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Cap. 6: Disculpas

—Anoche me comporté como un idiota. Por si te sirve de algo, te pido disculpas. —Michael se tumbó de lado con inconsciente elegancia masculina. Tenía una rodilla alzada y se apoyaba sobre un codo. Su mirada pensativa permanecía fija en el pueblo que se extendía a lo lejos, allá abajo.

Clare estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la manta, escuchando el sordo estruendo del agua. Siguió la mirada de Michael y observó el pintoresco paisaje. La carretera que corría paralela al río, a través del cañón, era una cinta estrecha y sinuosa. Vio el viejo puente que unía las dos mitades de la Colonia Tovar. Su casita, situada en la misma ribera que la de Michael, apenas se divisaba desde allí.

Hunter, que había desistido de conseguir más patatas fritas, estaba tendido tras ella, sobre una roca caldeada por el sol.

—Sí, puede que te comportaras como un idiota —dijo Clare al cabo de un momento—. Pero tal vez en parte fuera culpa mía. No manejé muy bien la situación. Anoche, cuando te marchaste, estuve dándole vueltas. Y he llegado a la conclusión de que tenías razón. He estado lanzándote señales confusas.

Los ojos de Michael se movieron lentamente del paisaje del valle hasta su cara.

—¿Señales?

Clare jugueteó con un tallo de hierba que había arrancado.

—Sí, señales, ya sabes lo que quiero decir.

—Sí, sé lo que quieres decir —dijo él ásperamente—. Por lo menos, es un alivio saber que no eran imaginaciones mías.

Clare esbozó una sonrisa.

—De todos modos, creo que, con una imaginación como la tuya, deberías tener cuidado con la manera en que interpretas las cosas.

Michael tomó su lata de cerveza y bebió un largo trago mirándola por encima del borde.

—Puedo controlar mi imaginación. Casi siempre.

—Ya veo. Entonces, ¿son tus hormonas lo que te cuesta controlar?

Los ojos de Michael brillaron a la luz del sol.

—Mis hormonas también puedo controlarlas casi siempre. Pero cuando estoy contigo, parecen volverse un poco locas.

Clare se mordió un instante el labio inferior y luego optó por ser completamente sincera.

—Creo que, en parte, deseaba que así fuera —admitió suavemente—. Porque a mí también me cuesta controlar mis hormonas cuando estoy contigo —apartó los ojos, incapaz de sostener su mirada—. Normalmente, no me cuesta ningún trabajo. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan atraída por alguien.

—Entonces, tal vez deberíamos compadecernos de nosotros mismos —dijo Michael con ironía—. Vayámonos a la cama, y todo solucionado.

Clare chasqueó la lengua y se echó hacia atrás apoyándose en los codos.

—Eres un romántico incurable —dijo sarcásticamente.

—Escribo novelas de miedo, no de amor.

—Eso no es excusa —replicó ella.

—Ya es hora de que dejemos de comportarnos como un par de adolescentes y empecemos a actuar como adultos. Ninguno de los dos quiere que se repita lo de anoche.

—Haré otro trato contigo —dijo Clare—. Si no vuelves a mencionar lo de anoche, yo tampoco lo haré.

Michael se encogió de hombros.

—Como quieras, siempre y cuando no estés tratando de ponerle fin a lo que está ocurriendo entre nosotros. ¿Quedan papas?

—Creo que Hunter se ha comido las últimas.

—Cómo no. —Michael lanzó una mirada de fastidio al perro soñoliento—. Un día de estos, ese monstruo y yo tendremos una conversación muy seria.

—Hablando de conversaciones serias…

—¿Sí?

—Háblame de Elizabeth Velutini.

—Te prometí unas cuantas repuestas, ¿no es cierto?

—Sí, así es.

Michael bebió otro trago de cerveza.

—En realidad, no hay mucho que contar. Estuve casado con Sofía Velutini. Técnicamente, esa vieja arpía era mi suegra.

—¿Qué es de Sofía?

—Murió.

—Oh. Lo lamento.

—Elizabeth Velutini siempre me ha culpado de la muerte de Sofía, entre otras cosas —la boca de Michael se tensó—. Supongo que debería empezar por el principio.

—Soy toda oídos.

Él respiró hondo y volvió a mirar el pueblecito que se extendía allá abajo.

—Mi madre y mi tía Jesse nacieron ambas en la Colonia Tovar. Procedían del lado malo de la cascada, como dice la gente de por aquí —sonrió agriamente señalando unos cuantos tejados en la margen izquierda del río—. Pasaron aquí toda su vida. Mi madre trabajaba en un bar del pueblo y soñaba con casarse con un hombre del otro lado del río.

—¿Y tu tía Jesse?

Los ojos de Michael se suavizaron levemente.

—La tía Jesse soñaba mucho también, pero no con casarse y mudarse al lado elegante del pueblo. Ella vertió todos sus sueños en una inacabable corriente de poemas y relatos que casi nunca llegó a publicar. Se consideraba una escritora, aunque nadie más le concediera crédito, y se sentía obligada a vivir conforme a la idea que tenía de sí misma. Era excéntrica, impredecible y errática. Casi siempre parecía estar en otro mundo. Pero cuando murió mi madre, no dudó en hacerse cargo de mí. A su modo, era una buena mujer, aunque un tanto rara. Y me enseñó muchas cosas.

—¿Qué cosas?

—Sobre todo, a cuidar de mí mismo. Lo hizo dejándome a mí al aire casi todo el tiempo. Y funcionó. Crecí sabiendo que solo se puede contar con uno mismo.

—¿Qué hay de tu padre? —preguntó Clare cautelosamente.

—¿Mi padre? Nunca tuve el privilegio de conocerlo. Trabajó un tiempo en una aserrería cerca de aquí. Lo justo para dejar a mi madre preñada. Luego desapareció.

—Oh.

Michael la miró.

—Sí, eso es lo único que puede decirse al respecto: . En cualquier caso, y para resumir una historia terriblemente larga y aburrida, yo me crie con la tía Jesse. Y supongo que me volví un poco salvaje. Era el maleante número uno del otro lado de la cascada. Siempre metido en líos. Siempre me echaban a mí las culpas cuando desaparecían los tapacubos de algún coche. Siempre me señalaban a mí cuando había una pelea en el baile de la escuela. Siempre era yo a quien detenían cuando el comandante de la policía Luis oía hablar de una carrera a medianoche en la carretera del río.

—Y me imagino que siempre eras totalmente inocente, ¿no?

Él esbozó una sonrisa.

—Por supuesto. Excepto en lo de las carreras por la carretera del río.

—En resumen, la clase de chico contra el que nos advierten nuestras madres —dijo Clare, divertida.

—Me temo que sí. —Michael se tumbó de espaldas y apoyó la cabeza entre sus brazos cruzados.

—Bueno, eso tiene sentido —dijo Clare con calma—. Naturalmente, esa clase de chicos siempre son los más interesantes. Yo siempre quise conocer a alguno.

Michael parpadeó lánguidamente.

—¿Y nunca lo conseguiste?

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