Cap. 5: Encontrando el pasado II
—Usted no sabe nada sobre la soberbia y poderosa señora Elizabeth Velutini. ¿Verdad?
—¿Y qué habría de saber sobre ella?
—Bueno, para empezar —dijo Rivera calmosamente—, que es la suegra de Michael Escotet.
—¿Su suegra?
—Sí. Y le diré algo más. Esa mujer odia a Michael con toda su alma. —Rivera se apartó del coche, aparentemente satisfecho por haber conseguido captar su atención—. La veré la semana que viene, señorita Herrera. Ha sido un placer hablar con usted.
—Adiós, Eddy. —Clare salió de la gasolinera sintiéndose aturdida. ¿La suegra de Michael? Pero si Michael no estaba casado…
Estaba segura de que no estaba casado. No podía estarlo. Si tuviera esposa se lo habría dicho. Michael Escotet no le jugaría esa mala pasada.
Pero, en realidad, había muchas cosas que ignoraba acerca de Michael Escotet, se dijo mientras aparcaba el Buick junto al Jeep de Michael. Era precisamente ese desconocimiento lo que le había impedido acostarse con él la noche anterior.
Apagó el motor y salió del coche. Una vocecilla la urgía a dar media vuelta y ahorrarse, lo que prometía ser una escena desagradable. Pero el deseo de conocer los hechos era mucho más fuerte.
—Quédate aquí, pequeño —le dijo a Hunter—. Gritaré si necesito ayuda.
Hunter estaba distraído intercambiando miradas de recelo con el hombre que conducía el Cadillac. Clare echó un vistazo al conductor, gordinflón y al instante apartó la mirada. La cara fofa de aquel hombre poseía los rasgos crueles y obtusos de un camorrista nato. Se convenció enseguida de que era la clase de hombre que, de niño, se entretenía arrancándoles las alas a las moscas.
Se apresuró a entrar en la oficina de correos. Al empujar las puertas de cristal, la tensión reinante en el local la golpeó como una marea. Había un silencio crispado. Varias personas estaban de pie, como clavadas al suelo. En lugar de intercambiar cotilleos y comentarios sobre el tiempo, como de costumbre, estaban calladas, mirando absortas la escena que se desarrollaba ante ellas.
Michael acababa de retirarse del mostrador con un montón de cartas en la mano. Miró hacia la puerta y vio a Clare. Por un instante, la traspasó con sus brillantes ojos grises, pero un segundo después volvió a fijar su atención en Elizabeth Velutini, que se había puesto directamente en su camino.
—Juan me había dicho que estabas aquí. Michael Escotet —la voz de la señora Velutini poseía el tono autoritario de una mujer acostumbrada a dar órdenes. Llevaba sus casi sesenta y seis años con rígido y gélido orgullo. Tenía el pelo recogido en un elegante moño y sus ojos castaños eran hermosos y penetrantes—. Al principio no me lo creí. Pero entonces recordé que lo único que no te ha faltado nunca ha sido el descaro.
Michael lanzó a la mujer una mirada heladora.
—En ocasiones el descaro era lo único que tenía. Discúlpeme, señora Velutini, me están esperando.
—¿Quién? ¿Esa tal Herrera? La compadezco. También he oído hablar de ella. ¿Sabe la clase de hombre que eres?
—No, pero, por otra parte, usted tampoco —dijo Michael con suave ferocidad.
—Bastardo —siseó la señora Velutini.
—No es usted la primera que sugiere semejante posibilidad, y probablemente no será la última. Pero, sin duda, respecto a mi hijo no puede decir lo mismo, ¿no es cierto? De hecho, si alguna vez la oigo decir algo sobre mi hijo, yo la…
—Buenos días, Michael. —Clare se arrancó del suelo y avanzó con su mejor sonrisa de circunstancias, como si no hubiera oído ni una palabra—. Me preguntaba si coincidiríamos esta mañana. Iba a llamarte luego para recordarte esa excursión a la cascada que me prometiste —dirigió su sonrisa hacia la empleada que aguardaba tras el mostrador y que observaba el altercado con la boca abierta—. ¿Tienes algo para mí hoy, Luisa? Tengo prisa.
Luisa cerró la boca mirando a Michael, a la señora Velutini y a Clare.
—Solo una carta —dijo, y la puso sobre el mostrador.
—Gracias. —Clare echó un vistazo a la letra masculina y familiar y se guardó la carta en el bolso. Tomó a Michael del brazo con despreocupación, percibiendo la tensión de sus músculos, y sonrió a Elizabeth Velutini, cuya cara había adquirido una mueca agria—. Haga el favor de disculparnos. Michael lleva días prometiéndome esa pequeña excursión. Y ya he preparado una cesta con el almuerzo.
—Es usted tan ilusa como mi hija. Pero por lo menos no es una, chica joven e ignorante. Parece lo bastante mayorcita como para cometer los errores que quiera. Recuerde mis palabras: cualquier mujer que se arrime a Michael Escotet comete un grave error —la señora Velutini dio media vuelta y salió de la oficina con aire desdeñoso.
Dejándose guiar por su instinto. Clare urgió a Michael a seguir a la mujer. Resultaba difícil hacer una salida triunfal si las supuestas víctimas no se lo tomaban en serio. Clare quería asegurarse de que nadie en la oficina pensara que a Michael lo había afectado lo más mínimo aquella escena.
—Hoy va a hacer calor —comentó alegremente mientras empujaba a Michael por la puerta basculante—. Estaba pensando en llevarme el bañador al picnic. Ah, y será mejor que compremos unas patatas fritas en la tienda. ¿Qué es un picnic sin patatas fritas? ¿Tienes alguna nevera que podamos usar?
Guardó silencio cuando salieron a la brillante luz del sol matutino. El hombre del Cadillac salió trabajosamente del coche para ayudar a Elizabeth Velutini a montarse en el asiento del pasajero. Al ver que lanzaba a Michael una mirada de odio, Clare giró en dirección contraria.
—Está bien —dijo Michael suavemente cuando llegaron junto al Jeep negro—. La operación de rescate se ha acabado —se apoyó en el capó y se dio un golpe en el dorso de la palma de la otra mano—. ¿Debo darte las gracias?
Clare se hizo sombra con la mano y miró el Cadillac, que se alejaba.
—Supongo que depende de las ganas que tuvieras de que te rescataran.
—Muchas. Hacía veinte años que no me las veía cara a cara con esa vieja arpía. He perdido la práctica. Pero creo que todavía podría vérmelas con Juan. Está hecho un saco de carne. Parece más lento que nunca.
—Imagino que Juan es el chofer.
—Juan Mendoza es el matón de Elizabeth Velutini. Hace todo lo que ella le dice. —Michael pareció perder interés en aquella pareja—. ¿Decías en serio lo del picnic o era solo una excusa para rescatarme?
Clare respiró hondo y se armó de valor.
—Eso depende de si Elizabeth Velutini es tu suegra o no.
Michael alzó las cejas sardónicamente.
—Parece que alguien te ha estado contando chismes.
—Fue Eddy Rivera, el de la gasolinera —admitió Clare.
—El bueno de Eddy. Bueno, en parte tiene razón. Me casé con la hija de Elizabeth Velutini hace veinte años —miró al Cadillac ya lejano.
—¿Y? —insistió Clare.
—¿Y qué? —Michael volvió a mirarla.
Clare suspiró.
—¿Todavía estás casado?
—No.
Clare disimuló su alivio sacudiendo la cabeza de mala gana.
—Si tuviera que esperar a obtener respuestas de ti, tendría que esperar hasta que se helara el infierno, ¿verdad?
Él sonrió levemente.
—Y a ti te gustan las respuestas, ¿no es cierto?
—Necesito unas cuantas antes de irme a la cama contigo —repuso ella con calma.
Michael no se movió. Su semblante se animó con repentina intensidad.
—¿Todavía consideras la posibilidad de irte a la cama conmigo?
—Sí.
Él se limitó a asentir, pero una alegría exultante brillaba en sus ojos grises.
—Si de verdad preparas un pícnic, yo te daré unas cuantas respuestas sobre Elizabeth Velutini.
—Trato hecho. —Clare se dio la vuelta y se dirigió hacia su coche.
—Te recogeré dentro de una hora. Y ponte zapatillas de deporte —dijo Michael tras ella, alzando la voz—. Ahí arriba, en la cascada, el suelo resbala.
