Capítulo 10: Tatemae
Cuando los gritos de los bomberos se comenzaron a escuchar con más fuerza, Luke cubrió a su hermana con su saco, y los tres fueron sacados de allí, ante el atento lente de muchas cámaras de propios y extraños.
De seguro se volverían la comidilla en las tertulias, lejos de todo el atentado en sí mismo, pero eso poco le importaba a Luke ahora.
A pesar de las preguntas de los medios, ninguno dijo nada, y entraron a la limusina del hijo mayor de los Flabiano, que los llevó a los tres de regreso al área residencial del oeste de la ciudad.
Apenas entrar al auto, en la parte trasera, Denisse se acurrucó en silencio a un Luke que no la rechazó, para nada, pero cuyos pensamientos se hallaban en otra parte.
Blaise, desde el asiento del copiloto, se dio cuenta de eso: sus ojos miraban por la ventana con disimulo, pero no veían nada, no prestaban atención a nada.
En el menor, el sentimiento del dolor y la tortura se extendió de forma abrasadora. Aun en el auto, no pudo evitar sentir una terribles y extrañas nauseas, síntoma que un vampiro no debía experimentar, porque su cuerpo se encontraba inerte.
Pero ahí estaban… malditas y molestas nauseas que lo hicieron arrugar la vista en la guantera por largos segundos, y tomar su abdomen con inquietud. Esto no se trataba de la herida en el brazo con el arma de plata, porque ya había sanado, sino de sus estúpidos y traicioneros pensamientos.
Estaba molesto, era la mejor forma de decirlo, la más simple; y saber que se sentía así lo frustraba. No quería pagar con Denisse algo que era suyo, que era suyo y de Luke, una ira que le tenía guardada desde hacía tanto, pero… ella no era culpable de nada, ¿Luke sí?
Apretó los labios y la vista se le perdió por unos segundos. El cosquilleo en su mente se extendió a sus manos. Celos… ¿por qué se sentía tan celoso? Decir que no lo comprendía, lo haría pecar por mentiroso.
El auto se detuvo frente a la casa y Mateo, el conductor, abrió la puerta para los señores, en tanto Blaise salió sin más, y esperó por ellos, para escoltarlos a la puerta.
Luke y Denisse fueron al frente, con la rubia abrazada a su hermano, en tanto el menor vigiló que el perímetro estuviera libre, Al entrar a la casa, los dueños ya iban escaleras arriba, y un exasperado Marco se acercó a él, para preguntarle qué era lo que había sucedido.
Allí tuvo que contarle todo con pelos y señales, y luego subió hasta su habitación, cerró la puerta, se quitó el saco, y se sentó a la orilla de la cama.
Sus ojos se perdieron en el librero que se hallaba al frente, y sus pensamientos comenzaron a jugarle una desesperada mala pasada.
La mente de Blaise comenzó a recrear los jadeos de Luke, la profundidad de su tono… el olor de su sangre al ser succionada por su hermana menor, las pequeñas vibraciones de su cuerpo con cada tirón… ¿Por qué podía recordarlo todo?, ¿por qué lo detallaba hasta ese nivel?
De repente, una dolorosísima punzada entró a su cerebro con virulencia, y se extendió desde ahí, desde el centro, a cada parte de su cuerpo, como una gran corriente destructiva.
Se encogió en sí mismo, y llevó una mano a su cabeza, para tomarla y apretarla; apretó las mandíbulas una contra otra, y cerró los ojos con fuerza. Las manos cayeron hacia los mulos y se formaron puños. Comenzó a golpear sus piernas, y un gruñido abandonó su garganta.
«¿Por qué tengo que pasar por esto? ¿Por qué yo?», su mente clamó en un lamento culposo. Subió las piernas y las apoyó en la mínima orilla del colchón, y se encogió más en sí mismo. Pegó la frente de las rodillas, y soltó un fuerte rezongo, reseco y corto. «¿Por qué, Luke¡ ¿Por qué tuviste que ser lo primero que vi cuando nací en este mundo?», lloró y apretó los labios.
Si no se hubiesen conocido de esa forma… ¿sería diferente ahora?
No.
Lo sabía, vaya que lo sabía, porque lo suyo no era tan simple, no era tan sencillo como estar prendado a lo primero que viera en este mundo tan limitado.
Iba más allá, y ese era el problema. El Kétnemü era una de las realidades más extrañas existentes.
Más de una vez su madre le relató que aquello solía ser una leyenda, un cuento de camino, que nació dentro del clan de los Kyburg por las habladurías de los miembros de la segunda generación, y que decía que Kosme, antediluviano del clan, al momento de conocer a la que fue su esposa, solo la miró, y ella lo miró, y sus almas se conectaron por el resto de la eternidad.
—Y de todos los seres del universo a los que le podía pasar, de los millones que habitan esta piedra enorme… me tuvo que ocurrir a mí —se quejó desganado, chascó con la lengua y miró al suelo.
Bajó las piernas, sus pies tomaron el suelo, y frunció los dedos. Tenía que ir a darse un baño, olía terrible. El día todavía era joven, apenas las once de la noche, y él ya se encontraba en semejante estado.
No obstante, algo llamó su atención, como un chispazo que lo tomó desprevenido… y se ubicaba al otro lado de la puerta.
♦ ♦ ♦
Actuó como un autómata: llevó a Denisse a la habitación, se aseguró de que estuviera bien, la dejó dándose un baño… y terminó donde su ser, ese que no lograba controlar, se lo pedía.
Al descubrirse a sí mismo frente a la habitación de Blas, se sintió como un tonto, pero no evitó y, a sabiendas de que el otro reconocería su presencia, tocó el madero con los nudillos un par de veces.
Su cerebro se desconectó, era la mejor forma de decirlo: la razón que lo guio todo este tiempo se desprendió de él, y solo quedaron sus deseos, sus necesidades.
Se sentía tenso, tan llevado a estar aquí, frente a esta puerta, que, a pesar de saber las posibles consecuencias que sus acciones podrían tener, las ignoró.
No podía, con Blas nunca podía.
«Puedes pasar».
Para su sorpresa, escuchó desde el otro lado, seco y medio distante y, sin esperar ni un segundo, abrió la puerta, esperando que no pareciera que lo hacía con prisas.
Blaise estaba sentado sobre la cama, con la camisa desabotonada y el saco a un costado. Se veía sucio y, tal como él mismo, olía mal: a sangre, tierra y carne quemada.
—Tú… ¿estás bien? —preguntó Luke nervioso. No dijo ni media palabra a nadie en el camino de regreso—. ¿Cómo está tu herida?
Los ojos de Blaise lo perforaron con una ira que sintió injustificada por lo que pasó, pero apropiada en el fondo, y en lo sucedido entre ambos días atrás, y sintió sus piernas flaquear. Nunca antes había visto esos filosos ojos, sanguinarios ante el enemigo, dirigidos hacia él.
Cerró la puerta tras de sí, aunque sabía que no tenía caso alguno, y dio algunos pasos, para entrar por completo a la habitación.
—No quiero que te molestes por lo que pasó.
Blaise lo ignoró y se quitó la camisa, manchada en sangre y suciedad, dejando ver su piel de alabastro, mucho más pálida que la de un vástago normal, y su trabajado torso, impoluto y sin cicatrices. Aunque no tendría salvación, igual dobló la prenda y la dejó sobre el sacó, en la esquina de la cama.
No lo miró.
—No estoy molesto por eso —masculló el pelinegro.
—Sé que lo estás, pero… Blas… Eso es algo que no puedo controlar.
Blaise entrecerró el cejó, y chascó con la lengua.
—Eso ya lo sé. Te estoy diciendo que eso no me molesta —protestó, y apretó las manos en puños sobre sus muslos.
—No lo pareció —insistió Luke, y metió las manos en los bolsillos del pantalón.
—¡Maldita sea, Luke! ¡Te digo que no estoy molesto por eso, joder! ¡Ya déjame en paz y anda a hacer lo que se supone que tienes que hacer con ella! —bramó Blaise con una voz grave que resonó en los oídos del otro con sorpresa.
Los brillantes ojos del pelinegro ardieron en frustración hacia el mayor, que se dio cuenta de que no solo se trataba de lo que sucedió apenas hacía minutos, sino de más atrás.
No obstante, Luke no estaba para aguantarse nada.
—¡Entonces háblame, maldita sea! —aulló el rubio en respuesta, dando un paso hacia adelante. Blaise lo miró, contrariado—. ¡¿Por qué mierda me estás tratando como si fuera un desconocido, como si solo fuera un amo al que debes obedecer?!
El pelinegro se levantó y adelantó dos pasos, para encararlo, y espetar:
—¡Porque lo eres! ¡Ya no te conozco! —rugió y, en medio de su ira, la desesperación se dibujó en sus ojos, en su semblante. Se levantó y lo encaró.
»¡Te vas por más de ciento setenta años sin decirme nada y, cuando por fin regresas, y pienso que podré saber por qué me trataste como un cero a la izquierda, que tal vez te voy a tener…! ¡Te vas a casar, y ni siquiera tuviste la decencia de avisarme!
—¡Te dije que no estoy de acuerdo con eso! —Luke lo miró con ferocidad, con los ojos bien abiertos.
Los orbes grises de Blas ardieron en decisión, en un rencor acumulado, que para el mayor era más que extraño, pero que supo se trataba de años y años de abandono acumulado, de preguntas sin respuesta.
—¡Te recibí como lo que eres para mí, joder!, ¡¿qué acaso no lo sabes?! —preguntó Blaise, y los ojos se le inyectaron en sangre.
El pecho de Luke se encogió al escuchar su voz partirse. El frío se le metió por las piernas, y una punzada de responsabilidad casi lo abatió por la espalda. Apretó las mandíbulas una contra otra.
—¡Eres todo lo que necesito! Aun si quería golpearte y despreciarte, si quería protestar y pelear… ¡Solo pude correr hacia ti, como un estúpido lleno de felicidad, porque mi mente brincó de alegría al solo verte, al solo sentir tú presencia!
Las lágrimas empezaron a caer. Sin darse cuenta, Blaise había comenzado a respirar. Dio un paso hacia adelante.
—¡¿Por qué me hiciste eso?! —gritó con todo lo que tuvo, y la voz se le volvió pedacito, justo como su postura, mirando rabioso a un mayor que no dejó de mirarlo ni un solo segundo.
♦ ♦ ♦
—Tatemae: Lo que finges creer.
♦ ♦ ♦
Gracias por leer.
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