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Capítulo 7: La jaula invisible

El zumbido metálico del ascensor privado descendiendo por el hueco del edificio fue la señal para respirar.

Wai-ling no se movió de inmediato. Permaneció apoyada contra la puerta principal, con la frente pegada a la madera fría y los dos cerrojos pasados. Pasaron unos segundos antes de que sus dedos, todavía temblorosos por la humillación del desayuno, sacaran el teléfono del bolsillo. Desbloqueó la pantalla y abrió Lumi.

Allí estaba el registro clandestino. Félix Franco había dejado un mensaje enviado hacía varias horas, justo después de que ella se desconectara de golpe en la madrugada para correr al baño:

«Vi que se desconectó de repente. Imagino que allá ya es de madrugada y el cansancio la venció, considerando las once horas de diferencia que nos separan. Descanse, Wai-ling. Buenas noches.»

Debajo de esas líneas reposaban varios archivos que Félix había cargado durante su silencio: fotografías de su madre en Chile.

Wai-ling deslizó el pulgar sobre la pantalla y el pecho se le oprimió en un espasmo tibio y desgarrador. En cada imagen, Lam Sze-yan lucía radiante. No eran las poses tiesas, vacías y cargadas de diamantes que Cheng Man-kit exigía para la alta sociedad de Hong Kong; en una de ellas reía con el pelo revuelto por el viento salino en un mercado local; en otra, sostenía una taza humeante en el portal de la casa de tejuelas, con las mejillas sonrosadas por el frío del sur. Se notaba, en cada curva de sus ojos y en la relajación de sus hombros, que allí era querida. Que había encontrado paz.

Una lágrima solitaria cayó sobre el cristal del teléfono.

La última fotografía la detuvo en seco. Sze-yan estaba sentada en la orilla de un muelle de tablas desgastadas, de espaldas a la lente, contemplando un atardecer inmenso sobre el agua. El cielo era una llamarada de tonos escarlatas y violetas que teñían la superficie del mar austral. Debajo de la imagen, Félix había adjuntado una nota:

«Esta se la tomé una tarde frente al canal. Siempre que se ponía el sol de este lado, ella se quedaba en silencio y me decía que al otro lado del océano para ti estaba amaneciendo. Sufría en silencio pensando que no te pudo traer consigo; le dolía en el alma no haber podido disfrutar de cada atardecer junto a la costa las dos juntas.»

Wai-ling se deslizó por la puerta hasta quedar sentada en el suelo del recibidor, con la boca tapada por el puño para ahogar un sollozo. Durante veinte años la habían envenenado con la mentira de una madre suicida que la despreció, cuando en realidad cada puesta de sol en el fin del mundo había sido una plegaria por ella.

Con los pulgares entumecidos por el llanto, escribió:

«Me hubiera encantado haber vivido esos años que tú viviste junto a ella... Me duele no haber estado ahí, pero te agradezco a ti y a tu padre, de todo corazón, por haberla rescatado del muelle aquella tarde, por haberla querido y por haberla cuidado como yo hubiera querido hacerlo.»

Al otro lado del mundo, en Puerto Montt, Félix escuchó la alerta en su teléfono. Al ver la respuesta y adivinar la herida abierta que aquellas palabras cargaban, quiso sacarla de la sombra. En lugar de limitarse a escribir, grabó y envió un video corto.

El reproductor se activó en la pantalla de Wai-ling.

Era la primera vez que lo veía en movimiento. Félix estaba en una cocina revestida de madera de alerce, con una estufa de leña encendida al fondo. Llevaba un delantal oscuro sobre un suéter de lana gruesa, la barba crecida y una sonrisa franca en el rostro curtido. Sobre la tabla de cortar tenía un trozo de pescado fresco que salteaba con jengibre y cebollines en una sartén humeante.

—Sze-yan me enseñó a preparar este pescado cuando yo era un adolescente —dijo él a la cámara con voz pausada, mirando el lente con picardía—. Decía que ningún chileno sabía tratar un pescado como en Hong Kong.

De pronto, Félix frunció el ceño con una seriedad exagerada e intentó pronunciar una frase en cantonés para nombrar las hierbas aromáticas. La pronunciación fue tan torpe, áspera y desentonada que Wai-ling, en medio de las lágrimas, soltó una risa limpia e involuntaria que resonó extraña en el ático silencioso.

—Y no te rías de mi acento —añadió Félix en el video, riéndose él mismo de su propio intento—. Mamá Sze-yan siempre se enojaba cuando se me quemaba el ajo y me gritaba malas palabras en cantonés.

Félix soltó un par de insultos cantoneses tradicionales, modulados con el dejo sureño de su castellano nativo. Eran tan absurdos y a la vez tan comprensibles que el calor le subió a Wai-ling por las mejillas. La vitalidad y la dulzura que desprendía aquel hombre a través de la pantalla le rompieron, por un instante, la asfixia del encierro.

La conversación continuó fluyendo en mensajes durante varias horas, acortando el abismo entre la noche que caía en Chile y la mañana avanzada de Mid-Levels. Félix le narró anécdotas cotidianas, recuerdos sencillos de una madre que Wai-ling solo recordaba aterrada; hasta que el reloj de la aplicación marcó que en Puerto Montt era hora de descansar y en Hong Kong el mediodía caía implacable.

«Debo dormir unas horas, Wai-ling», escribió Félix. «Hablamos luego. Cuídate mucho.»

«Descansa, Félix. Gracias por esto.»

Al cerrar la aplicación, la jaula volvió a materializarse con un peso aplastante.

El silencio del departamento se tornó amenazante. Wai-ling se puso de pie y sintió un nudo amargo cerrársele en la boca del estómago: el plazo de Jun-ho vencía antes del almuerzo. Recordó la orden: «Quiero una prueba de sangre o de orina antes del mediodía».

Salió a la calle bajo la luz gris y bochornosa de la ciudad. Mientras caminaba hacia la farmacia, el muro de la realidad le cayó encima: no tenía cuentas bancarias a su nombre; cada dólar que gastaba figuraba en los extractos de Jun-ho; su pasaporte estaba encerrado bajo la clave de la caja fuerte de su esposo; el edificio contaba con conserjería y cámaras que vigilaban cada acceso. La promesa de una casa frente al mar en Chile y aquella llave de la habitación que su madre le había encomendado era un espejismo inalcanzable para una mujer que no tenía derecho ni a decidir sobre su propio cuerpo.

En la farmacia compró la prueba de orina. Regresó al ático, entró al baño y cumplió el trámite. El resultado fue la línea solitaria e implacable del negativo: el implante hormonal en su brazo no permitía milagros ni accidentes. Guardó el dispositivo en el bolsillo de su bata, comió mecánicamente un bocado insípido y pasó las horas restantes repasando las fotos de Félix y su madre, buscando anclarse a esas imágenes para no desmoronarse. Luego se duchó, se peinó sin una hebra fuera de lugar y dio instrucciones precisas a la empleada doméstica para montar la mesa y preparar la cena antes de que esta se marchara.

A las ocho de la noche se escuchó el pestillo electrónico.

Jun-ho entró a la sala tambaleándose apenas de forma perceptible, arrastrando una nube espesa de alcohol y loción cara. El humor de la llamada con Singapur se había agriado; sus ojos inyectados en sangre denotaban una frustración acumulada.

Wai-ling se acercó con paso dócil, intentando esquivar el tema.

—Buenas noches, Jun-ho. La cena está servida en la mesa...

—¿Dónde está? —la cortó él con voz pastosa pero tajante, arrojando el maletín sobre un sillón. No la miró al rostro; sus ojos se clavaron directo en su vientre—. ¿Te hiciste la prueba o te quedaste holgazaneando todo el día?

A Wai-ling se le secó la saliva en la boca.

—No... no salió lo que esperabas, Jun-ho. Salió negativa.

—Ve a buscarla —ordenó con un tono cargado de un desprecio venenoso—. Ahora mismo. Muéstramela.

Ella caminó hacia el tocador con las piernas rígidas, sacó el estuche plástico de la prueba y se lo entregó con las dos manos, manteniendo la mirada clavada en la alfombra. Jun-ho lo tomó con brusquedad, girándolo bajo la luz de la lámpara. Al confirmar la línea única, arrojó el aparato con violencia contra la pared; el plástico rebotó y cayó cerca del zócalo.

—Eres una vergüenza —escupió él, dando un paso amenazante hacia ella—. Cinco años de matrimonio y no eres capaz de retener nada. Un cascarón vacío, eso es lo que eres. Tu padre me vendió mercancía defectuosa para salvar su pellejo.

Wai-ling escuchó con la cabeza gacha, conteniendo la respiración mientras los insultos se sucedían. Cuando vio que él tomaba aire y parecía calmar el primer arrebato, intentó desviar la tormenta. Fue hacia la mesa del comedor, levantó el plato de sopa caliente que había servido y se lo ofreció con voz sumisa:

—Come algo, por favor... te ayudará a asentar el estómago.

Jun-ho levantó el brazo y de un golpe seco le arrancó el cuenco de las manos. La cerámica se estrelló contra el suelo, esparciendo el caldo hirviendo y los trozos de carne sobre el piso pulido.

—¡No quiero tu maldita comida!

Wai-ling reaccionó por instinto de servidumbre: se agachó de inmediato para recoger los fragmentos rotos. Fue su error. Desde arriba, Jun-ho estiró la mano, le enredó los dedos en el cabello con fuerza desmedida y tiró de ella hacia arriba con un tirón brutal.

Un quejido inevitable se le escapó a Wai-ling.

La arrastró sin soltarla hasta empotrarla de espaldas contra la mesa del comedor, haciendo temblar las copas de cristal. Ella intentó apoyar las palmas contra el pecho de su marido para frenarlo, adivinando el horror que se avecinaba.

—Jun-ho, por favor... detente, cálmate...

—Cállate —le susurró él al oído, con un aliento agrio que le quemó la mejilla—. Si tratas de oponerte va a ser peor.

El forcejeo de ella solo avivó la saña en la mirada de Jun-ho. No había deseo en su gesto; había un apetito degradante de castigo, una necesidad sádica de descargar en ella todas las pérdidas y frustraciones del día. Le aprisionó el cuello con una mano firme contra la madera de la mesa, dejándola sin aire, mientras con la otra le levantaba las faldas sin contemplaciones. La tocó con una lascivia desprovista de cualquier asomo de ternura, tratándola como un objeto inerte que debía pagar por sus fallos.

Desabrochándose el pantalón con torpeza furiosa, le apartó la ropa interior y la embistió con una brutalidad ciega, desgarradora. El dolor físico la atravesó como una cuchilla, pero Wai-ling apretó los párpados.

—A ver si ahora consigues embarazarte al fin... —le gruñó él contra la sien, con respiración jadeante y dientes apretados—. Hasta las vacas son más fértiles que tú.

Aplastada contra la mesa servida, con el cuello ardiendo bajo la presión de sus dedos y el cuerpo sometido a la violencia de aquel ataque, la mente de Wai-ling se desconectó de la carne. Se negó a estar allí. Se refugió en la fotografía que había visto esa mañana: el atardecer escarlata sobre el canal de Tenglo, las aguas frías del sur, su madre mirando el horizonte esperando que amaneciera para su hija. Deseó con cada fibra de su espíritu estar en esa costa remota, libre, lejos de aquella ciudad podrida. Fijó la mirada en la pared y, en medio de la humillación más absoluta, una sonrisa tenue, invisible para su agresor, le rozó los labios.

Jun-ho cerró los ojos, gimiendo en el clímax de su propia fantasía de dominación, ajeno por completo al abismo que acababa de abrirse entre ellos. Tras descargar su peso en el interior de Wai-ling, se apartó con desgano, acomodándose la ropa.

Ella se deslizó de la mesa con las piernas temblorosas. Se subió la ropa interior y se bajó la falda, con las manos entumecidas por la vergüenza y el ultraje. Hizo el ademán de caminar hacia el pasillo en busca del baño para higienizarse.

—¿A dónde crees que vas? —la voz de Jun-ho la clavó en el sitio. Se estaba sentando a la cabecera, ajustándose los puños de la camisa—. No te atrevas a ir a lavarte. Sé perfectamente que por eso no quedas embarazada, porque corres a limpiarte apenas termino. Te quedas así toda la noche.

Señaló el suelo manchado de caldo.

—Limpia este desastre, ve a la cocina por otro plato y sírveme la cena. Y luego te sientas al frente a comer conmigo. Te quiero quieta ahí.

Wai-ling bajó los ojos.

—Sí, Jun-ho.

Pasada la medianoche, los ronquidos densos y pesados de Jun-ho volvieron a adueñarse de la habitación matrimonial.

Wai-ling, sucia por dentro y con el cuerpo magullado por el peso de la mesa, salió descalza a la sala en penumbra. Se sentó en el suelo, oculta detrás del sofá, y sacó el teléfono móvil. Abrió Lumi.

Había una notificación nueva de Félix, enviada hacía pocos minutos:

«Wai-ling, acabo de despertar. Soñé con mamá Sze-yan... En el sueño me tomaba del brazo, sonreía mirando hacia el mar y me decía: “Ya viene, Félix... debes esperarla”. Creo que vino a visitarme en sueños para avisarme que pronto vas a llegar aquí. La casa te espera.»

Al leerlo, la armadura de hielo que había sostenido a Wai-ling durante todo el ataque se quebró en mil pedazos.

Llevándose las rodillas contra el pecho, rompió a llorar en un silencio absoluto, mordiéndose la muñeca para no despertar a la fiera que dormía en el cuarto contiguo. Las lágrimas le lavaron las mejillas mientras el mensaje de Félix le taladraba la conciencia: al otro lado del planeta había alguien celebrando la ilusión de recibirla con los brazos abiertos, mientras ella seguía atrapada en el fondo de una jaula invisible de la que aún no tenía la menor idea de cómo escapar.

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