Capítulo 4: La verdad duele más que la mentira
El visto tardó cincuenta y seis minutos.
Wai-ling los contó porque no podía hacer otra cosa. Se había quedado en la cocina, el taburete clavándole el hueso, el vaso otra vez lleno y otra vez intacto. Cada cierto tiempo iba hasta el umbral del dormitorio, confirmaba el bulto de Jun-ho bajo el edredón y volvía al mármol como un animal que revisa la trampa.
A la una y treinta y seis, el teléfono se iluminó en su bolsillo.
El sonido en aquella casa, aunque fuese mínimo todavía podía ser mortal.
Felix Franco está escribiendo.
Luego:
Gracias por responder.
Sé que esto parece una estafa. Si yo estuviera en su lugar, también lo pensaría.
No le voy a pedir dinero. No le voy a pedir claves. No le voy a pedir que ingrese a ningún enlace.
Le voy a pedir, si aguanta, que lea.
Wai-ling sintió una risa seca en la garganta, de esas que no llegan a la boca. Si aguanta. Como si un hombre al otro lado del mundo pudiera medir lo que ella aguantaba cada noche.
Escribió sin sentarse:
Las estafas también empiezan así. Con educación.
Envió el mensaje y las manos le temblaban. Sentía un frio glacial discordante con la temporada y abrazó a sí misma para darse un poco de calma y calor.
La respuesta llegó más rápido.
“Tiene razón. Mi nombre es Félix Esteban Franco. Tengo treinta y dos años. Vivo en Puerto Montt, región de Los Lagos, Chile. Trabajo con barcos. Turismo pequeño. Nada que ver con Hong Kong.
Lam Sze-yan fue la mujer de mi padre”.
Wai-ling apoyó la palma en la isla para no irse al suelo. El mármol estaba frío y eso la trajo de vuelta, conectando nuevamente la mente con su cuerpo.
«La mujer de mi padre». Cuatro palabras que reescribían un funeral sin cuerpo, que convertían el suicidio que su padre Man-kit reafirmaba con seguridad en un montón de mentiras.
No. No tan rápido.
Las estafas también robaban muertos. Las estafas rebuscaban obituarios, notas de periódico, apellidos de familias que habían salido una vez en la sección de economía. Cheng Man-kit había aparecido en más de una. Lau Jun-ho, en las de inmobiliarias. Una hija era un punto débil previsible.
Mi madre se ahogó hace veinte años —escribió—. El cuerpo no apareció. Eso lo puede encontrar cualquiera que sepa traducir un texto con un traductor online y tenga tiempo.
Tres puntos. Félix escribía.
Wai-ling odió esos tres puntos. Odió la espera, odió que una parte de ella, aquella niña del muelle, la que todavía recordaba el aroma de su madre — se hubiera inclinado hacia la pantalla anhelando que esa mentira se convirtiera en realidad.
No se ahogó.
Solo eso respondió, pero aparecieron nuevamente tres puntos.
Wai-ling tapó la boca con la mano. Un sonido le nació igual, ahogado, el de un animal herido en una cocina de lujo. Se mordió el costado del dedo índice hasta probar un poco de sangre. En el dormitorio, Jun-ho tosió. Ella apagó la pantalla del teléfono y se quedó de pie. Como una estatua con el vaso de agua que sentía se le resbalaba entre los dedos.
La tos se apagó. Él dijo, adormilado:
—¿Wai-ling?
La voz le llegó desde la cama con esa propiedad doméstica que no necesita encender la luz.
—Agua —respondió ella, y se asombró de lo firme que le salió—. Ya voy.
No fue hasta la cama. Esperó y contó hasta treinta. Volvió a contar. Cuando el silencio se asentó otra vez, se deslizó al baño de visitas, cerró con pestillo y se sentó en la tapa bajada del inodoro, los pies descalzos sobre las baldosas frias, el teléfono entre las rodillas.
Ahí, con la puerta por medio, se permitió leer de nuevo.
No se ahogó.
Más abajo, Félix había continuado:
Lo entiendo si cierra esto y no vuelve. De verdad. Pero si hay una mínima parte de usted que alguna vez dudó del relato oficial, le pido que no cierre todavía.
Sze-yan —la mujer que me crió— murió hace poco más de un mes. Aquí en Chile.
Antes de morir pidió que la encontrara a usted.
Wai-ling negó con la cabeza, una vez, dos, como si el baño pudiera desmentir a Chile. Las lágrimas esta vez no pidieron permiso. Le corrieron calientes hasta la boca, saladas, y ella las tragó porque tragar era lo único que sabía hacer con lo que sobraba.
Usted es un enfermo —escribió—. O un ladrón. O las dos cosas. Nadie espera veinte años para avisar que una madre está viva y después avisar que está muerta. Eso es crueldad. No es un mensaje.
Envió la respuesta y el pulgar le quedó manchado en la pantalla.
Félix no se defendió de inmediato. El “escribiendo” apareció y se fue, apareció y se fue, como un hombre que busca palabras que no rompan más de lo ya roto.
Wai-ling apoyó la frente en la puerta del gabinete. Olió a detergente y a madera húmeda. Se vio a los diez años en el salón de aquella casa, con el uniforme escolar todavía puesto, escuchando a Man-kit decirle a un funcionario que su esposa había salido sola en la embarcación familiar y que, sí, tenía antecedentes de nervios. Antecedentes de nervios. Qué forma tan limpia de convertir a una mujer en una explicación.
A los quince intentó buscar recortes. Encontró una nota breve: mujer desaparecida en aguas de Sai Kung, lancha a la deriva, sin cuerpo. Nada más. A los dieciocho le preguntó a una tía lejana en una boda. La tía palideció y le llenó la copa. No hables de eso delante de tu padre.
Ahora un desconocido, desde un muelle al otro lado del mundo, le decía “no se ahogó” con la misma naturalidad con la que Jun-ho decía quítate eso.
La pantalla se iluminó.
Tiene derecho a odiarme. Quizás no fue la forma, pero dudo que de cualquier otra forma que se lo comunicara, se sentiría menos mal.
Su madre siempre pensó en usted. No hubo un solo día que no la extrañara…
Deje de usar su nombre como si la hubiera conocido —escribió, y la rabia le adelantó a la pena—. Usted no la conoció. Yo sí. Yo tenía diez años. Yo esperé en un muelle durante meses.
Estuve en ese muelle —respondió Félix, y por primera vez el mensaje llegó sin cortesía extra—. Tenía doce años. Iba con mi padre y ella se vino a Chile con nosotros en nuestro barco.
Wai-ling se tapó la boca otra vez.
Se había ido por voluntad propia con dos extraños en un barco.
El baño se le hizo pequeño. Sintió ganas de vomitar el agua que había bebido, la cena del restaurante, el perfume de Jun-ho todavía en la almohada.
Basta —escribió—. Si esto es verdad, no se cuenta por Lumi a las dos de la mañana. Si es mentira, es una basura. No me escriba más.
Esta vez el “entregado” le dio un alivio feo. Caminó al lavado, apoyó el teléfono sobre la baldosa y temblando, se lavó la cara con agua fría hasta que los pómulos le ardieron. En el espejo, la esposa perfecta tenía los ojos destrozados.
Salió del baño de visitas descalza, apagando luces a su paso, y se deslizó otra vez al borde de la cama. Jun-ho no se había movido. El reloj del buró: 2:17. En cinco horas, desayuno y Singapur. En cinco horas tendría que ser Cheng Wai-ling otra vez, el vestido sustituido por una blusa beige, la muñeca escondida por una manga.
El teléfono se iluminó bajo la sábana.
No lo tocó, pero se iluminó otra vez.
A la tercera Wai-ling sintió un calor distinto, no de llanto: de pánico. Con el cuerpo hecho una coma contra el colchón abrió el hilo. Este mensaje decía:
“No voy a pelear con su dolor, la puedo entender. Ella no desapareció por gusto. Y usted no debería vivir toda la vida con la versión de un hombre que cerró el tema como un suicidio...
Si después de esto quiere bloquearme, bloquéeme. Pero antes le voy a mandar tres fotografías:
La primera es ella.
En la segunda está ella con mi padre.
En la tercera, está ella y yo de pequeño a su lado.
Mírelas. Solo mírelas. Si no es su madre, yo me callo para siempre.”
Wai-ling miró el techo blanco. La mancha pálida del aire acondicionado. El punto exacto adonde su cuerpo se había ido unas horas antes, mientras Jun-ho la tomaba.
Tres fotografías, tres pruebas que se le clavaban como tres cuchillos.
En la cama, su marido inspiró hondo y dejó caer el brazo, pesado, sobre el hueco que ella debía ocupar. Los dedos le rozaron la cintura, dueños incluso dormidos. Wai-ling se quedó helada, el teléfono boca abajo contra el colchón, la pantalla aún encendida debajo, iluminándole el pijama con una luz que Jun-ho, si abría los ojos, no podría no ver.
Lumi cargó la primera imagen: Un recuadro borroso, a medio bajar.
Era ella, con el pelo negro. Su misma boca…
Wai-ling no alcanzó a ver el resto.
Porque Jun-ho, sin despertarse del todo, apretó los dedos en su cadera lastimada y dijo, ronco, contra la almohada:
—Deja el teléfono.
La foto siguió cargando en la oscuridad. No podía seguir viendo el teléfono, pero no necesitaba más pruebas para comprender que la verdad a veces podía doler mil veces más que la mentira
