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Universidad

El sonido de los pasos resonaba por los pasillos amplios de la Universidad Cascabel, una de las más prestigiosas de Madrid. Catalina Cruz sostenía su carpeta contra el pecho mientras caminaba a paso ligero hacia el aula 304. Era la primera semana del programa de capacitación ejecutiva, un curso intensivo de doce meses que prometía abrirle muchas puertas.

Aquel lunes el aire estaba especialmente fresco, y el sol se filtraba por los ventanales altos, iluminando los corredores con un resplandor dorado. Catalina siempre llegaba temprano; no soportaba la idea de entrar cuando la clase ya había comenzado.

Se sentó en su sitio habitual, en la tercera fila, cerca de la ventana. Sacó su cuaderno y comenzó a repasar sus apuntes de la jornada anterior. Le gustaba aprender, le gustaba esforzarse. Quizás por eso, Sofia —su mejor amiga y esposa de Naven Fort— siempre decía que Catalina tenía un alma noble, una paciencia infinita y una mente brillante, además de tener la fiesta en las venas, era alegre, pero también inocente.

El murmullo de los estudiantes llenaba el aula cuando, de repente, la puerta se abrió.

El silencio cayó de inmediato.

Catalina levantó la vista… y su corazón se detuvo por un instante.

Axel Fort.

El mismísimo Axel Fort, director general de la universidad y hermano de Naven. No solía aparecer por las mañanas; todos sabían que su presencia se reservaba para las clases ejecutivas vespertinas o las reuniones con los inversores. Su sola figura imponía respeto.

Vestía un traje gris oscuro perfectamente entallado, una corbata azul marino y una expresión tan serena como distante. Caminó hacia el escritorio con paso firme, y el murmullo nervioso volvió a elevarse entre los estudiantes.

—Buenos días —saludó con voz grave, pausada, tan controlada que casi parecía medir cada palabra—. El profesor Morales no podrá asistir hoy, así que estaré a cargo de esta sesión.

Catalina tragó saliva. No era la primera vez que lo veía, pero sí la primera que lo tenía tan cerca fuera de los eventos familiares. Ella y Axel eran padrinos de los hijos de Naven y Sofía; coincidían en cumpleaños o reuniones, pero siempre de manera fugaz. Y aunque él era cortés, jamás había cruzado límites de conversación con ella.

Esa mañana, sin embargo, sus miradas se encontraron.

Axel se detuvo un instante, observándola con una intensidad que hizo que Catalina desviara la vista enseguida. Su mirada era fría, penetrante, como si pudiera leer pensamientos ajenos. No era igual que la de Naven, los ojos de Axel era cálida y amable aunque tenía algo duro, un filo de acero que la hacía sentir vulnerable.

Catalina, incómoda, asintió apenas con la cabeza en un gesto educado. Él respondió con una inclinación mínima, casi imperceptible, antes de comenzar la clase.

—Hoy hablaremos sobre gestión estratégica y liderazgo corporativo —anunció mientras encendía el proyector—. Espero que todos estén preparados para pensar… no para copiar.

La voz de Axel era como un roce de terciopelo sobre hielo. Firme, elegante, pero imposible de ignorar.

Catalina intentó concentrarse, aunque su mente divagaba. Verlo allí, en ese papel de docente, le resultaba extraño. Axel siempre había sido para ella una figura lejana, inalcanzable, casi inaccesible en su perfección. No podía imaginarlo dando clases, y mucho menos sonriendo… aunque, claro, seguía sin hacerlo.

Durante la hora siguiente, el aula permaneció atenta. A pesar de su fama de arrogante, Axel sabía enseñar. Su inteligencia era indiscutible, y su manera de exponer los temas, directa y aguda, dejaba poco espacio para la distracción.

Cuando finalmente llegó el descanso, Catalina se dirigió al pasillo con sus compañeras. Las conversaciones comenzaron enseguida.

—¿Has visto cómo le queda ese traje? —dijo una chica rubia, suspirando abiertamente—. Axel Fort es el hombre más guapo que he visto en mi vida.

—Guapo, sí… pero también el más mujeriego de todos —respondió otra, riendo—. Mi prima trabaja en el hotel Fort Palace y dice que él cambia de acompañante cada semana.

—Eso no me sorprende —intervino una tercera, con tono soñador—. Dicen que si él te mira, es imposible resistirte. Yo daría lo que fuera por pasar una noche con él… aunque sea una.

Catalina bajó la mirada, sintiendo una punzada de incomodidad.

No era una mujer ingenua, pero tampoco acostumbraba escuchar ese tipo de conversaciones. No podía negar que Axel era atractivo, con su porte seguro y esa elegancia natural que parecía innata en los Fort. Pero pensar en él como un gigoló, como lo llamaban algunas, le parecía exagerado. O quizá… no lo conocía tanto como creía.

Desde la ventana del pasillo, lo vio hablando con un grupo de profesores. Sonreía de lado, apenas, con esa sonrisa discreta y peligrosa que parecía una invitación y una advertencia a la vez.

Catalina suspiró. Se obligó a apartar la mirada, definitivamente tenía el encanto de los Fort.

El aula se había vaciado por completo cuando Catalina guardó sus cosas con calma. Aún podía sentir la seriedad que flotaba en el aire tras la clase, el peso de aquella presencia que nadie se atrevía a desafiar. Axel Fort tenía esa capacidad: bastaba con entrar para imponer orden sin necesidad de alzar la voz.

Catalina cerró su cuaderno, respiró hondo y salió del aula. Caminó por los pasillos de la universidad intentando no pensar demasiado en lo ocurrido. No había sido más que una clase. Nada extraordinario.

Solo Axel Fort sustituyendo a un profesor ausente.

Solo un hombre con una mirada que parecía examinarlo todo.

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