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Capítulo 6: Gaia

«No es lo mismo comer a ser comido…»

De aquel exultante despertar, la guerra liberó un hombre dejado y poco deseado, viviente sin querer serlo, hiriente sin tan siquiera desearlo desde lo más profundo de su ser. Fue el mismo hombre, el mismo todo, quien propició que esto comenzara… que esto jamás terminase.

Y en lo profundo de la mente, la encontró, cual serena mariposa, muerta, o viviente quizá. ¡Amada Gaia! Hoy estás aquí, hoy estamos aquí… para ser uno solo, para que nuestros pecados se junten en el purgatorio eterno de la vida, de la muerte.

De la nada.

Fue hace mucho tiempo, miles de años atrás, en un pasado único, cuando las extrañas criaturas que habitaban la tierra entraron en confrontación, hartas de vivir bajo el primitivo concepto de compartir.

Las lunas pasaron, y los seres de clases, especies y clanes diferentes se enfrentaron unos contra otros. La muerte y destrucción se regó por doquier y, en ese momento, el Dios de los Cielos, quien había decidido no intervenir hasta ahora, tuvo que tomar cartas en el conflicto, pues aquellas bestias lo iban a destruir todo, incluida su preciada humanidad.

Entonces, hizo un pacto con todas las razas, un pacto de sangre, muerte y dolor.

«Sagrado dolor… sagrada muerte que todo lo lavas, lleva sus pecados al vacío, para siempre…»

De esa forma, Dios entregó a su hijo. El hijo de Dios y los hombres fue entregado en sacrificio, el origen de todos los males durmió para la eternidad, y el pacto quedó sellado.

Ya no habría más guerra.

El Dios del Cielo y los humanos llevaron a las criaturas—de distintas especies, razas y poderes— a lugares alejados de lo que, en ese entonces, era llamado Tierra; sitios donde no pudieran enfrentarse nunca más.

Entonces, las leyendas y los cuentos de camino se crearon y extendieron, para ocultar su real existencia. El mundo humano avanzó en una paz que aquellas pobres almas pensaron duraría para siempre.

«Les ocultaré mi rostro… para ver en qué terminan…»

Pero, en el año 1898 después de Cristo (d.C.) de la historia, las criaturas, en sus nuevas bases, decidieron no aguardar más, y atacaron.

Parecían tenerlo todo planificado. Su ira se cernió sobre la humanidad, y no hubo Dios que los detuviera.

En los siguientes cien años, uno de los puntos más oscuros de la historia de la vida en la tierra se vivió, y quedó inmortalizada como la Guerra de los Cien Años.

«Porque ellos han perdido el juicio y carecen de inteligencia…»

Las naciones desaparecieron, y solo se conservaron territorios, terrenos vagamente mantenidos. La zozobra se extendió de tal manera, que fue insostenible para la vida restante.

La muerte se agudizó, y muchas especies se extinguieron, al tiempo que nuevas nacieron del pecado y la destrucción.

En ese punto, y con un nuevo liderazgo en improvisadas facciones, se decidió poner fin al conflicto.

La «Mesa de los Pecados» fue creada, siguiendo una vieja creencia mundana, y eso trajo una paz extraña que, aun ahora, se mantiene.

Avaricia, ira, gula, orgullo, envidia, pereza y lujuria, los siete pecados capitales, un territorio para cada uno, y los seres reconociendo su culpa… así es como el mundo ha conseguido sobrevivir.

Y en el punto de mira, la Ciudad Neutral de Gaia, sede de la Mesa, y único puerto neutral del planeta, donde se espera el cambio más pronunciado.

Sin embargo, la maldad existe.

«Si fueran sensatos entenderían estas cosas, comprenderán la suerte que les espera…»

♦ ♦ ♦

Año 2015 d.C. 16 d.G. Ciudad Neutral de Gaia.

El pasillo se abrió ante ella, de paredes color crema y pisos de madera clara; techos altos de yeso y con total ausencia de molduras. La puerta del final, de la habitación principal, estaba abierta, y hacia allá marchó.

Este no solo era el hogar de su hermano ahora. Hacía dos semanas se había mudado aquí para vivir con él y, aunque lo intentaba todo para que él se sintiera mejor, para que dejara de andar frustrado cada que llegaba, no lo conseguía.

Y ahora… Blaise Habsburg se mudaría aquí, por una rara ordenanza de su padre… ¿por qué?, ¿qué acaso él no era partidario de que se mantuvieran alejados? ¿No los separó en primer lugar? ¿No fue gracias a él que Luke solo sufrió los últimos años? Porque sufrió… él no decía nada, nunca hablaba de sí mismo y de cómo se sentía, pero ella lo sabía.

Al entrar al cuarto, vio a su hermano tirado de largo sobre la cama, esa que usaban solo por protocolo, y con las manos sobre el rostro. De inmediato, se dio cuenta de que tenía el cuerpo rígido, en absoluta tensión.

Cerró la puerta tras de sí con cuidado, y se acercó a la cama para, sin ninguna vergüenza, trepar hasta sentarse sobre sus caderas.

No obstante, Luke no hizo ni un solo movimiento.

Desde su posición, lo miró. Se acomodó adrede, en un suave movimiento, y colocó las manos sobre su abdomen, para llevarlas hacia arriba, y comenzar a remover su camisa.

—Lulu… todo va a estar bien —murmuró con su voz de naturaleza suave.

Subió las manos y las llevó a tomar las del otro, para despegarlas de su rostro, y encontrar unos ojos iguales a los suyos, del mismo tono, pero inyectados en furia y resignación.

Dejó los brazos de su hermano a cada lado con delicadeza, y regresó las suyas al torso ajeno.

—Ambos sabemos que no será así —masculló el varón, y ella resopló.

Poco a poco, comenzó a desabotonarle la camisa, hasta que su pecho desnudo se dejó ver. Denisse llevó la diestra a la izquierda del pecho y abdomen de su hermano, donde los tatuajes que bajaban de su cuello, y seguían a su brazo, se extendían hasta la línea de las caderas.

Allí, el escudo de la familia Flabiano, un cuervo enorme encerrado en espadas que bajaban rectas, una corona al tope, y marcos adornados y tintados del color del oro quemado, y cinco blasones, uno por cada generación de vástagos nacidos después del ancestro Caín, dentro del clan Veneto, se dejaron ver.

Los colores de los blasones eran oscuros, porque habían sido casi quemados en su piel al cumplir los quince años; además, se veía el cinco en números romanos, símbolo de que él era un miembro de la quinta generación; las llamas que simbolizaban el espíritu, la cabeza del león que significaba la valentía, el águila de la inteligencia, el zorro por la astucia… Todas características que el Patrizio, el patriarca, o sus herederos debían ejemplificar

Pasó sus manos por la fría y pálida piel de su hermano como un masaje. Él poseía un buen cuerpo: siempre le había gustado su altura, su contextura media, su espalda y hombros anchos, y poder tocarlos era todo un placer. Subió un poco más, y comenzó a depositar suaves besos a lo largo del pecho.

Eran los preciosos privilegios de ser su hermana… algo que nadie más podría hacer.

—Denisse… no estoy de ánimos para nada como lo que buscas —musitó el rubio, con la mirada fija en el techo.

La rubia se separó, y escaló más, apoyando sus brazos en el pecho ajeno para trepar y quedar sentada por encima de su estómago.

—Solo quiero hacerte sentir bien —murmuró ella. Pero Luke negó con la cabeza.

—En este momento… lo único que me haría sentir bien, también es lo único que no puedo tener —declaró.

Para Denisse, venir aquí fue idea de su padre, una imposición y, aunque estar con su hermano era uno de los más grandes deseos de toda su vida, sabía que el amor que él le tenía, no era el mismo que ella le profesaba, y nunca sería así.

Sin embargo… le dijo a su padre que haría lo que fuese necesario para que sus objetivos se cumplieran, y justo ahora eso era más que necesario.

Puso las manos sobre los hombros de Luke y los apretó, para comenzar a bajarlas y rasguñar apenas la piel de su pecho, terminando de tirar las solapas frontales de la camisa a los lados. Se echó hacia atrás y bajó, para rozar los colmillos por sus clavículas.

Bajó, rasgando con sus colmillos la piel del varón, hasta el ombligo, y sintió la tensión aumentar a pasos gigantes.

Él no quería esto, pero a ella no debería importarle.

—Deny…

La llamó por ese cariñoso apodo que le puso desde el momento de su nacimiento, justo cuando ella iba de subida, y que la hizo detenerse y reflexionar.

Pero no…

La rubia subió hasta su cuello y lo mordió sin fuerzas, y repitió la acción varias veces a lo largo de la parte frontal. Subió con besos por su mentón, hasta tomar sus labios, y llevó las manos a tomar los brazos de su hermano, al detectar que subirían para detenerla, y los apretó contra el colchón.

—No me detengas… —murmuró, para volver a besarlo.

Él no correspondía, pero no cesó.

Denisse afirmó su presión en las caderas ajenas, y comenzó a moverse en un baile suave que, poco a poco, segundo a segundo, comenzaron a aliviar la tensión, y llevaron al rubio a abrir la boca, ocasión que ella no desaprovechó, y lo tomó.

Al sentirlo responder con sus labios, Denisse cantó victoria y lo miró. Él había cerrado los ojos y solo hacía leves movimientos. La menor no se detuvo, sin importar lo que sentía venir de él, ni desde afuera de la habitación, en la planta baja, y lo sintió removerse. Él la tomó de las caderas y, antes de que se diera cuenta, se colocó sobre ella en un ágil movimiento, que la dejo viéndolo con los ojos bien abiertos.

Desde abajo, contempló los turbados orbes de su hermano brillar en desesperación y negatividad, en hastío y pesadez. Apretó las mandíbulas al sentir la zurda ajena contra su mejilla, y cómo esta bajó hasta sus pechos, para tomar uno sobre la tela del vestido y rozarlo con leves caricias.

«¡Lo conseguí!», canturreó la mente de la menor de los Flabiano en un chispazo de alegría y complacencia, y se preparó para entregarse a él, como hacía mucho deseaba, como intentaba desde su llegada a esta propiedad.

Luke bajó su postura, para meter la cabeza entre su hombro y cuello, y Denisse sintió su lengua limpiar una zona al medio, lo que la hizo estremecerse en espera y delicia; los colmillos del mayor tocaron su fina piel, llenando su cerebro de expectativa y haciendo a su cuerpo entrar en tensión…

Pero la mordida jamás llegó.

Tras largos segundos estático, Luke se separó de ella y se fue a un costado, para chascar con la lengua y quedarse recostado.

—Te lo dije, Deny… no estoy de ánimos para nada de eso. Solo déjame en paz —soltó él, y se puso de nuevo las manos sobre el rostro.

Denisse se sentó sobre el colchón y, con las ansias hechas pedazos, y las ilusiones rotas, no tuvo más opción que asentir.

No tenía el poder para contradecir a su hermano.

♦ ♦ ♦

—Gaia: Diosa primigenia que personifica la Tierra en la mitología griega.

♦ ♦ ♦

Gracias por leer.

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