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Capítulo 9: Kaimós

Denisse se distrajo en medio de la batalla, al ver a Luke volar por acción de su propio atacante, y su rival aprovechó este momento. Sacó un cuchillo de brillante y larga hoja, se movió hacia ella con celeridad, y le asestó una estocada sobre el hombro derecho, hundiendo el arma con fuerza, para bajar, como si rasgara carne de vacuno, atravesando su pecho sobre el seno, y acabó pasado el ombligo.

El grito de la Edevane más joven lo colmó todo: su aullido desgarrador pasmó incluso a Blaise, y lo aturdió al punto de hacerlo temblar. La sangre comenzó a brotar, espesa y continua, y más bramidos de dolor siguieron.

«Es una hoja de plata», se avisó Blaise con los ojos bien abiertos, concluyendo la razón de sus gritos, y asociándolo con el corte que él mismo había sufrido en la cara.

La plata bañada en magia blanca tenía la facultad de infringir daño real en los vampiros, sin importar su edad, clan, capacidades o talentos. Era el arma definitiva para aquellos que querían hacerles mal.

El rival enorme y corpulento de Luke se le tiró encima y trató de golpearlo en la cara, pero él lo detuvo en el acto; no fue un acto producto de la suerte o la casualidad, para nada… Tan pronto lo miró a los ojos, haciendo uso de la penetración hacia las profundidades de su mundo interno, pudo someterlo.

Era grande, un gran cuerpo lleno de furia y fuerza, de ordenes confusas y cero fuerza de voluntad, el rubio se dio cuenta de eso; no obstante, cuando trató de ver más allá, hacia el origen de sus acciones, las turbaciones y brumas lo cubrieron todo y lo hicieron salir de su centro, llenándolo de dudas y curiosidad.

Del otro lado, el rival de Denisse se tiró sobre ella, quien no paraba de gritar y retorcerse por el dolor. La sangre brotaba a lo largo de todo el corte; su hombro, pecho y abdomen se encontraban tan desechos como su vestido, y su ya pálida piel emblanquecía a niveles insanos para una criatura de la noche.

El corazón y pulmones, que siempre mantenía inertes, comenzaron a funcionar como un absurdo mecanismo de defensa, vestigios de la evolución desde los humanos, y solo lo empeoraron todo.

Blaise, después de mucho forcejeo, logró zafarse de su oponente, y se apresuró hacia la rubia; estocó al agresor por detrás, hiriéndolo con la espada, cortando de largo a largo, pero eso no lo hizo retroceder.

Alerta por este peculiar acontecimiento, se acomodó para cortarle la cabeza, pero, antes de que pudiera hacerlo, sintió un gran dolor reventar en su hombro y extenderse por todo su brazo, lo que lo hizo soltar la espada, que cayó a sus pies en un bote pesado y sonoro.

Soltó un gruñido ronco, pues trató de guardarlo en su garganta, sin éxito y, al apenas voltear, se dio cuenta de que el vampiro fornido, el más viejo y grande que peleaba con Luke, arremetió contra su atacante, y en un movimiento de apariencia fácil, le arrancó la cabeza con ambas manos, jalándola y tirándola como basura al costado.

Blaise notó que sus ojos eran dos huecos negros, donde no se distinguía entre las pupilas y el vítreo, o quizás no existían. En el mundo de la magia cualquier cosa era posible. La expresión absorta de aquel enorme cuerpo lo sacó de su centro, y se tomó el hombro derecho con la mano izquierda, para confirmar que sangraba.

El sujeto corrió hacia Denisse y le sacó a su atacante de encima, solo para repetir el fiero acto de arrancarle la cabeza y botarla al lado.

Blaise apretó la mordida y corrió hacia Denisse, entre preocupado y sorprendido, pero Luke llegó primero, y sus ojos horrorizados al mirarla calaron en el menor con exasperación. Si él ponía esa cara… ¿no había nada que se pudiese hacer?

Alrededor de la rubia ya existía un charco de sangre oscura que manchaba más sus ropas a cada segundo, y ella comenzó a temblar.

Luke se mordió el labio inferior. A ojos de Blaise, quien lo miraba con atención, parecía estar estudiando miles de posibilidades en su interior, por la forma en la que veía a su hermana menor: preocupado, ligeramente ansioso… y muy, muy, furioso.

Entonces, volteó a mirarlo. En reflejo a esos gélidos ojos que no lo taladraron, pero que Blaise sintió como tal, frunció los dedos de sus pies dentro de los zapatos.

—Mátalo —ordenó. Su voz áspera y grave dejó escuchar la profundidad de su ira.

El pelinegro asintió sin dilación, y se agachó para tomar su espada; la afirmó con ambas manos y se acercó al corpulento vampiro, quien solo permanecía de pie y con la vista en el vacío. Plantó la pierna izquierda, tomó fuerza y, en un movimiento potenciado por su fuerza natural, cortó la cabeza de aquel entrecano vástago.

La cabeza voló hacia su derecha e impactó con una de las columnas que aún sostenían la estructura, y el cuerpo cayó de rodillas, como un yunque, y luego hacia el frente.

—Lu… —murmuró Denisse. Ya no gritaba, ya no podía. Sus ojos se inyectaron en sangre, y las lágrimas rojas recorrieron sus mejillas.

Su hermano volvió a mirarla, y comprendió la clase de terrible dolor que debía estar sintiendo por acción de la plata y la magia blanca.

Desde atrás, Blaise la miraba horrorizado, y se percató de que Luke se serenó: su espalda y hombros estaban tensos, pero no dijo nada durante largos y torturantes segundos.

Se agachó frente a ella y tocó la herida: se sentía caliente y latía. Entonces, arrancó el vestido de su hermana, dejándola desnuda de la parte superior ante ellos y tirando los vestigios de su vestido lejos. Blaise desvió la mirada por cortesía, pero no pudo hacerlo por demasiado tiempo, porque sentía demasiada curiosidad por ver lo que el otro haría, y volteó de regreso.

El rubio se acercó más a ella, y empezó a lamer la sangre que brotaba de la herida, y a chuparla. En automático, Denisse arrancó a gritar y retorcerse con lo último de sus fuerzas, lo que llevó a Luke a someterla, colocándose sobre sus piernas y tomando sus brazos para alejarlos.

Siguió con su tarea: bajó desde el hombro, con una angustiante lentitud para una dama que lloraba y gemía por piedad, hasta llegar al ombligo.

Al despegarse de ella, se quitó el saco con rapidez, y Blaise se dio cuenta de que la sangre ya no salía, por lo que abrió los ojos como platos: ¿él había absorbido la sangre infectada con plata? No… eso no era posible. Tampoco sentía residuos de nigromancia.

Luke se arrancó una de sus mangas de un tirón y, con el índice de la diestra, hundió la uña tan profundo en su muñeca izquierda, que la sangre comenzó a brotar en seguida.

En el suelo, Denisse aún temblaba, y respiraba con dificultad, mientras apenas podía seguir los movimientos de su hermano.

Luke condujo la sangre, haciendo latir su corazón y funcionar su cuerpo, para que se concentrara en la zona, y dirigió la muñeca hacia la boca de su hermana menor, que la abrió y tomó, pero se ahogó.

—Blas, levántala un poco —musitó el rubio con la voz reseca, y el pelinegro le hizo caso.

Su herida sanaba por sí sola, no era tan preocupante como la de la dama. Se agachó detrás de Denisse, dejando la espada a un lado, y alzó la parte superior del cuerpo ajeno, para que ella pudiera tragar, y así sucedió.

Desde su posición, Blaise pudo ver los ojos miel de Luke, esos que tanto amaba, pero que ahora mismo le generaban un terrible conflicto, mirar a su hermana con una preocupación temible, y con otra emoción que no pudo descifrar en ese simple instante.

De repente, el más joven sintió el cuerpo de Denisse entrar en una tensión que identificó como buena, y ella se lanzó como una bestia, literalmente, sobre su hermano, haciéndolo caer hacia atrás, para romperle la camisa e ir directo a su cuello, donde le enterró los colmillos.

Blaise escuchó el siseo inicial del rubio, que no opuso resistencia alguna, y la incomodidad se extendió por su cuerpo, tanto que no pudo ver.

Pero no tenía caso… él los podía escuchar, y oler.

Los escuchaba: Denisse chupaba del cuello de Luke con insistencia, y él jadeaba de forma suave, y a veces pronunciada, con cortos gruñidos, dependiendo de la fuerza con la que ella bebiera de su sangre.

Dentro de la boca, Blaise se mordió la lengua, y trató de ignorarlos… sin éxito.

Sabía que esto era normal, porque ellos eran Veneto, una familia, pero le molestaba.

Algo que aprendió del mismo Luke, al apenas dar sus primeros pasos en el mundo, es que el clan de los Veneto estaba conformado solo por parientes, por miembros de una misma familia cuya estirpe se remontaba a los primeros tiempos, y Luke se alzaba como el primer hijo, Príncipe de la quinta generación de su clan, lo que le otorgaba el título de Patrizio, o patriarca, y líder y próximo jefe de la Casa.

Por boca del rubio también conocía que los Flabiano, nombre formal de la familia, solían tener hijos entre ellos en las ramas principales, para mantener la pureza de la sangre y que, aún sin eso, sin importar si eran hombres o mujeres, era común para ellos beber sangre, o jugar al sexo.

Sus hermanos sentían una «inusual adicción por su sangre», eso le había dicho el mayor tiempo atrás; y también que, a diferencia de otros clanes, para los Veneto, el placer de la mordida era comparable al del sexo, multiplicado por diez.

Por eso, mientras lo escuchaba jadear, quizás tratando de no gemir y dejarse llevar por el placer, por consideración a él, no lo culpaba. Sin embargo… el olor de su sangre lo enfermaba.

El aroma se colaba por sus sentidos sin quererlo, lo obligaba a respirar solo para sentirlo… y la deseaba. Deseaba tanto su sangre que el dolor en su garganta se extendió y lo hizo entrar en tensión…

Pero no podía tenerla.

Los Veneto solo bebían de los suyos, solo dejaban que otros Veneto tomaran su sangre.

Aunque Luke era un rebelde sin causa, que casi siempre hacía lo que le daba la gana, aún no había podido deshacerse de esa condición, coronada como un instinto, tatuada en lo más profundo de su ser desde su nacimiento.

Ante sus ojos, que lo esquivaban todo, y sus oídos, que no dejaban de escuchar la situación, Blaise dio cuenta de que Denisse ya no bebía y, al voltear, se percató de que ella se incorporó, sentada sobre el torso del rubio.

Las heridas ya no estaban, ni siquiera cicatrices; solo su cuerpo desnudo sobre su abdomen, unos ojos que lo miraban con picardía, y una sonrisa que le indicaba que ella quería seguir adelante.

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—Kaimós: Profundo sentimiento de tristeza, anhelo o deseo, incapaz de satisfacerse.

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Gracias por leer.

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