carácter… complicado.

Catalina arqueó una ceja, escéptica.

—¿Complicado o imposible?

—Depende de a quién le preguntes —respondió Sofía con una carcajada—. Pero prométeme algo: si en la universidad las chicas empiezan a hablar demasiado de él, no te dejes llevar por lo que dicen. Axel puede ser muchas cosas, pero lo que más le molesta es que lo juzguen sin conocerlo.

Catalina miró al suelo, distraída.

—Tranquila, no tengo tiempo para juzgarlo ni para interesarme. Es solo el director de la universidad, nada más. Nunca habrá una oportunidad más que no sea de respeto por las criaturas y quizás de Docente y estudiante. No me gustan los hombres con la fama de mujeriego.

—Nunca digas nunca, Cata —replicó su amiga con tono ligero—. En esta familia todo puede pasar.

Ambas rieron con suavidad antes de despedirse. Catalina guardó el teléfono y subió al vehículo.

Durante el trayecto, el bullicio de la ciudad llenaba los espacios entre sus pensamientos. Madrid se movía con su ritmo habitual: coches, peatones, luces, conversaciones dispersas. Ella observaba todo con tranquilidad, agradecida por la rutina.

No quería pensar en Axel Fort, pero la imagen de su rostro serio aparecía de nuevo. Su manera de observar, tan precisa, tan poco emocional, le recordaba a alguien que ha aprendido a no confiar en nada.

Quizás por eso resultaba tan distante.

Quizás por eso imponía tanto.

En la universidad, su nombre se repetía en los pasillos con la fascinación que solo despiertan los hombres inaccesibles. Pero Catalina prefería mantener los pies sobre la tierra. Había visto a demasiados hombres usar la arrogancia como armadura. Axel Fort era solo otro más en esa categoría.

Al llegar a su apartamento, dejó la carpeta sobre la mesa y se preparó una taza de té. El aroma cálido llenó la cocina mientras se asomaba al balcón. Desde allí podía ver parte del centro de la ciudad, con sus luces parpadeando entre los edificios.

Pensó en Sofía, en cómo siempre encontraba algo bueno que decir de todo el mundo. Pensó también en Axel, en cómo su sola presencia parecía alterar la atmósfera sin esfuerzo alguno.

Se encogió de hombros.

No importaba. No debía hacerlo.

Tenía un año completo de capacitación por delante, un futuro profesional que dependía de su esfuerzo, y ninguna intención de dejar que la fama de un hombre —por más poderoso que fuera— interfiriera en ello.

Aun así, mientras apagaba las luces para ir a dormir, una imagen cruzó su mente sin aviso: la mirada de Axel esa mañana, fija, imperturbable, como si buscara algo que ni él mismo entendía.

Catalina cerró los ojos, sin darle importancia.

Solo era una impresión pasajera.

Nada más.

La noche había caído sobre Madrid con un aire denso, casi sofocante. Las luces de la ciudad parpadeaban en las calles húmedas, reflejándose en los escaparates y los autos que pasaban. En una esquina del barrio de Salamanca, un bar discreto mantenía su ambiente elegante y reservado, lejos del bullicio habitual.

Axel Fort estaba sentado en la barra, con la chaqueta del traje sobre el respaldo del asiento y la corbata ligeramente aflojada. Frente a él, un vaso de whisky reposaba a medio llenar. No era la primera vez que terminaba allí después de una jornada complicada, pero esa noche era distinta.

Había cometido un error.

Uno que podía costarle caro.

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