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Capítulo 12: Kilig

—¡¿Un Veneto?! —exclamó Blaise y lo miró con urgencia.

Luke se apresuró a taparle la boca con una mano.

—Silencio… —masculló—. A partir de aquí, no es seguro que hablemos de esto, no mientras ellos estén alrededor —advirtió.

Blaise asintió y, tras unos pocos segundos, Luke dejó su boca en libertad.

—Hablaremos de eso después, ¿está bien? —murmuró la pregunta. Blaise asintió, y Luke le sonrió.

Esta habitación era simple: un par de libreros, un escritorio, un closet, una cómoda, las mesas de noche y la cama, sobre la que ambos seguían sentados, mirándose a los ojos, incluso decenas de segundos después, en medio de un silencio que, contrario a lo pensado, no era para nada incómodo.

—Sabes que no podemos —señaló Blaise, tras adivinar los pensamientos ajenos, y una juguetona sonrisa se pintó en los labios de un Luke que negó con la cabeza.

—Eso es como decirnos que no necesitamos beber sangre —bufó el rubio—. Blas… ¿no puedes entender esto que me come por dentro? —cuestionó, sufrido de repente.

Blaise tragó, y el sabor de su saliva de sangre se extendió amarga por su sistema. Al contemplarlo, su cuerpo comenzó a palpitar, y no era por su corazón, que permanecía inerte, sino de algo que jamás había podido comprender, mucho menos controlar.

Antes de que Luke dijera otra cosa, Blaise se lanzó sobre él y lo tiró de espaldas sobre el colchón, se le subió encima, y comenzó a besarlo con desenfreno. Este era un pago por todas esas décadas en la que lo deseó cerca, pero no estuvo.

Su cuerpo se calentó más y más, y sintió las grandes palmas del rubio afirmarse por toda la extensión de su torso, delinear su espalda y, sin querer, jadeó.

El rubio tomó ese ahogo como una visa para hacer lo que deseara: lo agarró de la cintura y lo tiró a un costado, se puso sobre él y se desabotonó la camisa en un tirón, se la sacó y la tiró a un lado, permitiendo al pelinegro ver los tatuajes en su totalidad, incluidas las escrituras y símbolos familiares de su brazo izquierdo.

Las palabras no fueron necesarias, solo los besos, guiados por un deseo impropio de unas criaturas tan civilizadas, de puertas para afuera, como los cainitas eran. El pecho de Luke se contrajo en un molesto cosquilleo al que restó importancia, aunque sabía a la perfección de qué se trataba.

Blaise lo atrajo en un abrazo mortal, su lengua jugó con los colmillos ajenos, y toda señal de control se perdió cuando las respiraciones comenzaron a sucederse.

Los vampiros no necesitaban respirar, comer, dormir, o hacer latir su corazón, para vivir, pero las excepciones existían, y el Kétnemü era una de ellas.

El mundo desapareció alrededor de Blaise, y solo existió Luke, sus besos, sus manos pellizcando su pecho, los colmillos contra su cuello en un insano juego que lo hizo exhalar con fuerza, sisear y cerrar los ojos, para dejar volar su imaginación.

Las manos del mayor arañaron su pecho con conocimiento de causa, y la sangre comenzó a fluir con libertad, solo para que las heridas se cerraran en un segundo, en tanto los jadeos abandonaban su boca sin control.

La nariz del rubio olfateó el aroma de su sangre, y el deseo solo se acrecentó: él lo ansiaba, anhelaba morder su cuello y beber su sangre, esa que tiraba y activaba sus más bajos instintos.

—Quiero hacerlo… —murmuró Luke con la voz muy ronca.

Pero no podía… Sin importar cuánto lo deseara, cuánto lo deseó desde el primer momento en el que Blaise estuvo en este mundo, aunque tuviera los colmillos en su cuello, y la intención, nunca había podido dar el paso final.

Algo lo jaló desde la nuca, una fuerza invisible, y cerró la boca, escondiendo los colmillos; exhaló con pesadez y furia, y clavó las uñas en el abdomen ajeno, para escucharlo gritar.

Luke miró a Blaise desde arriba: ojos cerrados, respiración dificultosa, su cuerpo enrojecido… y sonrió con enfermiza complacencia. El dolor se extendió desde su cabeza a su pecho, pero no le dio importancia, a pesar de que solo subía y subía cada vez más.

Tenía a Blaise a su merced.

—Eres mío —gruñó el mayor, y hundió más las uñas en la piel ajena.

Blaise soltó un grito complaciente, y siseó, su cuerpo se contrajo, y Luke lo sintió debajo de él.

—Eres mío —murmuró el pelinegro, abriendo los párpados, para contemplar esos ojos miel inyectados en deseo, y la sangre inundar, de a poco, el vítreo.

¿A quién le importaban las confrontaciones, los celos, las disputas? Sin importar nada, siempre eran uno del otro, desde el primer segundo.

Luke dejó libre el abdomen de Blaise, y subió a su pecho, tomó el mentón con ambas manos, y se acercó para besarlo en la boca. El menor tocó su cuerpo, a los costados, pero tuvo que soltarlo al instante.

—Estás… caliente… —masculló entre besos Blaise.

—No importa —rechazó Luke y continuó jugando con su lengua.

Blaise siguió tocándolo, pero, sin importar dónde pusiera sus manos, solo era más y más caliente. La piel de Luke comenzó a enrojecer, y el calor aumentó. El menor lo separó, y pudo ver, a la mitad del pecho de rubio, una marca que antes no estaba allí.

Era simple: un círculo tintado en rojo sangre que parecía un tatuaje; dentro tenía un punto grueso, y afuera, a la derecha, otro punto grueso. Esa marca empezó a oscurecer y oscurecer, y la cara de Luke comenzó a contraerse en dolor.

El rubio siseó, y los ojos de Blaise se abrieron de más.

—¡Luke! —chilló en impresión y preocupación al verlo irse a un lado y caer sobre el colchón.

Se le fue encima como pudo y lo enderezó, la marca en el pecho comenzó a extenderse por su torso y cuello, como las raíces de un árbol, de un rojo cada vez más oscuro. Luke comenzó a gruñir y a apretar las mandíbulas con propiedad.

Para el rubio se sentía como si se estuviera quemando por dentro, como si una daga de plata se hubiera clavado al centro de su pecho, y el dolor lo destemplaba todo, avanzando a su paso, haciéndolo gritar y removerse sin control. Su cuerpo comenzó a sudar gruesas gotas de sangre, y el aire que usaba para balancear su mente empezó a faltarle.

Sintió un correntazo en la espalda, otro en la parte trasera de la cabeza, y los gritos se agudizaron.

La puerta del cuarto se abrió de un golpe, Denisse entró y quedó escandalizada al verlo. Tras ella, Marco abrió los ojos como platos.

Luke se removía sobre el colchón, mientras Blaise trataba de mantenerlo en una sola posición.

—¡¿Por qué dejaste que llegara tan lejos?! —recriminó Denisse a un Blaise que apenas la miró y regresó a Luke, a lo importante.

Pero ella lo vio: unos ojos asustados, temerosos de lo que veían, arrepentidos y, por sobre todas las cosas, unos ojos que solo eran de su hermano. Apretó las manos en puños y se mordió el labio inferior.

Luke continuó gritando, y Blaise lo sostuvo como pudo por largos minutos, hasta que, poco a poco, la marca, que se había puesto negra, y cubrió toda la extensión de su pecho y abdomen, la mitad del rostro, los brazos y parte de la espalda, comenzó a retraerse y aclararse. En consecuencia, el rubio dejó de gritar y sacudirse, para quedarse quieto sobre el colchón, cuyas sábanas se hallaban manchadas por su sudor sangriento. El cuarto olía a su sangre y, aunque Blaise estaba más preocupado de que estuviera bien, un cosquilleo en el fondo de sus deseos lo hizo recordar ese hecho.

El menor le tocó el cuello y, a pesar de que aún se encontraba tibio, ya no quemaba. Lo contempló con alivio y se sentó a la orilla de la cama, dejándolo libre.

Luke aún respiraba, y sus ojos se fijaron en el blanco techo de yeso, pero no dijo una sola palabra. Denisse se acercó a él y lo miró desde arriba; en sus orbes miel, tan iguales a las suyas, ella solo vio decepción, ira, dolor… resentimiento. Y recordó la fuente.

Un par de minutos después, aún metido en sus pensamientos, todavía respirando, Luke se levantó del colchón y abandonó la habitación, dejando a todos a la expectativa.

Denisse lo siguió al cuarto, en tanto Blaise se levantó, porque debía acomodar este desastre.

Al llegar a la habitación, Luke se sentó al borde de la cama y, cuando Denisse apareció, se dejó caer hacia atrás y puso las manos sobre su rostro. Él respiraba sonoro y con virulencia, lo que no era una buena señal.

Denisse entró a la habitación y cerró la puerta, caminó hacia la cama, y se sentó a un lado de su hermano.

—Lo siento… —murmuró ella—. Nuestro padre… él te sigue haciendo tanto daño.

—No importa. —Luke se apresuró a contestar, con firmeza.

—Lamento… tener que estar aquí, cuando es obvio que mi presencia te incomoda.

Luke resopló, y contestó con la voz ronca:

—Eso no es tu culpa.

—Aun así yo… te amo. —susurró Denisse con cierto nerviosismo.

—Lo sé —respondió el rubio con simpleza y destapó su rostro, dejando caer los brazos a los costados de su cuerpo.

Denisse lo miró desde arriba, y se acercó a él, apoyando su cuerpo en sus manos, para depositar un beso corto en los labios ajenos.

Luke la miró con duda, y ella volvió a besarlo, esta vez deslizando una mano por su pecho, lo que fue suficiente para que el otro adivinara sus intenciones.

—Sabes que te amo —declaró Luke en voz baja. Denisse, desde arriba, asintió—. Entonces… no me hagas odiarte… por favor —pidió.

Por un momento, la tristeza abordó los ojos de Luke, en el mismo instante en el que el arrepentimiento se dibujó en la mente de su hermana; sin embargo… ella estaba aquí por una razón, y tenía deseos muy poderosos.

Avanzó hasta sentarse sobre su pecho, y lo miró desde ahí: tan vulnerable, con su pecho subiendo y bajando… él parecía necesitar un consuelo especial, uno que ella sabía que no podía darle, pero que aun así deseaba proporcionarle con todo el amor que le profesaba.

—Hago esto por nuestro bien… —musitó, tras agachar su postura, y llevó su cabeza hacia la zona del cuello ajeno. Acarició la dermis de la zona con la nariz, y sintió el cuerpo de su hermano entrar en tensión.

Ella lo sabía: él no quería esto, pero tampoco podía resistirse porque, así como el Kétnemü había atacado de improviso a su amado Luke, con el nacimiento de Blaise Habsburg, así mismo ellos estaban unidos de una forma especial, desde el nacimiento de ella. Era una conexión inentendible.

Pasó la lengua por la zona del cuello, donde sabía que, más abajo, la carótida se encontraba, abrió la boca, reveló sus colmillos y, sin esperar ni un segundo más, lo mordió.

Al principio, Luke trató de resistirse a las endorfinas, al cosquilleo que se regó por su cuerpo al simple contacto de los colmillos de su hermana con su piel; pero no pudo.

Se confesó débil cuando, poco a poco, la resistencia cayó, y comenzó a sentir placer. Las manos de ella se metieron entre sus pantalones, pero no la detuvo… no podía.

Ella… tenía poder sobre él, tal como Blaise, pero de una manera diferente: era su hermana pequeña, y desde el momento en el que llegó al mundo fue muy apegada a él, mucho más que el resto de sus hermanos, y eso ya era decir bastante. Él era un Veneto, la personificación de la lujuria de los vampiros… Una sola mordida poseía poder para desatar muchos demonios cuando venía del vampiro correcto, y su hermana lo era.

Su padre lo sabía, sabía que él era débil ante ella, porque la amaba, porque podía aplacarlo, como ahora, cuando su corazón dejó de latir, y su cuerpo se calmó.

Esto no era el Kétnemü, no era tan fuerte, y por eso sabía que el amor que sentía por ella era diferente al amor, el deseo, y la necesidad, que experimentaba hacia Blas. Pero ella estaba destinada para él.

Habían pasado más de ochocientos años, y aún no sabía cómo esquivar ese hecho.

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—Kilig: La sensación de tener mariposas en el estómago, generalmente cuando sucede algo romántico.

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Gracias por leer.

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