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Capítulo 11: Honne

Luke se mordió el interior de la boca, y el sabor de su saliva de sangre se regó como un amargo ácido en su interior al tragar; un frío más abrumador que su propia podredumbre lo invadió desde los pies, tensándolos, y entró por los dedos de sus manos.

Se mordisqueó entonces el labio inferior, sin dejar de ver al menor, pero casi sin poder sostenerle la mirada. En el pasado, él jamás le había hablado de esa forma. Siempre solía ser diligente y sereno, incluso cuando ambos no estaban de acuerdo con algo.

—Sabes por qué me fui. Tú, más que nadie, lo sabe —se lamentó en un hilo de voz.

Tragó duro y apretó los dientes. La atmósfera alrededor se templó más y más, hasta caer sobre ambos como pesadas cargas.

En los ojos miel del rubio, Blaise vio con claridad sus pensamientos, la sorpresa y el desconcierto. Podía entender por qué hizo lo que hizo, no era idiota. Pero… no era tan simple. Sus sentimientos no eran de hierro.

—¿Qué hay con lo que dijiste en Venecia? ¿Acaso era mentira? —murmuró Luke, aguzando el mirar en los ojos del otro—, ¿solo te estabas dejando llevar?

Blaise escuchó el latido de su corazón en sus oídos, su retumbar imprudente y molesto, ajeno a sus órdenes de permanecer inerte, y sintió cómo la electricidad subía a su cabeza desde el pecho, y lo pinchaba en diferentes zonas. Entre la ira, y sus más profundos sentimientos, todo se descomponía en su interior.

Luke lo miró indefenso, desnudo ante su presencia, y él ya no pudo más…

Sin importar nada, no quería verlo así. Lo amaba tanto… y eran unas emociones, unas sensaciones, que no podían ser controladas, que no deseaban serlo.

—Te extrañé… —murmuró tan bajo que, si el otro no fuese un vampiro, no lo hubiera podido escuchar, y desvió el mirar a un costado, relajando apenas su cuerpo.

»Cada día, cada momento… lo que dije no fue una mentira —gimoteó, y apretó de nuevo las manos en puños, buscando guardar dentro de él esa gran presión que venía desde su pecho.

Los ojos de Luke se abrieron como platos y, sin dar tiempo de nada, cortó todas las distancias, lo tomó del mentón… y lo besó.

El primer contacto fue gentil para Blaise, que sintió cómo un cosquilleo nacía en su espalda y lo cubría todo con una tremenda relajación y frescura; pero, en un instante, su sentido del deber apareció y, a regañadientes, colocó ambas manos sobre el pecho ajeno, y lo alejó.

—No podemos —dijo con claridad y alzó la vista. Tragó con dificultad y amargura.

Luke lo miró y negó, pintando una divertida sonrisa en sus labios, que al otro le pareció malvada y nunca vista.

—Ah… querido Blas. Tu boca dice una cosa, y tus ojos todo lo contrario —soltó el rubio con aspereza.

La voz del mayor, ese pequeño timbre rasposo, caló en el pelinegro y lo hizo estremecerse. Apretó las mandíbulas una contra otra, y negó con la cabeza; dio un paso atrás, y luego otro, hasta que chocó con la cama, y se dejó caer de sentón.

El miedo nubló su vista, fija en el mayor, y volvió a negar.

—No quiero ver eso de nuevo —jadeó, e hizo correr su vista por el piso, a sus pies descalzos, lejos de Luke—. La última vez fue tan… horrible. No quiero que sufras por mi culpa…

Luke pasmó por sus palabras. Sus ojos se abrieron de más, y sintió pena por sus pensamientos, por la forma en la que veía el mundo.

Su más profundo deseo era tomarlo y hacerlo suyo ahí mismo, sin importar las rencillas o los desencuentros previos, sin miramientos, sin importar lo que le pasara… pero sabía que eso no iba a ser posible. Hacía mucho tiempo que no lo era, en realidad.

El rubio tragó duro varias veces; su nuez subió y bajó con lentitud visible, apretó los labios, y reculó, con la voz ronca:

—Está bien. —Avanzó, para sentarse a un lado de Blaise sobre la cama.

»Lord Kyburg me habló sobre lo que le pasó a la señora Lilly. —Blaise puso las manos sobre sus muslos, y se dejó ir hacia adelante, sus hombros cayeron, su espalda se arqueó.

»Me dijo que no puedes recordar nada —murmuró.

—No puedo… —soltó Blaise—. No importa cuánto lo intente, solo veo negro.

»Mi padre ha intentado todo para remediar eso, pero… ni siquiera el señor Malcom, ni Lord Veneto, pudieron hacer algo al respecto.

El recuerdo volvió a Luke con sorpresa, por las palabras de Blaise. No por su padre o por Tomsk Habsburg, sino por su vuelo. Adhemir Flabiano era la actual cabeza de los Veneto, el Patrizio de la tercera generación del clan, un vástago virtuoso y muy sabio.

El hecho de que él no pudiera haber visto tras ese manto de negrura del que escuchó, de que no se revelara ante una magia tan poderosa como la suya, potenciada por la edad, era extraño en demasía.

—Lamento… no haber estado allí para ti. —Luke llevó su zurda a tomar la diestra de Blaise, y la apretó.

Sus ojos lo miraron con nostalgia, una que el menor captó al instante, y una tímida sonrisa pintó sus labios.

—No es tu culpa. Ambos sabemos por qué te fuiste —aceptó al fin Blaise, ya más sereno.

Luke asintió.

—Aun así… ¿crees que puedas dejarme echar un vistazo… dentro de ti? —cuestionó, mirándolo, su coronilla y cabellos medio alborotados, sus orejas de tamaño medio, y la línea de su mandíbula.

Blaise apretó el agarre de su mano, y asintió.

—A decir verdad… Desde que todo pasó, y me di cuenta de que nada me hacía recordar, he pensado que tal vez tú sí serías capaz de ver detrás de la negrura —murmuró.

Una tímida sonrisa adornó los labios del rubio.

—Entonces… está bien. Mírame mejor —pidió.

El pelinegro encerró el mirar por un segundo, pero se relajó enseguida y lo miró fijo. Por un momento fue incómodo, sus ojos se fueron por acá y por allá. La mano de Luke soltó la suya, y ambos se acomodaron sobre el colchón.

—Quiero que me mires directo a los ojos, y despejes tu mente de cualquier pensamiento que no sean ellos —pronunció, y soltó la mano de Blaise.

—¿Cómo me pides que no piense en nada al verte a los ojos? Eso es terrible por sí mismo —protestó el menor y Luke, en señal de reclamo, achicó el mirar en él, por lo que sopló desganado.

»Está bien… lo haré —masculló.

El mayor se sonrió, y fijó los ojos en él. Poco a poco, sin pestañear, y sin que el pelinegro lo hiciera (porque la verdad era que no lo necesitaban), comenzó a notar cómo la mente de Blaise se despejaba de los pensamientos innecesarios.

Lo miró sin moverse, y fue testigo de la descarga de estímulos sensoriales que su expresión presentó. Cuando la mirada se ajena se blanqueó por completo, Luke se concentró, y comenzó a hacer uso de su magia.

De ver a Blaise, absorto en la nada, la vista de Luke pasó a la negrura y, de repente, todo ante él cambió, para transformarse en un lugar bastante conocido: jardines enormes llenos de flores de todos los colores, el sol alumbrando al centro, en lo alto, los sonidos de los cañones repicando a lo lejos.

Pudo trasladarse directamente al momento que deseaba contemplar.

En ese instante, él veía a través de los ojos de Blaise, y también podía percibir su temor. El muchacho se encontraba en la casa principal, y llevaba a su madre al refugio, porque los reportes de que rebeldes licántropos y no muertos se acercaban lo alertaron. Él pelearía, pero debía proteger a su madre a toda costa, pues ella era la matriarca del clan. Sus hermanas estaban afuera, preparadas para defender la villa junto a él.

Sin embargo, el ataque llegó mucho antes de lo previsto. Las explosiones se escucharon más cerca, alrededor de la casa. Blaise tomó su espada, la desenvainó, y le dijo a su madre que iría a defender la casa.

Pero, antes de que él pudiera salir, la puerta voló en pedazos, junto a gran parte de la pared.

Entonces, la visión de Blaise se nubló, y sus pensamientos comenzaron a perderse. De un momento a otro, Luke comenzó a sentir dolor: su cabeza, cuerpo, ojos, los oídos empezaron a zumbarle, y escuchó el latido de su corazón. No el de Blaise, sino el suyo.

El calor comenzó a ascender desde sus pies y, justo cuando llegó a las caderas, se volvió un violento frío que lo hizo quejarse en su consciencia. Sentía que perdía el contacto con la visión, que se tornó borrosa e indistinguible, y después pasó a ser de un extraño gris, antes de volverse negra.

Sintió como si algo lo empujara, y el contacto con la profundidad de los recuerdos y pensamientos de Blaise, se rompió. Fue como si un cuerpo invisible, incluso para sus especiales ojos vampíricos, lo tirara desde el frente con mucha virulencia, casi como lo que sintió al ser tirado de un lado al otro del salón por aquel vástago mercenario sin clan.

Regresó al mundo real.

Respiraba con dificultad y tenía los ojos bien abiertos, mirando a un Blaise cuyas pupilas dilatadas volvían a la normalidad, y el estado de trance desapareció.

—¡Luke! —gritó el más joven al ver, frente a él, cómo el rubio llevaba la zurda a su pecho, a tomar y apretar la camisa, a la que le faltaba una manga—. ¡Qué te pasa! —Se le lanzó encima

El rubio negó. La presión comenzó a ceder casi al instante y, segundos después, dejó de respirar.

—Nada… no es nada… —masculló, casi sin fuerzas.

Los ojos preocupados de Blaise no mermaron, pero la pregunta se hizo obvia.

—Tú… ¿pudiste ver algo?

Luke negó, y comentó:

—Alguien no quiere que nadie vea lo que tu viste y viviste ese día, eso es seguro.

La postura de Blaise decayó: sus hombros, su cabeza, y fijó desganado la vista en sus manos, sobre los muslos del rubio.

—Pero… pude averiguar una cosa… y es muy preocupante —continuó el mayor; su voz bajó, se hizo más grave y sombría, lo que llamó la atención del otro, que subió con rapidez la vista hacia él.

»Lo que sea que te hicieron, lo hizo un Veneto… uno de los buenos —sentenció.

♦ ♦ ♦

—Honne: Lo que de verdad crees.

♦ ♦ ♦

Gracias por leer.

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