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Capítulo 6: La sospecha del heredero

El sabor agrio y metálico de la bilis le quemaba la garganta a Wai-ling mientras apretaba el papel contra sus labios. Frente a ella, en el umbral del baño, la figura imponente de Jun-ho la escudriñaba con los ojos entrecerrados, evaluando la escena con esa frialdad calculadora con la que solía revisar los balances financieros en su oficina.

El cerrojo metálico que acababa de liberar aún temblaba ligeramente. El pestillo puesto había sido una infracción grave; en el código tácito de ese departamento, a Wai-ling no se le permitía cerrar puertas con llave. Sin embargo, la arcada seca que ella forzó a continuación, encorvando la espalda y aferrándose al borde de mármol del lavabo, desplazó de inmediato la sospecha de su marido hacia un terreno completamente distinto.

—¿Es por esto tanto escándalo a mitad de la noche? —preguntó Jun-ho. Su voz arrastraba la modorra del whisky y el sedante, pero el tono no traía el filo violento de otras ocasiones. Se cruzó de brazos, apoyando el hombro contra el marco de madera oscura—. Te dije que si ibas a vomitar no hicieras ruido.

—Perdón… —murmuró Wai-ling entre dos respiraciones entrecortadas, dejando correr el agua del grifo para enjuagarse la boca y diluir el rastro del vómito—. Fue el pescado. El estómago se me revolvió en cuanto me acosté.

Jun-ho no se movió. Su mirada bajó con lentitud desde el rostro descompuesto de ella, pasando por las clavículas marcadas bajo el pijama de seda gastado, hasta detenerse con fijeza en su vientre plano.

Wai-ling sintió el peso de esa mirada como si fuera una quemadura.

—Llevas tres días quejándote de mareos con el desayuno —soltó él de improviso, con un tono neutro donde asomaba una suspicacia incipiente—. Y la semana pasada te negaste a beber champán en el banquete del Club de Yates diciendo que te dolía la cabeza.

—Estaba indispuesta…

—¿Cuándo fue tu último período?

La pregunta cayó como una losa entre las paredes de azulejos blancos.

Wai-ling bajó la cabeza, pestañeando con fingida confusión, haciendo acopio de toda su templanza como enfermera para controlar el ritmo cardíaco desbocado que amenazaba con delatarla. Sabía exactamente lo que Jun-ho estaba construyendo en su mente: un hombre obsesionado con consolidar el estatus de su familia y con cumplir las exigencias de su propio padre necesitaba un heredero legítimo con urgencia.

—Debió ser hace unas semanas… con el estrés de las cenas de la empresa no llevé la cuenta exacta —mintió ella en un susurro sumiso, manteniendo el papel arrugado contra su pecho.

Jun-ho esbozó una mueca que no llegó a ser una sonrisa, más parecida a un rictus de triunfo contenido. La desidia con la que la trataba habitualmente dio paso a una rigidez tensa, pragmática.

—Lávate los dientes y vuelve a la cama —ordenó, dándose media vuelta hacia el dormitorio sin ofrecerle una mano ni una palabra de alivio—. Quiero el desayuno listo en la terraza diez minutos antes. Y nada de sobras; prepara huevos al vapor y té verde.

—Sí, Jun-ho.

Wai-ling esperó a que los pasos de su esposo se amortiguaran en la alfombra antes de inclinarse sobre el lavamanos para enjuagarse la cara con agua helada. En el bolsillo del pantalón, el teléfono seguía ardiendo con la presencia silenciada de Félix Franco y los secretos recién desenterrados de su madre en Chile.

La trampa era perfecta y a la vez letal: Jun-ho creía ver los síntomas tempranos de una gestación. Aquella falsa ilusión le otorgaba unas horas de tregua, pero la colocaba al borde de un abismo insondable. En cuanto él descubriera que su vientre seguía estéril y sellado por su propia voluntad, la poca contención que le quedaba estallaría en pedazos.

A las seis y cuarenta de la mañana, la luz plomiza del amanecer de Hong Kong comenzaba a filtrarse a través de las cortinas de cristal de Mid-Levels. Afuera, la bruma matinal cubría las copas de los árboles de Garden Road y el rumor distante del tráfico de la ciudad despertaba entre los rascacielos.

Wai-ling dispuso la vajilla de porcelana sobre la mesa del comedor pequeño contiguo al balcón cerrado. Sus movimientos eran mecánicos, precisos, sin emitir el menor tintineo de cubiertos contra los platos. El vapor del té de jazmín y los cuencos de arroz con huevo subían en finas espirales.

Jun-ho entró a la sala abrochándose los gemelos de oro en los puños de una camisa blanca impecable. Llevaba los auriculares inalámbricos encendidos en la oreja derecha. Se sentó en la cabecera sin mirarla, concentrado en el iPad que apoyó sobre el atril de cuero.

—Good morning, Mr. Lau. We have the Singapore portfolio ready for review —resonó una voz en inglés, metálica y formal, desde el auricular.

Jun-ho respondió con esa cadencia impecable, autoritaria y seductora que reservaba exclusivamente para los negocios:

—Proceed with the shipping logistics report. I want the figures for the regional expansion locked before noon.

Mientras hablaba y pasaba diapositivas con el pulgar, levantó la mano en un ademán tajante para que Wai-ling le sirviera. Ella se acercó por su costado izquierdo, inclinando la tetera de cerámica con pulso firme. Jun-ho tomó el cuenco sin agradecer, dio un sorbo corto y siguió dando órdenes operativas sobre transacciones bancarias, rutas de carga y fusiones en el sudeste asiático.

Para los socios extranjeros al otro lado de la línea, Lau Jun-ho era la personificación del joven magnate exitoso: implacable, sofisticado y en control absoluto de su entorno. Nadie en aquella llamada de Singapur podía imaginar que, apenas unas horas antes, esa misma mano que firmaba órdenes de millones de dólares había presionado con crueldad los moretones en la cadera de su esposa para obligarla a guardar silencio.

La llamada duró veinticinco minutos exactos.

—Keep me updated on the terminal approvals. Good day —concluyó Jun-ho, retirándose el auricular con un movimiento seco de muñeca.

Dejó el dispositivo sobre la mesa y tomó los palillos. Comió un bocado de huevo al vapor, masticando con lentitud mientras sus ojos volvían a posarse sobre Wai-ling, que permanecía de pie a un metro de distancia con las manos entrelazadas al frente, en la postura de reverencia muda que su padre y él le habían inculcado a golpes y reproches.

—Sigues teniendo cara de enferma —dijo Jun-ho, tragando el bocado.

—Ya me siento un poco mejor…

—No me importa cómo te sientes, me importa lo que significa —la interrumpió con dureza, dejando los palillos apoyados en el borde del cuenco—. Esta mañana cancelas cualquier tontería que tengas que hacer. No vas a salir a pasear ni a perder el tiempo comprando telas.

Wai-ling apretó los dedos tras la espalda.

—Sí, Jun-ho.

—Vas a ir a la farmacia del centro comercial de Central a comprar una prueba de orina o vas a pedirle a tu ginecólogo que te haga un examen de sangre —continuó él, levantando la vista para taladrarla con una mirada cargada de una condescendencia brutal—. Lo quiero antes del mediodía. Me llamas en cuanto tengas el resultado. Si sale positivo, cancelo la cena con los Chen y citamos a mi padre y a Cheng Man-kit esta misma noche para anunciar el embarazo.

El corazón de Wai-ling se detuvo por una fracción de segundo. Su padre. Su suegro. Los dos patriarcas sellando el destino de una dinastía sobre un vientre que no les pertenecía.

Jun-ho se puso de pie, ajustándose el saco del traje a medida. Dio un paso hacia ella, reduciendo la distancia hasta que su sombra la cubrió por completo. Con un gesto casi paternal pero cargado de desprecio, extendió dos dedos y le levantó la barbilla, forzándola a sostenerle la mirada.

—A ver si al fin comienzas a servir de algo en esta casa, Wai-ling —le soltó con una media sonrisa hiriente, rozándole la piel con desdén—. Ya era hora de que justificaras el apellido y todo lo que tu padre negoció para meterte en mi cama.

Le soltó el mentón como si desechara un objeto sucio. Tomó su maletín de cuero italiano, el abrigo y las llaves de la mesa del recibidor.

—Si sale negativo, ve pensando en cómo explicárselo a tu padre —añadió desde la puerta—. Ya se le está acabando la paciencia con tu esterilidad.

El sonido metálico de la cerradura electrónica resonó como un disparo en el vestíbulo al cerrarse. Segundos después, el zumbido suave del ascensor privado confirmó que Jun-ho descendía hacia el estacionamiento del edificio.

Wai-ling se quedó sola en medio de la sala inmensa, bajo el silencio helado del ático de Mid-Levels.

Caminó hacia la puerta principal, giró los dos cerrojos mecánicos de seguridad interior y apoyó la frente contra la madera fría. Respiró hondo una, dos, tres veces, sintiendo que el aire volvía a circular por sus pulmones.

Llevó la mano al bolsillo de su pantalón y extrajo el teléfono. La pantalla parpadeó de inmediato en la penumbra del pasillo: la aplicación Lumi seguía abierta en segundo plano, con la última conversación suspendida en el vacío y el nombre de Félix Franco brillando en la parte superior.

La farsa del embarazo le daba unas pocas horas de margen. No tenía más tiempo.

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