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Capítulo 7: Gambiarra

Año 2012 d.C. 13 d.G. Venecia, Territorio de Vitéliu, Düster.

Tomsk Habsburg había llegado a territorio de los Veneto, de su buen amigo Malcom, segundo de los Flabiano, la noche anterior, y ahora se dirigía a la oficina del dueño de casa.

Este lugar era espacioso, y no escatimaba en lujos: pisos de mármol blanco, paredes pulcras de color crema, y grandes ventanales con filtro, que dejaban pasar toda la claridad del exterior, fuese de día o de noche, reduciendo cualquier expectativa de daños a cero.

Los Veneto, como todos los clanes vampíricos, tenían infinidad de sirvientes y miembros que nacían humanos, fruto de la reproducción de miembros menores con estos seres, pero que aún podían servir a la familia. Ellos eran Flabiano, pero no serían Veneto hasta ser levantados, es decir, hasta que sus señores los atrajeran a la vida «inmortal».

Era lo mismo para casi todos los clanes, pero cada quien lo hacía a su manera.

Para él, los Flabiano eran demasiado familiares, y esa resultaba su mayor virtud, pero también su gran defecto: ellos no abrazaban a nadie que no formara parte de la familia, no bebían sangre de, ni se dejaban morder por, nadie que no fuese un Flabiano de nacimiento.

A su entender, por eso la situación había tomado el curso actual, y el patriarca de la quinta generación andaba por ahí, en alguna parte del mundo, llevando el nombre de la familia en alto, pero muy lejos de los designios de su padre.

Delante de él iba un criado, que lo guiaba por el lugar; este se detuvo y tocó la puerta de la oficina de Malcom, quien, desde dentro, dio la orden de entrada. Así lo hicieron.

Pasó, se sentó y, tras los saludos protocolares, preguntar por el estado de las cosechas, del terreno, y de los no muertos, Malcom no tardó en llegar al punto sobre el que de verdad quería conversar.

—He recibido informes de que Luke piensa consolidar su presencia en la Ciudad Neutral. En un lapso no mayor a tres años, él se mudará allá para seguir con su trabajo.

Malcom estaba sentado tras su escritorio, con una expresión cansada, cosa extraña para una criatura de la noche.

—Veo que le sigues los pasos a tu hijo con mucha diligencia, Malcom —comentó curioso Tomsk, y el rubio arrugó la expresión en una mueca de desagrado, lo cual le complació.

—Es un activo importante para mi padre, aunque sea un inútil —bramó la queja el rubio—. No obstante… el condenado tiene ben ojo para los negocios. Es una de las pocas razones por las que sigue vivo.

—Mientras siga proporcionando prestigio a la familia, para ti está bien.

—Así es como es. —Resopló Malcom, y se echó hacia adelante en la silla. Colocó los codos sobre la tabla del escritorio, y bajó su cabeza—. Quiero que él tenga un guardián.

—¿Por qué le pondrías un guardián? Hasta donde sé, pasó toda la guerra cuidándose solo allá afuera, y los dos sabemos que eso no tuvo que haber sido fácil —opinó Tomsk, curioso por tal declaración de su buen amigo.

—Necesito darle una razón para hacer las cosas, algo, alguien, que haga que él tenga que actuar en nuestro favor.

Tomsk apretó los labios y chascó luego con la lengua, en señal de entendimiento; se espaldeó en la silla, y miró por la ventana que estaba detrás del rubio.

—Así que… por eso me llamaste. Quieres a Blaise. —Malcom asintió.

—Tú y yo sabemos, amigo mío, que esta efímera paz no es más que una venda en los ojos de la verdad de este mundo.

Aquello a Kyburg le sonó muy doble sentido, por lo que no dudó en preguntar:

—¿Vas a ir en contra de la estabilidad? No me parecías de ese tipo, Malcom.

—Y no lo soy, Tomsk —refutó el rubio con prisas—. Tampoco he dicho que el conflicto venga desde fuera, ni siquiera desde los demás clanes que conforman nuestra cámara.

Tomsk frunció la boca, y se sentó derecho en la silla.

—¿Estás hablando de dentro? —indagó alarmado.

Pero Malcom ni afirmó, ni negó; tan solo se limitó a contestar:

—Las cosas no son como las imaginas, Tomsk. Son mucho peores.

El mayor en el cuarto dudó sobre el verdadero significado de esas palabras y, para sus adentros, alabó a Malcom Edevane por dejarlo sin tener absoluta idea de a lo que se refería, porque casi nadie lograba eso.

—Entonces… ¿qué quieres de Blaise? —Se limitó a preguntar.

—Quiero que sea el guardián de Luke —aseveró Malcom—. Nuestras familias han estado unidas por siglos de tradición y pactos. Es por eso que te pido este favor.

Tomsk exhaló con fuerza, y su mirar se perdió en el techo, y en los libreros de madera oscura que Malcom tenía a la derecha.

—Si te doy a mi hijo, estaré condenándolo a la tortura, Malcom. No puedo darte a mi único hijo, a sabiendas de que solo lo voy a hacer sufrir.

Malcom negó.

—Eso es secundario.

—Sé que no te importa lo que le pase a Luke, sé que crees que él va a soportar siempre todo lo que le lances, pero… yo no soy así, Malcom. Ya debes saberlo. Necesito un buen motivo, si voy a entregarte a mi hijo para que sufra por la maldición que le has impuesto al tuyo.

La serenidad en su tono caló en Malcom en forma de una advertencia silenciosa, y asintió.

—Necesito que Luke, quien ha hecho lo que le ha dado la gana durante toda su vida, por una vez, se comprometa como un miembro de nuestra familia.

»No puedo darte más detalles, porque hay cosas que aún no son seguras. —Miró a Tomsk directo a los ojos, y continuó—: Pero quiero que entiendas que no te pediría esto si no fuese algo importante.

Ante esos ojos miel, serenos y decisivos, Tomsk no tuvo más opción que soplar. Solo había una razón por la que Malcom Edevane, a sabiendas del Kétnemü que unía a sus hijos, solicitaría que Blaise fuera un guardián para su vástago, y esa era, precisamente, el vínculo entre ambos.

Considerando ese hecho, a medias, dejó a Lord Kyburg vislumbrar un poco de la situación real.

—Blaise jamás traicionaría a Luke —mencionó Tomsk. Malcom afirmó.

—Y Luke jamás dejaría que nada malo le suceda al muchacho.

Ese era el juego perfecto.

«Control», en esencia, el basamento de todo.

—Está bien —aceptó Tomsk—. Así será entonces, viejo amigo.

♦ ♦ ♦

Año 2015 d.C. 16 d.G. Ciudad Neutral de Gaia.

Luke bajó de la limusina, y giró con rapidez para recibir la mano de su hermana. Uno de sus más importantes socios le había insistido mucho para que viniera a este lugar hoy, pues inauguraba una nueva sede de su empresa, y quería ofrecer una fiesta a la altura.

La presencia mayoritaria de humanos destacaba; mas licántropos, alquimistas y elfos también estaban repartidos por acá y por allá. Era un gran evento, con un personal de seguridad a la altura; aun con eso, Luke traía a su propio guardián, uno que no le había dirigido la palabra desde su llegada.

El encargado de la recepción se apersonó a ellos, en tanto la limusina siguió su curso hacia el estacionamiento, y los recibió con una zalamería a la que el rubio ya estaba más que acostumbrado, guiándolos hacia el personal de protocolo que controlaba las listas. Denisse usaba un vestido ceñido al cuerpo, por encima de la rodilla, y que destacaba sus curvas muy bien; él, por su lado, un traje completo de color gris. La ropa humana actual le acomodaba mucho más que antes.

—Buenas noches. Nombres, por favor —pidió el vigilante con amabilidad.

—Luke y Denisse Edevane —informó—. He traído a mi guardián hoy —agregó, y miró por encima de su hombro a un Blaise que permanecía absorto, pero alerta, y venía armado con su espada envainada al costado.

El vigilante achicó el mirar en el pelinegro, y negó.

—Su guardián debe permanecer afuera. Garantizaremos su seguridad en el interior.

Luke lo tenía bastante claro, este era un protocolo universal, así que solo aceptó.

—¿Permanecerá hasta el final de la velada? —preguntó Blaise con un tono señorial y serio, impropio de él, y sin poner ningún tipo de queja.

Luke negó.

—Te llamaré cuando sea momento de marcharnos.

Blaise asintió y, ante sus ojos, «desapareció», aunque solo era un ejercicio de la celeridad vampírica. Los Kyburg tenían la particularidad de ser de los vampiros más rápidos, y Blaise destacaba por sobre ellos, no solo en ese aspecto.

—¿Entramos? —preguntó Denisse, y Luke asintió.

Hoy ella se veía preciosa, y no solo por su cabello suelto y rizado a la perfección, o por su maquillaje escaso, pero preciso. Hoy exudaba contentura, galantería y felicidad. Después de todo, esto también funcionaba como una presentación a la sociedad de ambos como una pareja. Un momento como este, lo había estado esperando durante toda su vida.

El lugar estaba oscuro, la música, una mezcla de beats de frecuencia baja, apenas se escuchaba para los oídos humanos, por todas las conversaciones y cuchicheos que abundaban por acá y por allá.

Los pasos de ambos resonaron sobre el brillante piso de mármol pulido; Denisse se enganchó al brazo de su hermano, barra prometido, y llegaron a una mesa redonda, compartida con, no era para menos, la cabeza de la celebración, un señor que ya rondaba los setenta años, calvo y de piel arrugada, y con otros, Denisse presumió, hombres de negocios, acompañados de sus parejas.

—Muy buenas noches, señor Lawrence —saludó Luke al dueño de la fiesta—. Señores y señoras —agregó, como saludo a los demás.

El primer referido se levantó, como gesto de cortesía, y respondió:

—¡Buenas noches, señor Edevane! Veo que hoy trae compañía. Algo bastante raro viniendo de usted, si me permite destacarlo.

Luke sonrió, una sonrisa muy plástica, de esas que solo usaba para los temas de negocios, y miró a Denisse con diligencia.

—Ella es mi prometida, Denisse. Es un placer para mí presentarla hoy ante ustedes —contestó muy señorial.

Denisse hizo una breve reverencia, y también los saludó:

—Muy buenas noches, distinguidos señores. Mi nombre es Denisse Edevane. Es un honor para mí conocerlos hoy.

El resto de las personas en la mesa, las mujeres sobre todo, se mostraron un sorprendidas al escuchar el apellido de la rubia, porque eso, y las similitudes físicas, confirmaban sus pensamientos sobre la consanguineidad de los recién llegados. Sin embargo, era sabido que los Flabiano, verdadero apellido de los Edevane, eran muy celosos respecto a la pureza de su sangre.

Denisse dominaba a la perfección el protocolo social, y Luke lo agradecía. Los dos se sentaron y, tras el resto de las presentaciones, comenzaron a conversar de lo que de verdad importaba.

Arthur Lawrence manejaba una empresa de fabricación de unidades y órganos artificiales a base de impulsos eléctricos provenientes del cerebro, similares a los que se usaban en los ciborgs y humanos modificados. Luke y él tenían un convenio a través de una de las compañías del rubio, que se dedicaba, entre otras cosas, al estudio de la sangre en los vampiros, a fines de alargar la resistencia ante la sed. Ambos trabajaban en conjunto desde hacía unos diez años.

Los zombis, una gran plaga que debía controlarse, nacieron por culpa de los vampiros, de los Veneto en específico, de su negligencia en el cumplimiento de sus responsabilidades. La meta de Luke era darles más que una simple inteligencia superficial y dependiente, y hacerlos útiles para sí mismos y la sociedad actual, aún mermada, en todos sus frentes, por la guerra.

—Espero que nuestra cooperación pueda extenderse a su nuevo proyecto, señor Edevane. Fue una grata sorpresa para mí saber que, por fin, decidía instalarse en la ciudad —comentó Arthur, ya en confianzas.

—Lo mismo espero, señor Lawrence —contestó Luke con esa voz de hombre de negocios súper educado que, si bien no difería del todo de su forma de ser, no le iba demasiado.

»Las pruebas de nuestros modelos han ido muy bien, por lo que apostaría a ello.

El semblante de Arthur se iluminó, y el resto de hombres casi respiraron con alivio.

Un ruido sordo, como un silbido, invadió el espectro auditivo de Luke, que espabiló y miró hacia el techo, Denisse lo siguió solo un segundo después. De repente, las paredes comenzaron a temblar, el techo y los pilares, y los escombros comenzaron a caer.

De la nada, al fondo del salón, un brillo fuerte precedió una gran explosión.

Y el caos se desató.

♦ ♦ ♦

—Gambiarra: Método o solución improvisada para resolver un problema, utilizando cualquier material disponible.

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Gracias por leer.

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