Capítulo 02: El primer encuentro.
Katherine.
Enseguida que entraron aquellos chicos a la cafetería por alguna razón no podía dejar de mirar al más bajo de los dos, ese que era un poco delgado y mantenía un look despreocupado en su cabello castaño. Era bastante… Atractivo. Y caminaba de una manera muy elegante, como si fuera alguien refinado, de otra época. Manteniendo sus hombros alineados. A diferencia, de su compañero que tenía un caminar más torpe. Luego de que entraron, se sentaron en la mesa en donde la hermosa chica de ojos verdes.
—¿Quiénes son…? —dejé escapar de mis labios, casi de manera inconsciente. Mientras que les miraba con discreción, especialmente a ese chico del que no podía apartar la mirada.
Él se encontraba mirando sus largos dedos entrelazados, que estaban sobre la mesa. Parecía que movía sus labios muy deprisa, pues apenas podía percatarme de ello, al mismo tiempo que noté una oscuridad en sus ojos. No sabría cómo describirla, pero era una oscuridad… Atractiva. ¿O estaba desvariando como una idiota después de tantas novelas que había leído? No lo sabía, pero no pude dejar de mirarlo de soslayo. Los otros dos miembros, tenían una mirada igual de rígida que él. Y entonces, me dí cuenta de que estaban hablando muy bajo entre ellos tres.
—¡Ya te digo quiénes son! —Leila asintió mientras soltaba una risita tonta—. La chica… ella es «Mary Louis Phantomhive». —respondió la rubia de manera acosadora, mientras que como yo, miraba hacia la mesa de los nuevos—. Y los chicos bueno… Sólo pude averiguar el nombre de uno. —comentó con un tono melancólico.
—¿El de cuál…? —le pregunté con un ligero rubor en mis mejillas, que ocultaba agachando la cabeza y tratando de hablar disimuladamente con mi amiga sobre los chicos nuevos que teníamos en frente.
«Por favor, que sea el de ese chico… Quiero conocerlo», escuché decir a una parte de mí. En lo más profundo de mi interior, mientras que me mordía un poco el labio inferior.
—Bueno, Katherine… —Leila ronroneó, jugueteando con sus dedos—. Por lo que veo, no tengo el nombre del chico que te interesa, pues sólo conozco al chico moreno. —señaló, encogiéndose de hombros, y yo me sentí entonces más intrigada—. Su nombre es Ethan Reyes… Él es súper guapo, ¿no crees? —soltó como si estuviera enamorada.
—Me gustaría saber el nombre del otro chico... —murmuré, y entonces el timbre que anunciaba el inicio de las clases, sonó fuertemente en todos los pasillos del edificio.
—Sí, lo sé. —Leila asintió, pasando su brazo por mi hombro—. Pero vamos a clases, quizás te pida tu número como en las novelas de «Wattpad». O, seguro chocas con él torpemente en los pasillos. —comentó burlonamente, y yo me sonrojé.
—La vida real no es como una novela de «Wattpad», Leila.
***
Ya estábamos en el aula de clases de Matemáticas, listos para ver el tema de hoy. Y todos en ésta clase teníamos un asiento asignado, debido a que Mr. Gruber era un poco (demasiado) estricto, así que nos había separado de nuestros amigos y las personas con las que habláramos. Porque de esa manera, podríamos estar más concentrados en sus aburridas clases. No odiaba la asignatura de Matemáticas, pues se me daba bien, creo que por ser una jodida nerd. Pero Mr. Gruber daba las clases más tediosas de todo el edificio. Por eso, él me había asignado el último asiento de la esquina, alejándome de Leila y de Olivia; quienes se encontraban en los primeros asientos de la clase, siendo separadas por dos pupitres en medio.
Cuando pasé por el asiento de la pelirroja, ésta apenas me miró, pues desvió la mirada hacia otro lado. Algo, que me provocó una punzada en el pecho, y que metiera mis manos en mi suéter purpura oscuro, el cual tenía durante esa mañana para abrigarme del frío. Caminando con una culpabilidad en el pecho, hacia mi asiento, donde me senté en silencio arrepentida por haber tratado de esa manera a mi mejor amiga. Ella estaba enfadada conmigo, seguramente, pero yo no quería involucrarla demasiado en mis problemas familiares. Además, ahora tendría que soportar más de ese odio que Jade tenía por mí, por haberla dejado en ridículo.
Que estúpida fui.
Mientras que Mr. Gruber corregía unos exámenes de otro curso, mis compañeros hablaban con su vecino de al lado, pues entre todos habíamos aprendido a hablarnos. O, más bien dicho. Entre ellos. Porque yo seguía siendo la chica callada, que no le hablaba a nadie más que a su perfecta y deslumbrante mejor amiga. Y podría decirse que Leila era igual que yo, pero ella tenía más personas a las que hablarle, como esos chicos raros del Club de Teatro.
Pero tenía amigos.
Luego de que dejé de ver a Olivia compartiendo con sus otras amigas, decidí sacar mi libro de Matemáticas y ponerme a ojear entre las paginas, para aparentar que hacía algo mejor que hablar con mi vecino del al lado. Que por cierto, no tenía, ya que los últimos asientos de la última fila, estaban vacíos, a excepción del mío. Guau. Hasta el profesor sabía que era una jodida inadaptada social.
Me mordí el labio con incomodidad al pensar en muchas cosas negativas; sin embargo, cuando rebusqué mi libro en mi mochila. Noté que accidentalmente lo había dejado en la mesa de la cafetería, justo porque lo había sacado para que Olivia se copiara de mis ejercicios. Y como me había quedado embobada con ese chico nuevo… ¡Lo había dejado abandonado allá! ¡Oh Dios!
Por eso me levanté rápidamente de mi asiento, y fui directo al escritorio del profesor donde él yacía revisando unos exámenes de la clase pasada. Al estar enfrente, le pedí en voz baja que si podía darme permiso para ir al baño. Él me dio una de sus malas caras, diciendo que las mujeres siempre queremos ir al baño. Pero luego me dejó salir, y yo me encaminé hacia esa dirección antes de que alguien más tomara mi libro. Y mientras iba de camino a la cafetería no paraba de pensar en tres cosas: en que tenía que ser una mejor hermana mayor con Jade. En que tenía que recompensar a Olivia por mi comportamiento. Y en esos chicos nuevos.
Había recordado lo que me había dicho Leila, y que según ellos iban a estudiar con nosotros. Pero no estaba muy segura. No los vi en el salón de clases por ningún lado, y el profesor nunca habló sobre ellos… Supongo, que Leila se había equivocado.
Al llegar apresuradamente a la cafetería me encontré de plano con mi libro postrado sobre la mesa, provocando que me llevara una mano al pecho, y soltara un suspiro. Porque si perdía ese libro, estaría perdida en los ejercicios que tocarían en un futuro, y no quería que mi promedio se viera perjudicado por haberme quedado mirando como una idiota a un chico nuevo.
Sin embargo, a pesar de haber estado sumergida en mis pensamientos, regresé de golpe a la realidad cuando me dí cuenta de las tres intimidantes presencias que se encontraban todavía en la cafetería. Esos chicos nuevos seguían sentados en su mesa, y yo no había notado sus semblantes hasta que me dí cuenta de que la chica, Mary Louis. Se había puesto de pie y había tomado mi libro, al mismo tiempo que nuestras miradas se encontraban en ese momento.
—¿De quién será este libro…? Parece que me lo quedaré. —ronroneó la pelinegra de ojos verdes, con una encantadora pero intimidante voz de soprano. Por alguna razón, me pareció que estaba buscando problemas cuando yo me acerqué lentamente, musitando:
—Emm, disculpa. —llamé su atención, pasándome un mechón de cabello detrás de la oreja. Mientras que me acercaba un poco más, y evitaba el contacto visual con sus intimidantes ojos—. Pero… Pero es mío.
Mary Louis me miró de reojo de una manera que casi me estremeció, y que pude intuir que fue con desagrado. Por eso agaché la mirada, y torpemente me terminé de acercar para tomar mi libro, e irme rápidamente de ese lugar sin más problemas. Pero el corazón me dio un vuelco cuando esa esbelta chica pelinegra, levantó mi libro sobre su cabeza. Y me miró como si fuera sólo un pequeño bicho para ella.
—¿Éste es tu libro? Porque ahora que lo encontré. Es mío. —volvió a ronronear, mirándome con ojos enormes.
—Lo olvidé ahí porque... —solté tartamudeando, y ella soltó una risita que me estremeció, y me hizo agachar más la mirada hacia el suelo. Mientras que escuchaba como ese otro chico llamado Ethan, se burlaba.
—Oh, vamos. Dale su libro, Mary, deja de jugar. —Ethan interfirió, con una sonrisa en sus labios.
—No, hasta que vea que es suyo. —Mary Louis señaló, con una mano en su cintura—. Demuéstralo, morenita.
—Puedes revisarlo adentro. Está escrito mi nombre… Katherine Castillo. —respondí con mucha torpeza, y sólo quise abofetearme a mí misma por ser tan estúpida y dejar que se burlaran de mí unos desconocidos; sin embargo, me sentía observada por él.
Estuve segura de eso cuando apenas levanté la mirada, y lo encontré mirándome en silencio. Me estaba estudiando con sus ojos azules, con una manifiesta curiosidad. Y cuando desvié la mirada, me pareció que en los suyos brillaba una expectación insatisfecha.
—Oh, parece que sí es tuyo…. Katherine. —acabó diciendo Mary Louis, con un tono burlesco. Entonces bajó el libro, y me lo entregó con esos ojos de serpiente que me inquietaban—. No lo pierdas de nuevo, porque a la próxima, no te lo devolveré. —sonrió oscuramente, y yo tomé con temblor el libro y luego me dí la vuelta para irme de ahí rápido.
—¡Lo sentimos, chica! ¡No lo tomes personal…! —escuché a Ethan gritarme burlonamente, mientras que caminaba hacia la salida con una sensación terrible en el pecho.
Pero cuando estuve a punto de salir, y miré por última vez hacia esa mesa, pude ver como esos dos chicos se burlaban de mí. Pero que ese muchacho de ojos azules y cabello dorado castaño: no mantenía ni una sola sonrisa en sus labios. En cambio, pareció extraño al verme ir de golpe. A pesar de eso, antes de ir al aula tuve que pasar hacia el baño; donde me encerré en un cubículo, y me senté sobre la taza. Presioné mi libro contra mi pecho, y traté de no llorar. No sabía porqué quería hacerlo, pero me sentía demasiado incómoda. Humillada por esos chicos.
Sin embargo, en mi mente no dejaba de pasar el rostro de ese chico castaño retratándose: sus bonitos pómulos, su atractivo cuerpo de musculatura plana, su clásica nariz recta… Sus delgados labios, que de seguro eran capaces de mantenerte despierta toda la noche. Y esos intensos ojos azules, que hacían juego con su pálida piel. No podía sacarme a ese chico de la cabeza. Y por eso abracé más fuerte mi libro y traté de calmar mis pensamientos. Las ganas que tenía de llorar, y esas extrañas ganas que me atraían hacia él.
Luego cuando estuve más calmada, acomodé mi ropa y salí del baño para enjuagarme los residuos de lágrimas en mis ojos. Después me dirigí hacia el aula de clases, encontrándome al llegar con una escena que me desbocó el corazón. Porque me encontré con esos tres chicos nuevos, quienes estaban parados de pie frente a la clase, aparentemente se acababan de presentar, ya que se dirigieron a sus pupitres asignados por el profesor. Al mismo tiempo, que yo me encogía y entraba de manera desapercibida en medio de la atención que estaban recibiendo esos nuevos.
Y cuando estaba pasando por el asiento de Leila me dí cuenta de que ésta me hizo una señal con su pulgar, levantándolo. Mientras que me guiñaba un ojo. No entendí a lo que se refería, hasta que mis ojos se posaron en los últimos asientos, y me dí cuenta de que en el asiento vacío a mi lado yacía ese chico castaño de ojos azules. Por eso tragué en seco y seguí caminando, sentándome a su lado. Entonces, justo cuando me senté él se puso rígido en su silla, volvió a mirarme como lo había hecho antes. Nuestras miradas se encontraron nuevamente. La expresión en su rostro era de lo más extraña, pues esta vez era completamente hostil. Por eso aparté la vista y sin notar me sonrojé.
El profesor empezó a dar la clase y todos prestaron atención al pizarrón. Mantuve la mirada fija en el pizarrón; aunque, no pudiera concentrarme muy bien en los números debido a la intimidante mirada que tenía a mi lado. No lo había encontrado mirándome, pero estaba segura que él lo estaba haciendo, y yo me encontraba aturdida.
Entonces, por curiosidad lo miré de reojo, dándome cuenta de que había despegado la mirada de mí a una velocidad impresionante. Y que en ese momento, se inclinó en la dirección opuesta a la mía, sentándose al borde de la silla. Tenía la mirada rígida, fija en el pizarrón. Era muy… seria. Podía sentir como él quería estar lo más lejos posible de mí, y aunque me pregunté porqué, terminé dejando caer mi cabello sobre el hombro izquierdo, para crear una pantalla entre nosotros, e intenté prestarle atención al profesor.
Por desgracia la clase era sobre «Propiedades de las potencias», un tema que ya había estudiado en casa. De todos modos, tomé apuntes con cuidado, sin apartar la vista de mi libreta de cuadros; sin embargo, no me podía controlar y de vez en cuando echaba un vistazo a través de mi pelo, hacia ese chico misterioso. Dándome cuenta de que él no relajó esa postura que tenía sentado al borde de la silla, lo más lejos posible de mí, durante toda la clase.
Luego volví a mirar de reojo, y me dí cuenta que su mano izquierda estaba crispada en un puño que descansaba sobre su muslo. Estaba demasiado tenso, era como si algo le pasara. Por eso bajé la mirada, y vi que no tenía una pluma o lápiz. ¿Era por eso que estaba así? ¿O yo no le agradaba? ¿Necesitaba algo con qué escribir? Pensé apresuradamente mirándolo con atención.
«Pero Katherine… Él está como si quisiera alejarse de ti», pensé al volver a ver su postura indiferente, aún así dejé de pensar en todo eso cuando unas débiles palabras se escaparon de mis labios:
—¿Quieres… Quieres mi lápiz? —tragué en seco, ya que su mirada hostil estaba sobre mí—. Noté que no tienes un lápiz, por eso… ten el mío. —coloqué mi lápiz lentamente en su libreta que estaba abierta—. Descuida, estoy bien por si te lo preguntas… Yo tengo todo el tema de esta clase.
Después de haberle puesto mi lápiz en su libreta, clavé la mirada en el pizarrón, ya que me sentía muy intimidad por él. Pero, sólo para ver si yo le agradaba o no, volteé a ver sí había tomado el lápiz. Algo que me dejó sorprendida, ya que sí lo había hecho. Él ahora estaba concentrado escribiendo, así que al ver aquello no pude evitar hablarle con timidez:
—Mi nombre… Es Katherine… —como ya deberías saberlo—. ¿Cuál es el tuyo? —le pregunté con nervios, pues no podía dejar de sentirme como una idiota cuando él me miraba.
Sin embargo, me sentí abofeteada por una pizca de realidad cuando él me miró de reojo, y con hostilidad me respondió:
—No es de tu incumbencia.
Su frialdad me tomó de golpe, así que aparté la mirada con incomodidad hacia la clase, sintiendo como esa punzada en mi pecho incrementaba, mientras que me cubría la cara con mi cabello tratando de no llorar.
***
Por suerte la clase pasó en un parpadeo. El timbre sonó, y ya era hora de la segunda asignatura. Al escuchar el timbre en el pasillo, todos comenzaron a salir, y yo por curiosidad me volví inseguramente hacia ese extraño chico de pelo castaño. Pero no había nadie en su asiento. Ni mucho menos, en el de sus compañeros.
Me quedé en mi pupitre con una inquietud en el pecho, después me levanté recogiendo mi mochila y me dirigí hacia mi clase de educación física, acompañada de Leila; que se había quedado en la entrada esperándome, porque Olivia también se había perdido. Así que entré a los vestidores con la rubia, para prepararnos para educación física. Y una vez que estuvimos listas, con las demás chicas, salimos hacia mi pequeño infierno. Era un asco en los deportes, pero agradecí salir del vestidor, ya que durante todo el rato podía sentir una prominente mirada sobre mi nuca. Y cuando me volví hacia mis espaldas, me encontré con los oscuros ojos de Mary Louis, quien estaba parada frente a su casillero abierto. A unos metros al lado del mío. Mirándome con ojos enormes.
Pronto estuvimos en un partido de voleibol, aunque me daban náuseas tenía que participar por mi promedio. Además, no dejaba de extrañar a Olivia, que por lo que Leila supo, se había ido del instituto por unos asuntos familiares. Yo sólo esperaba verla pronto, y poder disculparme.
El partido iba cuatro a tres, y no, nosotras no estábamos ganando.
—¡Vamos, Castillo! ¡Esfuérzate un poco más, y no seas una estirada! —me animó la profesora de educación física, a un lado del partido.
«¡Hago lo mejor que puedo, no me grite!», quise responderle en un chillido, pues ya estaba cansada. Y odiaba tener que estar cubierta de sudor, sintiéndome una idiota golpeando una pelota con mis manos junto a otras chicas. Este partido apestaba. Yo era terrible para esto, y por si fuera poco los chicos también estaban jugando voleibol en la otra parte del gimnasio. Por eso no me podía concentrar muy bien, ya que de vez en cuando podía sentir la mirada de ese chico sobre mí, y en más de una ocasión lo encontré mirándome con discreción. A diferencia de Mary Louis, quien lo hacía con las intenciones de que me diera cuenta… ¿A caso quería asustarme? No lo sabía, pero esa chica era inquietante, y agradecí que hubiera tocado para la segunda ronda con otras chicas.
Y aunque, pensaba que el partido no podría ser peor. Leila, quien era la mejor de nuestro equipo. Me pasó la pelota en un pase impresionante. Y yo corrí y abracé a el balón con torpeza.
—¡No te encariñes con la pelota, Castillo! ¡Y sólo pégale! ¡No le des cariño! —escuché de nuevo a la profesora, y me sentí avergonzada frente a todos.
—¡Lanzala duro al otro equipo, Katherine! —chilló la rubia de lentes, esperando impaciente a que lo hiciera pronto.
Y como no podía seguir soportando las miradas de todos sobre mí, ni mucho menos la presión de Leila. Enseguida, golpeé la pelota débilmente hacia arriba con la palma abierta de una manera tan torpe, que en vez de echarla hacia el otro lado de la malla, venía directo hacia mi rostro. Cayendo a una velocidad tan rápida, que apenas pude reaccionar cuando el balón estuvo impactándose contra mi cara violentamente. Sacándome un chillido y echándome contra el suelo, siendo ese momento, cuando de pronto caí de espaldas y me pegué fuertemente en la parte trasera de la cabeza, quedando inconsciente.
***
Abrí los ojos en un lugar desconocido. Una parte de mí sabía que estaba soñando. Por eso seguí caminando en medio de la verde alboreada, sintiendo como el débil sol de Gravity Olson se posaba sobre mi piel morena, y cómo recién me percataba de que estaba caminando, desnuda en medio del bosque; sin embargo, muy pronto me dí cuenta de que las sombras fueron alcanzando el fulgor de los árboles, y con ello una penumbra absoluta. Mientras, que me daba cuenta que el día ensombrecía terriblemente. No me asustó el cambio repentino, pero me detuvo en medio de los pinos, al escuchar como alguien me hablaba desde lo más profundo de la oscuridad. Era una voz tan atractiva como sirena, que se escuchaba de lejos, y que finalmente pude escuchar de pronto:
«Despierta, Katherine…»
Entonces miré hacia mi alrededor, percatándome de que no había nada más que una espesa neblina expandiéndose a lo largo de la penumbra del bosque. Hasta que forcé un poco más mi vista y me dí cuenta que había una delgada figura femenina hacia el otro lado de los árboles. Era una mujer que extrañamente se me hacía familiar. Tenía el presentimiento de haberla visto antes en mis sueños.
Nunca podía ver bien su rostro. Pero sabía que era extremadamente hermosa.
Podía apreciar a duras penas su pálida piel de porcelana, y esos rizos rubios en forma de cascada que le caían por los hombros. Lucía como una mujer de poder. Ella usaba un vestido anticuado de otra época de color blanco, salpicado de pequeños capullos rosas, y que se ajustaba a su estrecha cintura. En lo alto de su cabeza llevaba puesto un sombrero a juego de color rosa, y en su cuello colgaba una brillante piedra rosácea.
No podía ver muy bien su rostro debido al sombrero, pero me dí cuenta de que sus ojos brillaban en la oscuridad como los de una espeluznante criatura. Y que muy pronto ella volvió a gritarme en un tono de voz que me espantó:
«¡Despierta ahora, Katherine!»
Entonces desperté de golpe, abriendo mis parpados con el corazón acelerado, y torciendo el gesto cuando una luz blanca me pegó en los ojos. Desconcertándome, al igual que el terrible dolor de cabeza que sentí, y que me hizo llevarme una mano hacia la parte de atrás. Gimiendo al sentir dolor, recostándome de nuevo sobre la cómoda cama donde permanecía extendida a lo largo. Siendo ese momento, en el que mi visión comenzó a volverse un poco más nítida, y visualicé que estaba en una de las camas de la enfermería. No había nadie cerca. Pero por lo pésima que estaba mi visión, tampoco podía ver demasiado, porque todo a mi alrededor era borroso, y el dolor en mi cabeza no hizo más que me volviera a tender con una mueca, desorientada.
Sin embargo, me dí cuenta de que mi cama estaba cerrada con unas cortinas blancas, que se movían confusamente ante mi visión. Por eso decidí cerrar los ojos hasta que mi vista se calmara, pero de pronto escuché el sonido de unas voces del otro lado de la cortina. No sabía de lo que estaban hablando, porque aun estaba despertando, y el fuerte golpe en mi cabeza no había hecho más que hacerme sentir perdida, con náuseas.
—¿Quién... Quién anda ahí? —solté como pude, torciendo el gesto por el dolor—. ¿Enfermera…? —le llamé con un tono tonto, mirando hacia el techo cuando sentí que iba a vomitar por las náuseas.
O, al menos eso pensé hacer. Hasta que esas voces se detuvieron. Y de repente una figura femenina comenzó a dibujarse del otro lado de las cortinas blancas, así que volví a repetir en confusión:
—Enfermera, ¿es usted? Tengo… Tengo dolor. —balbuceé, no sabía porqué estaba tan desorientada. Pero entonces, me quedé paralizada sobre la cama cuando esa figura abrió las cortinas, y entró lentamente como un depredador, mostrándome sus enormes ojos oscurecidos.
Las cosas no dejaban de moverse, como si estuviera en un carrusel, pero reconocí la figura de esa espeluznante chica nueva, quien entró hacia mi camilla con esa mirada que me desconcertaba.
El corazón se me aceleró un poco, pero estaba tan desorientada que no supe cómo sentirme al verla cruzar con una mirada ensombrecida, y una ligera sonrisa en sus labios carnosos. Mientras que se acercaba lentamente, paso a paso como un depredador, ronroneando:
—Mírate. Te ves tan patética como un cordero… Pero, llegó el momento de que me conozcas.
—¿Mary Louis…? —dejé escapar de mis labios, sintiendo como habían puntos negros en mi visión—. Dile… Dile a la Enfermera que venga, por favor yo… —balbuceé, quedándome en silencio sobre el colchón, al darme cuenta como lentamente el color de sus ojos, cambiaba de manera espeluznante a cada paso que daba directo hacia mí con una enorme sonrisa—.
»¿Mary Louis…? —murmuré con un escalofrío en el cuerpo, y apenas pude darme cuenta de cómo el color verde en sus ojos cambiaba; pues se estaban haciendo oscuros y salvajes como los de un animal, inyectándose de sangre. Tornándose oscuros. Pero poco a poco tomando un intenso rojizo, que me espantó cuando vi que habían dos colmillos sobresaliendo de sus labios.
¿Qué estaba pasando…?
—No sabes cuánto te odio… —le escuché susurrar con rabia. Y apenas pude darme cuenta cuando se abalanzó sobre mí, tomándome fuerte de cuello, y enseñándome esos puntiagudos colmillos que sobresalían de la parte de arriba de sus dientes, y que estaba a punto de encajarme.
Dejé de respirar en ese momento, donde cerré los parpados al sentir que esa chica me estaba robando el aire, queriendo soltar el grito más grande de mi vida. Estaba asustada, espantada y quería llorar. Pero de pronto volví a sentir como el oxígeno volvía a mis pulmones, una vez que una segunda voz se escuchó en la escena, y la mano de esa chica dejó de estrangularme con violencia. Tosí debido a la falta de aire, y al abrir mis ojos con la visión borrosa, estando a punto de desmayarme, vi como una silueta masculina había aparecido y estaba abrazando el cuerpo de Mary Louis; quien estaba gruñendo como una especie de demonio, con unos intensos ojos rojos. Mientras que ese chico de pelo castaño, se apartaba de mi camilla con ella en sus brazos, y antes de que volviera a caer inconsciente le escuché decirle a esa chica:
—Cálmate. No podemos matarla aún… Al menos. No en este lugar.
