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Capítulo 3: Caída

Llevaba unos diez pasos dentro del transporte cuando otro pedazo de sus recuerdos me volvió como una patada en la puerta.

Literalmente.

La puerta del dormitorio se abrió de golpe. Tristan Vance estaba en el umbral con tres Alfas detrás, mirándola como se mira algo que ha salido reptando de una alcantarilla.

—Wren. Explícame el numerito del foro. Si crees que con un bote de pastillas me vas a avergonzar para que te meta en mi equipo, eres más tonta de lo que pensaba. Di algo. ¿No gritabas que te querías morir? Mamá se ha pasado la noche llorando. ¿Estás contenta?

Y ella se quedó ahí sentada como una piedra, con las manos en el regazo, aguantándolo.

Luego, una voz suave desde el pasillo.

—Tristan, no. No te enfades con ella. Solo quería hacer el Juicio contigo y con Damon. La culpa es mía, en realidad...

Elise Vance. Antes, la tercera hija de la casa. Ahora, la cuarta. Seguía siendo el tesoro. Seguía siendo a la que todos protegían.

Solté un bufido en voz alta.

—Menudo angelito de pega.

El escáner pitó cuando pasé mi pulsera de cadete. «Verificación completada. Buena suerte, cadete».

Ya estaba harta de escarbar en sus deudas. Yo tenía mis propios problemas: por ejemplo, ser una chica sin lobo en un planeta lleno de monstruos con cuatro compañeros que ya habían decidido que yo era equipaje.

Cole Ward volvió a materializarse a mi lado, todo encanto despreocupado.

—¿Tu primer Juicio de verdad? Quédate cerca de mí. A lo mejor hasta te llevo en brazos.

Entonces me miró la cara de verdad. Pelo negro. Piel pálida. Ojos ámbar.

Lo que fuera que vio hizo que su voz se volviera blanda y tonta.

Me aparté.

—No, gracias. No somos amigos.

Un olor intenso y especiado me rozó la nariz —olor de Alfa, agresivo, de los que presumen— y la cabeza me dio vueltas con tanta violencia que tuve que agarrarme a la pared.

Otra vez esa fiebre.

Desde que había despertado en este cuerpo no dejaba de volver: calor bajo la piel, dolor en las articulaciones, un tirón en el pecho como un anzuelo detrás de las costillas. Los médicos de la academia me habían escaneado dos veces.

Normal, dijeron. Perfectamente sana.

La voz de Merrick se coló, alegremente cruel.

—Mírate al espejo, Cole. El único hombre que le importa es Damon Rookwood. ¿Dónde encajas tú exactamente?

A Cole se le ensombreció la cara.

No me quedaba sitio en la cabeza para sus dramas. Busqué un asiento en una esquina, me bajé el arnés y abrí la tableta de la muñeca.

HONDONADA DE ESPINO NEGRO. Rica en mineral de plata lunar. Antiguo núcleo de fraguas y líneas ferroviarias. Hasta que se rompió la línea de protección, los engendros entraron en masa y el valle entero se convirtió en un cementerio.

La Séptima Legión lo había limpiado la primavera pasada.

Despejado, decía el informe. Seguro para las pruebas de cadetes.

Despejado. Ya.

En mi vida anterior también había leído informes así. Justo antes de que desaparecieran pueblos enteros.

Se iban a desplegar tres mil escuadras. Sesenta y dos escuadras «núcleo» —las más fuertes, siempre con una sanadora Omega— caerían en el centro de cada sector para sostener al resto.

El equipo de Merrick era núcleo. No gracias a Merrick.

Gracias a Talia.

Cerré los ojos.

Cuando los abrí, el ojo de buey estaba lleno de montañas color óxido y nubes grises, y el estómago se me subía a la garganta.

«Iniciando descenso. Cadetes, a las naves de desembarco. Diríjanse a las coordenadas asignadas».

Cogí mi equipo y me apretujé en la nave de desembarco con los demás. Merrick ocupó el asiento del piloto. La nave se separó del transporte y se lanzó en picado.

Debajo de nosotros se desplegaba la Hondonada de Espino Negro: vías rotas como venas secas, torres de forja derrumbadas, ceniza que corría en lentos ríos grises sobre la tierra muerta.

Yo ya estaba calculando cuánto trabajo podría escaquearme.

Entonces la nave dio una sacudida.

Las alarmas chillaron.

«Advertencia. Descenso incontrolado. Prepárense. Repito: prepárense para el impacto...».

La fuerza me estampó contra el asiento y mi cerebro se vació hasta quedarse con un único pensamiento plano:

Cayendo del cielo. Otra vez.

¿En serio?
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