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Sin enamorarse

El semáforo cambió a verde, y el coche avanzó.

Media hora después, llegó a su apartamento. El edificio estaba en silencio, las luces tenues del pasillo proyectaban sombras sobre las paredes. Dejó las llaves sobre la mesa y se quitó el abrigo con movimientos automáticos.

Encendió la lámpara del salón. Los documentos de Lisboa seguían sobre el escritorio, junto a un contrato sin firmar. Se sirvió otro whisky y se sentó frente a ellos.

Pasó las páginas una y otra vez, buscando una solución que no encontraba. Cada línea parecía recordarle el fallo. Su propio descuido.

El reloj marcaba la medianoche cuando finalmente se recostó en el sillón, mirando hacia el techo. El vaso aún en la mano, el cansancio empezando a pesarle en los párpados.

Sabía que debía dormir, pero la mente no se lo permitía.

Sabía también que mañana tendría que enfrentarse a quienes habían visto su error.

Y que, si fallaba una vez más, su nombre —el que durante años había sido sinónimo de perfección— empezaría a perder peso.

La ciudad seguía viva más allá de su ventana.

Pero en el interior del apartamento, solo había silencio.

Axel Fort cerró los ojos, dejando que el cansancio lo venciera por un instante.

Por primera vez en mucho tiempo, el hombre que lo tenía todo se sintió vulnerable.

Aunque nunca lo admitiría en voz alta.

Madrid amaneció con un cielo encapotado, tan gris como el ánimo que acompañaba a Axel Fort al llegar a la sede principal de Fort Enterprises. El tráfico no ayudaba, tampoco el silencio implacable de su propio pensamiento. Había pasado la noche en un bar intentando ahogar la frustración, pero ni el whisky más caro pudo borrar la realidad: había cometido un error.

Un contrato con el grupo inversor de Lisboa, mal revisado y firmado a destiempo, había abierto una grieta en su reputación. Un simple descuido —imperdonable viniendo de él— ahora era un escándalo en ciernes. Los socios extranjeros pedían explicaciones y el consejo directivo esperaba su versión.

Axel bajó del auto con el mismo porte que siempre lo distinguía: traje negro impecable, corbata perfectamente anudada, y esa mirada de acero que hacía temblar incluso a los más experimentados ejecutivos. Ni un rastro de cansancio, aunque en el fondo llevaba la resaca de la noche anterior y un mal humor que cualquiera habría preferido evitar.

Al ingresar a la sala de juntas, todos los miembros del consejo ya estaban presentes. Entre ellos, su hermano Naven, que lo miró con una mezcla de prudencia y preocupación. Axel simplemente tomó asiento, apoyando los codos en la mesa de cristal.

—Empecemos con esto —dijo, con voz grave y firme.

El primer informe fue una exposición fría de números, pérdidas potenciales y daño mediático. Nadie se atrevió a culparlo directamente, pero el silencio lo hacía evidente. Cuando el asesor terminó de hablar, Axel solo asintió y dejó caer una frase cortante:

—Asumo el error. No volverá a pasar.

Naven lo observó de reojo, sabiendo que esa frase era más una declaración de dominio que una disculpa. Sin embargo, el resto del consejo no parecía dispuesto a dejarlo pasar tan fácilmente. Fue Eduardo Salazar, el consejero más veterano —un hombre de voz suave pero de mirada venenosa— quien habló en tono calculado.

—Director Fort, todos sabemos que los errores se corrigen con acciones visibles. La confianza no se reconstruye solo con palabras.

Axel entrecerró los ojos. Sabía que venía algo más.

—¿Y qué sugiere, señor Salazar? —preguntó, con un dejo de burla.

Eduardo acomodó sus lentes, disfrutando de la atención que había captado.

—Los inversores extranjeros están cuestionando su estabilidad, su… estilo de vida. Consideran que la dirección de Fort Enterprises necesita proyectar una imagen más sólida, más… familiar.

La palabra “familiar” flotó en el aire como un golpe velado. Naven frunció el ceño, intentando intervenir, pero Axel levantó una mano para detenerlo.

—Sea claro, Salazar —dijo con una sonrisa ladeada—. ¿Está insinuando que mi vida privada pone en riesgo a la empresa?

—No es una insinuación, señor Fort. Es una preocupación. Su nombre aparece con frecuencia en la prensa, y no precisamente por su trabajo. Los socios necesitan confiar en su estabilidad. Y quizás… —Eduardo hizo una pausa teatral— …una alianza matrimonial podría ser la solución más eficaz.

Un silencio helado recorrió la sala. Axel apoyó la espalda en la silla, con una risa apenas audible.

—¿Una alianza matrimonial? —repitió con sarcasmo—. ¿Quiere que arregle un contrato con un anillo, señor Salazar?

—Quiere que restablezca su imagen —intervino Naven con calma—. Sabes que las apariencias pesan tanto como los resultados, Axel.

Axel se pasó una mano por la barbilla, mirando a su hermano con frialdad.

—Después de todo lo que he hecho por esta empresa, ¿me están diciendo que necesito una esposa para que crean en mí?

Eduardo entrelazó los dedos.

—No una esposa cualquiera. Alguien que inspire confianza. Que devuelva el equilibrio a la compañía.

Axel lo observó en silencio, pero sus ojos lo decían todo. Sabía perfectamente lo que ese hombre buscaba. Había escuchado rumores: Eduardo tenía una hija, joven, recién graduada, de familia “respetable”. Y ahora todo encajaba.

La idea le resultaba casi divertida, si no fuera tan insultante.

—Entiendo —dijo finalmente, con una sonrisa fría—. Así que su propuesta de redención implica convertirme en un hombre casado. Fascinante.

—Nadie lo obliga —replicó el consejero—. Pero sería un gesto… inteligente.

Axel se levantó lentamente. Su sola presencia imponía un peso que hizo callar a todos.

—Yo no necesito una esposa para demostrar nada. Ni a los inversores, ni a esta junta. —Su tono era glacial—. Y si alguien aquí cree que puede manipular mi vida privada para obtener ventaja, le aconsejo que lo piense dos veces.

Eduardo mantuvo una sonrisa tensa, fingiendo diplomacia.

—Solo queremos lo mejor para la compañía, señor Fort.

—Claro —dijo Axel, mientras se abotonaba el saco—. Siempre es por el bien de la compañía.

Sin esperar respuesta, salió de la sala. El sonido de sus pasos resonó por el pasillo vacío, firme, autoritario. Cuando llegó a su oficina, cerró la puerta con fuerza y se apoyó contra ella unos segundos.

El eco de la conversación seguía en su cabeza. Casarse… Qué broma tan absurda.

Había prometido no volver a hacerlo. No después de Geraldine, la mujer que lo había destruido desde dentro. Ella le había enseñado que el amor no era más que una trampa elegante, una forma refinada de debilitar a los hombres. Desde entonces, había convertido su vida en una serie de encuentros sin compromiso, sin nombres, sin vínculos.

Y así le gustaba. Control absoluto. Sin emociones.

Pero ahora, su reputación pendía de un hilo, y los buitres del consejo lo sabían. Si no actuaba rápido, Eduardo Salazar podría utilizar ese error para forzarlo a aceptar un trato que no quería.

Axel se sirvió un trago de whisky, observando su reflejo en el vidrio del ventanal. Madrid se extendía a sus pies, brillante y despiadada.

—Un matrimonio, ¿eh? —murmuró con desdén—. No hay trato que me ate otra vez.

Sin embargo, mientras bebía, su mente ya trabajaba. Calculaba, como siempre. No era un hombre que huyera del problema. Si debía enfrentar esa jugada, lo haría a su manera. Con frialdad. Con estrategia.

Y sobre todo… sin enamorarse jamás.

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