Capítulo 3: Un nombre que nadie pronuncia
La ansiedad le carcomía el pecho.
Wai-ling no encendió su teléfono de inmediato. Se quedó quieta, de lado, escuchando las respiraciones entre ronquidos de Jun-ho. Sabía de memoria el patrón: hondo, hondo, un pequeño atasco en la garganta, otra vez hondo. El aire acondicionado soplaba y los ventanales aislaban el ruido de los autos y motocicletas que subían por Garden Road. En el edificio de enfrente, la luz azul del televisor ya se había apagado. Pero no podía dejar de pensar en ese nombre: Lam Sze-yan.
Tres sílabas y un apellido que en esa casa era peor que una grosería.
Lo había pronunciado por última vez en voz alta a los doce años, en la cocina, cuando todavía creía que las preguntas eran un derecho. Man-kit estaba cortando una naranja con esa precisión que usaba para todo. Ella dijo mamá y luego el nombre completo, como si nombrarla pudiera traerla de la lancha vacía. El cuchillo se detuvo. Su padre no la golpeó. La miró con un desprecio en la mirada tan intenso que dolió más.
—Tu madre prefirió tirarse al agua antes que cumplir con su deber —le soltó, masticando cada palabra como un veneno rancio—. Las mujeres que eligen la cobardía no merecen ser nombradas. No tienen tumba y no tienen memoria. Se las borra.
Desde entonces, Sze-yan existía en un cajón interior de su memoria. Debajo de las apariencias de la sociedad, debajo de la rutina, debajo del honor del apellido de la familia y debajo de su obligación con la familia. A veces Wai-ling la soñaba de espaldas, en la orilla de la playa, con el pelo negro largo ondeando sobre a la blusa blanca. Nunca le veía la cara del todo. El mar de los sueños era el de Hong Kong: lleno de luces, estrecho, atiborrado de barcos que van y vienen dibujando sobre las olas.
Ahora el nombre estaba en Lumi, escrito por un desconocido, como si el mundo se hubiera cansado de esconderlo.
A su lado, Jun-ho gruñó entre sueños. Una pierna pesada cayó sobre el edredón, rozando el tobillo de Wai-ling. El contacto físico la hizo encogerse en un reflejo puramente visceral; la piel del bajo vientre aún le ardía, magullada y dolorida por el sometimiento de hacía apenas una hora. Aguardó con los ojos abiertos en la oscuridad, inmóvil, conteniendo los latidos desbocados que amenazaban con delatarla. Jun-ho murmuró una, un residuo de la llamada de Singapur y volvió a hundirse en el sopor.
Solo entonces, arqueando la espalda para hacer de su propio cuerpo un parapeto contra la penumbra del cuarto, deslizó el teléfono bajo la sábana. Puso el brillo al mínimo. Como un cuadrado tenue y clandestino.
Félix Franco…
Foto de perfil: un muelle de madera, agua azul, un cielo bajo. Peinado descuidado y ropa ajena a cualquier marca.
El asunto seguía ahí, intacto, imposible: Necesito contactar a la hija de Lam Sze-yan.
Wai-ling abrió la boca dentro de la almohada y dejó salir el nombre sin sonido, apenas aire.
—Sze-yan.
La lengua lo recordaba. El pecho también. Le vino un llanto antiguo, de esos que no mojan la cara porque se han ensayado demasiado en baños y en ascensores. Un nudo, que se volvió náuseas al sentir el apretón en el estómago.
La niña de diez años sentada en un muelle de Sai Kung, con las rodillas heridas por la sal, esperando a que la lancha familiar volviera con la madre dentro. La lancha regresó, pero su madre, no.
El mensaje tenía hora: 00:07. Hong Kong. O sea que alguien, en alguna parte del mundo, había escrito esas palabras mientras ella se duchaba para borrar a Jun-ho de la piel.
Tocar el hilo era cruzar una frontera y en aquella casa, cruzar los limites se pagaban.
Wai-ling pensó en cerrar Lumi, en borrar la notificación, en fingir que el apellido era un error de un estafador metido en algún sucucho de la India, con lista de nombres que llamar. Y aun así el pulgar se movió.
El mensaje se desplegó como una herida, estaba escrito en un inglés bastante formal.
«Perdón por escribirle por aquí. No sé si usted sea la persona que busco... Me llamo Félix Franco. Vivo en Puerto Montt, Chile. Necesito hablar con la hija de Lam Sze-yan. Si usted no es esa persona, ignore esto. Si lo es… lo siento mucho por incomodarla. Quiero que sepa que este nombre no lo estoy usando a la ligera»
El aire se le atascó en la garganta. Una lágrima caliente se le desprendió por el puente de la nariz; Wai-ling la atrapó con el dorso de la mano antes de que mojara la sábana. Jun-ho lo notaba todo: el olor a humedad en la almohada, los ojos enrojecidos, cualquier fisura en la máscara de docilidad que le exigía llevar puesta. El llanto era una indisciplina; en esa casa, la tristeza se pagaba como una ofensa personal hacia su marido.
«Puerto Montt, Chile»
El mapa se le desordenó. Hong Kong era un punto y Chile era el reverso del planeta. Un lugar que no conocía y que descubrió esa noche por fotos, videos turísticos y documentales de volcanes. Y en esa ciudad llamada Puerto Montt había mar. Siempre mar. Como si el agua se hubiera llevado a su madre y ahora, veinte años tarde, le devolviera el nombre por otra orilla.
“Si usted no es esa persona, ignore esto”.
Ella era esa persona. Lo había sido cada día, en silencio, como se es huérfana: sin certificado que lo grite, con un padre que había convertido la ausencia en suicidio y el suicidio en tema cerrado.
Wai-ling bajó un poco más la pantalla y escribió, borró, escribió:
“Quién es usted” —Borró.
“Cómo conoce ese nombre” —Borró.
“Mi madre está muerta.”
Esa frase se quedó más tiempo sobre el teclado. Era la frase oficial, la que había visto en los papeles. La que su padre le había enseñado a repetir en la escuela cuando una profesora, con buena voluntad torpe, preguntó por la mamá de Cheng Wai-ling: “Se ahogó, fue un accidente”. Ni siquiera suicidio. El suicidio manchaba, el accidente se podía servir con té. Pero también la borró.
Al final no mandó nada. Cerrar el hilo sin responder era por ahora, la única forma de no romper el mundo encima de la cama.
Salió de Lumi. La pantalla volvió a la foto de portada que Jun-ho había puesto: ellos dos en una terraza, copas, cielo rosa, su cabeza apoyada en el hombro de él. Una esposa perfecta. Una mentira nítida. Wai-ling sostuvo el aparato apagado contra los labios, no para besarlo: necesitaba concentrarse, necesitaba pensar bien antes de responder. Giró su cabeza al costado y Jun-ho aun dormía, tenía que recordar que seguía ahí, en esa cama junto a su verdugo, su marido que a las siete quería desayuno.
La memoria, sin embargo, no pidió permiso.
Recordó a Sze-yan en la cocina de la casa de su infancia, grande y elegante, con ventanas que daban a un amplio jardín. El pelo recogido con un lápiz. Cantaba mal, y eso la hacía real. Le enseñaba a Wai-ling a tomarle la fiebre al oso de peluche. Olía a jengibre y a crema de manos. Recordó aquel día; había cumplido los diez hace unos meses y su madre se quedó mirando el mar desde el balcón demasiado rato, con esa quietud de quien está midiendo una distancia. El padre llegó y la quietud se rompió. Wai-ling no entendió lo que sucedía, pero si entendió el volumen y el tono de la voz del hombre. Recordó que su madre, después, le acarició la cabeza con dedos que temblaban y le dijo duerme, tesoro, como pidiéndole perdón.
Al día siguiente, Sze-yan se rió de más en el desayuno. Las mujeres que van a desaparecer a veces se ríen de más.
Wai-ling apretó los párpados. El llanto quiso volver y ella lo partió por la mitad, lo guardó. En esta cama no se lloraba.
Un nuevo impulso la empujó otra vez a Lumi. El hilo seguía ahí, inocente, letal. Debajo de las líneas había una nota automática de la red: Félix Franco no es contacto. Responder habilitará su perfil… Habilitar.
Qué palabra tan limpia para algo que podía costarle la cara. Pensó en apagar el teléfono, en bloquear la cuenta, en tragar saliva y seguir siendo el adorno silencioso que su esposo exhibía en cenas corporativas. Si Jun-ho descubría que un hombre extranjero le escribía a medianoche, no le bastaría con apretarle la muñeca; le quitaría las llaves, le confiscaría el pasaporte, la encerraría hasta asegurarse de quebrar el último rincón de voluntad que le quedaba.
Aun así, se deslizó del colchón con una lentitud de ladrón. El piso frío le subió por las plantas de los pies. Cruzó el dormitorio, el pasillo, la sala donde la ciudad seguía exhibiéndose detrás del ventanal como una prueba de que el lujo existía. En la cocina encendió tan solo la tira de luz bajo los muebles. La tetera seguía intacta, pero se ahorró el calentarla. Se sirvió un vaso de agua y lo bebió de pie, apoyada en la isla de mármol.
Abrió el perfil de Félix Franco.
Las fotos eran pocas, sin filtros, desprovistas del artificio dorado de Hong Kong: Un volcán tapado de nubes. Una taza de café sobre una mesa descascarada. Un hombre de espaldas —¿Sería él? — con chaqueta oscura y detrás olas que reventaban en un muelle. Y una foto más antigua, un poco movida: una mujer de pelo negro, ya no joven, riendo con un plato en la mano. Wai-ling sintió que el suelo se le iba. El pulgar le tembló tanto que casi cierra la aplicación.
No era nítida. No era de cerca.
Pero la risa… La risa tenía la misma torpeza, la misma comisura.
—Mamá —se le escapó en un suspiro roto.
El vaso se le resbaló. No se rompió, rodó, derramó, hizo un hilo hacia el borde. Wai-ling lo atrapó con las dos manos, el corazón desbocado, escuchando el dormitorio. Nada. Solo el aire acondicionado y su propia sangre.
Limpió el agua con un paño. Limpió dos veces. El mármol no podía amanecer con pruebas.
Volvió al hilo. Las cuatro líneas parecían distintas ahora, más pesadas. Un hombre en el sur de Chile sabía el nombre. Un hombre en el sur de Chile tenía una foto que se parecía demasiado a una muerta.
Se sentó en el taburete, temblando bajo el pijama de algodón.
Podría ser una estafa, razonó su mente analítica de enfermera. Alguien buscando una recompensa de los Cheng. Alguien que hurgó en archivos viejos. La lógica le exigía prudencia, pero la piel, marcada por la violencia invisible de esa misma noche, no entendía de razones: entendía de supervivencia.
Volvió a mirar la fotografía de la mujer que reía. Su madre no se había ahogado. Lam Sze-yan no había sido tragada por la nada: había huido de una jaula idéntica a la suya. Había preferido perderlo todo, cruzando el planeta entero, antes que dejarse extinguir por un hombre implacable.
Sus dedos se posaron sobre la pantalla. Escribió con pulso firme, sabiendo exactamente el abismo que abría bajo sus pies:
«Ese nombre está prohibido en mi familia. Si esto es una broma o una extorsión, no conseguirá nada de mí. Dígame quién es usted y qué sabe realmente de Lam Sze-yan».
Un chasquido lejano en el pasillo la paralizó.
Apagó la pantalla de un golpe y ocultó el aparato contra su pecho, irguiéndose en un segundo. En el reflejo oscuro del ventanal de la cocina vio a la esposa sometida, lista para excusarse con un vaso de agua ante cualquier reproche si Jun-ho aparecía en el marco de la puerta.
El crujido no se repitió. Eran las vigas de la torre asentándose contra el viento de la bahía.
Wai-ling miró el teléfono. El cursor aún titilaba sobre el texto. Si enviaba eso, el nombre de su madre dejaría de ser un duelo mudo para convertirse en una grieta en la pared de su prisión; un riesgo que podía costarle el pellejo si su marido llegaba a enterarse.
Wai-ling apoyó la frente en el mármol frío.
—Si estás viva... Si supiste escapar —susurró hacia el cristal de la ventana—, ayúdame a salir de aquí.
Apretó el botón de enviar.
El icono cambió a Entregado. Al otro lado del océano, en una costa lluviosa de la que ella solo conocía el frío de las postales, el hilo quedaba tendido.
Desde la penumbra del dormitorio, la voz adormilada y gutural de Jun-ho la llamó con impaciencia:
—¿Wai-ling? ¿Dónde estás? Ven a la cama.
Wai-ling guardó el móvil en el bolsillo, tragó el veneno del miedo y compuso la expresión perfecta antes de contestar:
—Ya voy. Solo fui por agua.
Caminó hacia la boca del lobo, pero por primera vez en cinco años, el corazón no le latía por el pánico a los golpes: latía por la certeza salvaje de que, en algún lugar del mundo, la puerta no estaba cerrada del todo.
