Capítulo 5
Ella volvía hacia su casa, había una sonrisa plasmada en su rostro, estaba feliz, no podía contener la felicidad que iluminaba su alma al saber que había una solución para su dolor; irse con el muchacho al que tanto amaba. Ella a veces se detenía analizar si su amor era de esos cuyas llamas solo estaban vivas al principio de la relación, se detuvo a analizar si el amor de ellos, era de unos de esos adolescentes, llenos de hormonas que al madurar se esfumaban, se sintió profundamente triste de solo imaginarlo, de imaginarse a sí misma separándose de él. Amaba a sus padres, pese a que la relación con ellos no era la mejor, ni la más deseable, decir que los odiaba, sería algo por completo excesivo, los amaba, pero ellos no le daban la felicidad que Oliver le daba, y se sentía como una mala persona por admitirlo, pero así era su realidad: cuando se encontraba cerca de sus padres su estado de ánimo era uno oprimido, inseguro, pero cuando estaba al lado de Oliver se sentía libre como un ave que había recién aprendido a volar, sentía que podía tocar las nubes, sentía que sus emociones no serían subestimadas.
Había entrado a su casa de la misma manera en la que había salido, sin que nadie se diese cuenta, sus padres eran unas personas bastantes prejuiciosas, unas cinco veces eran las que Oliver había ido a su casa, y considerando que la de ellos se trataba de una relación de casi tres años, en realidad se esperaría una cantidad más elevada. Lo que obstaculizaba que Oliver sintiera emoción o ánimo alguno de regresar a la casa de los padres de Cassie, era lo con anterioridad mencionado, sus padres eran prejuiciosos, al Oliver ser de una clase social más baja que la de su amada, era el constante blanco de comentarios, que eran inofensivos pero tenían un trasfondo que hería, y Oliver era una persona bastante ágil mentalmente, sabía interpretar a la perfección aquellos comentarios, él no era una persona temperamental, pero no era una persona que solía quedarse con las palabras entre la boca, expresaba lo que sentía y como se sentía, y más si estaba enojado, intentó unas pocas veces hablar con los padres de Cassie, pero las reacciones de estos eran desagradables si esa palabra era la correcta para describirlos, si no le cabía otra palabra más severa; lo juzgaban por todo, desde su nivel de educación hasta por el hecho de que vivía aún con su madre, era bastante deprimente para Cassie escuchar estos comentarios, por lo que le había pedido a su novio que no volviera allí.
Había tenido que soportar las constantes preguntas venenosas de sus padres, en las que con curiosidad fingida le preguntaban por qué el muchacho que era su novio no volvía a visitarlos, sabían muy bien la razón, pensaba Cassie, ellos eran la razón, pero aquel era un caso perdido, de nada valía intentar abrir con las manos una puerta soldada. Ni siquiera le gustaba hablar de su relación con Oliver frente a ellos, pues innumerables veces habían intentado romperla.
Cuando había llegado a su casa, lo primero que había hecho era acostarse sobre su cama y respirar un poco, recordando el placer que sentía al tener el cuerpo de Oliver sobre el suyo, sintió un éxtasis tan intenso que se había empezado a quedar sin aire en un momento del acto, de sus besos, de su caricias, río ante el recuerdo. Lo amaba demasiado.
Abrió un cajón de su mesa de noche y de ahí sacó una foto de Oliver, sonrió ante la foto como si esta pudiese devolverle el gesto, se detuvo a mirarla, como se contempla al arte más precioso. Guardó la foto con mucho cuidado y luego se arrojó acomodándose en la cama, esperando a que la primera carta de él llegara, estaba emocionada por saber cuántas cartas él le enviaría, durmió, emocionada por lo que le esperaba el siguiente día. Si supiera lo gris que sería su futuro, no quisiera que el tiempo pasara tan rápido, pero así era la adolescencia, ansiosa y poco paciente, ignorante al hecho de que la vida se conformaba por esos preciosos momentos que disfrutábamos.
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Al día siguiente, se había despertado muy temprano, casi a las seis de la mañana, la ansiedad de conocer lo que él tenía para decirle no le permitía dormir. Además, si quería recoger el correo sin que sus padres se dieran cuenta, era necesario que estuviera despierta a esas horas tan vírgenes, como a ella le gustaba decirles, que era en donde el cartero pasaba.
Tenía ojeras enormes aposando en sus ojos, su cabello estaba despeinado y enredado, con un aspecto grasoso, su cabeza dolía un poco, pues cuando no dormía bien, esa era una de las consecuencias, observó el suelo, estaba lleno de sus pertenencias, pertenencias que ella misma había tirado ayer allí, en su trance de furia. A veces se sorprendía de lo que era capaz. Miraba a su alrededor y veía muchos accesorios rotos, que ni su estricto padre pudo evitar que rompiera, aunque, de hecho lo había intentado, pero sin resultado. Pues había enviado a la madre de Cassie a decirle la noticia, había oído gritos y el sonido de cosas quebrarse, al subir, se había encontrado con una Cassie sumergida en la más profunda histeria.
El típico sonido de la llegada del cartero la había sacado del pequeño trance en el que empezaba a sumergirse, se colocó de pie, enérgica y casi corriendo, pero evitando el menor ruido producir, llegó con agilidad hacia donde el cartero, un hombre de unos treinta años, de nariz larga, particular olor a canela y estatura regular, era un hombre bastante amable, aunque, como cualquier ser humano, contaba con sus episodios en los que no podía mantener una simple conversación a causa del mal humor que le invadía.
Cassie se había acercado a él, no sin antes cerrar la puerta de su casa, a pasos largos se aproximó al sujeto y con una sonrisa lo saludó, este correspondió el acto.
—¿Cassie? Se me hace tan extraño que estés aquí —dijo, con voz grave—. Siempre es tu madre la que recibe el correo, y la mayoría de veces, solo lo dejo en el buzón, pues nadie está despierto a esta hora, ¿qué haces despierta tan temprano —preguntó con una sonrisa, hablaba como si fuera su padre—. Digo, si no es un atrevimiento mi pregunta —agregó, sonriente.
—No, no, no eres molesto, Freddy. Mira, sucede es que... seré yo quien recibiré las cartas por estos días, sí, todas así tan temprano como estas, y... pues, sonará raro lo que te quiero decir, pero... mamá no se puede enterar de esto. Esto será entre nosotros dos.
El hombre arqueó una ceja, confundido ante las palabras de la linda muchacha que sus ojos contemplaban.
—Me disculparás, Cassie, pero no entiendo lo que tratas de decirme, ¿qué es lo que será entre nosotros dos precisamente?
—No puedes decirle a mi mamá que yo recibo las cartas.
—De todas formas, no es como que me encuentre mucho con tu madre —comentó él.
—Sí, eso lo sé, pero si lo llegas a hacer... no le digas que me das las cartas a mí, por favor, dile que cambiaste tu hora de llegada y que más temprano es que pones las cartas, por favor, en serio necesito de tu ayuda para eso.
El hombre se acomodó un reloj que usaba y le ofreció una mirada a la muchacha, que parecía realmente preocupada porque a nadie él le comentara que ella recibía aquellas cartas.
—¿Qué es lo que escondes, Cassie?
—¿Qué? ¿De qué hablas? —preguntó, haciéndose la desentendida—. ¿Esconder qué precisamente?
—Eso te pregunto.
—No escondo nada —respondió, tratando de mantener una postura firme, pero no era la mejor del mundo diciendo mentiras.
—Vamos, Cassie, desde que tenías diez añitos te conozco, no eras buena para mentir, no eres buena para ocultar cosas, es evidente que escondes algo, pero, como diría mi abuelo italiano, eso no es nada de mis asuntos, así que sí, te ayudaré, Cassie.
—¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias! —Ambas manos de la muchacha se encontraron, como las de una niña contenta.
—No hay razón para agradecer, el gusto es mío —dijo Freddy, antes de retirarse y darle las cartas a Cassie, quien las tomó entre sus manos húmedas a causas del sudor. Sin poder evitarlo, una sonrisa iluminó su rostro, estaba ansiosa por leer que le había escrito Oliver.
Entró rápido a su casa y revisó entre las cartas, sus ojos se llenaron de luz al ver el nombre de ella escrito en una de estas, como si se tratase de una película de amor, llevó la carta hacia su corazón y la olió. Dejó que otra sonrisa se le escapase del rostro para luego subir hacia su habitación y empezar a leer la carta que su amado le había enviado.
