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Pensamientos inutiles

El informe que había llegado esa tarde confirmaba lo que llevaba días temiendo: una firma competidora había aprovechado una brecha en los contratos de expansión hotelera en Lisboa, una brecha que él mismo había pasado por alto. Su error. Una omisión simple, pero suficiente para que su oponente —un director tan ambicioso como implacable— pudiera adelantarse en la adquisición de uno de los terrenos más valiosos del proyecto.

Apoyó los codos en la barra y se frotó el rostro con ambas manos. Su cabeza estaba llena de cifras, cláusulas, nombres, plazos.

Y el sonido insistente de su propia voz diciéndose que no debía fallar.

Axel Fort no fallaba.

No se permitía hacerlo.

Pero lo había hecho. Y lo peor era que no tenía intención de contárselo a su hermano. Naven no lo entendería. Él era conciliador, siempre buscando el equilibrio, siempre viendo el lado humano de los negocios. Axel, en cambio, creía en el control, en la precisión, en la autoridad absoluta. Reconocer un error sería mostrar debilidad, y eso era algo que no podía permitirse.

El barman se acercó con discreción.

—¿Le sirvo otro, señor Fort?

Axel miró el vaso por un momento antes de asentir.

—Uno más. Solo uno.

El hombre obedeció sin decir palabra. En ese lugar, nadie se atrevía a hacer preguntas. Todos sabían quién era Axel Fort, y todos sabían que era mejor mantener las conversaciones en un tono bajo cuando él estaba presente.

El hielo chocó suavemente contra el cristal, rompiendo el silencio. Axel tomó un sorbo, dejando que el ardor del alcohol le quemara la garganta. Por un instante, el fuego del whisky le dio una sensación de control, aunque fuera momentánea.

Encendió su teléfono, revisó el correo y encontró el mensaje que no quería abrir: “Reunión urgente — Posible acuerdo de compensación. Mañana, 8:00 a.m.”

La cita lo esperaba.

Un intento de frenar el daño antes de que su error se convirtiera en un escándalo.

Apoyó el móvil sobre la barra y lo miró durante un largo rato. Podría llamar a su abogado, o incluso a Naven. Pero no. Lo resolvería solo, como siempre. Esa era su regla, su forma de mantenerse invencible.

Un grupo de jóvenes ejecutivos entró en el bar, riendo y hablando alto. Axel los observó apenas, con el ceño levemente fruncido. En su época, recordaba haber tenido la misma energía. Antes de Geraldine. Antes de la desconfianza.

Ella también solía reír así.

Y él, entonces, también creía que el mundo era suyo.

Apartó el pensamiento de golpe. No necesitaba recordar. No esa noche.

Pidió la cuenta, pero el barman, sabiendo quién era, simplemente la posó frente a él sin pronunciar palabra. Axel dejó unos billetes y se levantó, ajustándose el abrigo antes de salir a la calle.

El aire frío lo recibió de inmediato. Madrid seguía viva, llena de luces y murmullos, pero a él le parecía un escenario distante. Caminó sin rumbo durante varios minutos, con las manos en los bolsillos, hasta que terminó frente al edificio de cristal que llevaba su apellido grabado en letras doradas: FORT ENTERPRISES.

Miró el logo iluminado sobre la fachada.

Cada letra brillaba con perfección, como si nada pudiera alterar su equilibrio. Pero detrás de esas paredes, el imperio que había construido se sostenía sobre un delicado sistema de decisiones… y una sola equivocación bastaba para tambalearlo.

Sacó su teléfono de nuevo. Tenía varios mensajes sin leer, entre ellos uno de su asistente:

> “Señor Fort, la prensa ha solicitado declaraciones sobre la adquisición en Lisboa. ¿Desea responder?”

Axel apretó la mandíbula.

No.

No diría nada hasta resolverlo.

Guardó el teléfono y se encaminó hacia su coche, estacionado unos metros más allá. Al pasar por la puerta principal del edificio, se detuvo un segundo. Desde allí podía ver, a través del cristal, a los empleados del turno nocturno. Jóvenes que todavía creían que el esfuerzo era suficiente para llegar a la cima.

Axel recordaba haber pensado lo mismo una vez.

Subió al coche y encendió el motor. No tenía ganas de ir a casa, pero tampoco de seguir bebiendo. Su apartamento era silencioso, demasiado grande para una sola persona. Allí no había ruido, ni voces, ni recuerdos amables. Solo su propia mente repitiéndole que no debía equivocarse otra vez.

Mientras conducía por la Gran Vía, la ciudad parecía un espejismo. Las luces de los hoteles, los anuncios brillando, la música lejana de los bares… todo formaba un paisaje ajeno, como si él no perteneciera realmente a nada de aquello.

El semáforo cambió a rojo. Se detuvo y miró su reflejo en el retrovisor. El rostro que lo devolvía la mirada no era el del hombre invulnerable que todos conocían. Había cansancio en sus ojos, una sombra de algo que no quería admitir: frustración.

Pensó en su hermano, en cómo Naven solía decirle que el éxito no servía de nada si no había paz. Y pensó también en Sofía, con su manera de suavizar cualquier situación, en los niños que siempre lo recibían con una sonrisa sin juicio alguno.

Y, de forma inesperada, la imagen de Catalina Cruz cruzó fugazmente su mente. La había visto esa mañana en la universidad: discreta, concentrada, diferente a todas las demás. Había algo en ella que no encajaba con el ruido del mundo que él conocía.

Sacudió la cabeza, molesto consigo mismo. No tenía tiempo para distracciones. Mucho menos para pensamientos inútiles.

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