Cap. 7: Disculpas II
—Por desgracia, no. Yo no era del tipo que esos chicos encuentran fascinante. Por un lado, no era muy bonita. Y por otro, era demasiado seria. Desde el primer día de colegio, comprendí que tenía que llegar a algo. Siempre tenía la cabeza metida en un libro. Cuando salí del liceo, me zambullí de cabeza en la carrera.
—Y esos chicos que robaban tapacubos, conducían demasiado deprisa y llevaban el pelo largo, dejaron de interesarte, ¿no es así? En tu elegante estilo de vida, no había sitio para un tipo así.
Clare no estaba dispuesta a dejarse vencer.
—No sé si habríamos encajado o no. Ya te lo he dicho: nunca tuve oportunidad de conocer a alguien así.
—Por suerte para ti. Si no, podrías haberte quedado embarazada a los dieciocho, como Sofía Velutini.
Clare vaciló un momento.
—¿Dejaste embarazada a la hija de Elizabeth Velutini?
—Sí.
Clare comenzó a irritarse.
—¿Y bien? No te pares ahí. ¿Cómo ocurrió?
Le lanzó una mirada de sorna.
—De la manera habitual.
—Basta, Michael. Sabes perfectamente lo que quiero decir.
Él suspiró lentamente.
—Sofía Velutini era la princesa de la Colonia Tovar. Era la chica más rica del pueblo, la más guapa y la alumna mejor vestida del liceo. El día que cumplió dieciséis años, sus padres le regalaron un descapotable rojo. Podía salir con cualquier chico que se le antojara. Era un año más joven que yo y yo estaba tan loco por ella como cualquier otro chico del pueblo.
—¿Y ella qué sentía por ti?
—Me encontraba interesante. Pero sus padres la vigilaban de cerca.
—Ah, el viejo síndrome del fruto prohibido.
—Por ambas partes, en este caso —admitió Michael—. Pero entre nosotros no ocurrió nada hasta que me fui al servicio militar. Para mí, el ejército era un modo de escapar de la Colonia Tovar, y me enrolé el mismo día que salí del liceo. Eddy Rivera se fue conmigo. El verano de mi diecinueve cumpleaños, volví a casa de permiso y allí estaba Sofía, recién graduada y preparándose para irse a la universidad. Me echó una mirada y decidió averiguar a qué sabía el fruto prohibido.
—Y tú le echaste una mirada y decidiste probar cómo era acostarse con una auténtica princesa.
—Más o menos. Pero ninguno de los dos era tan maduro como pensaba. Yo creía saber todo lo necesario para tomar precauciones, y Sofía creía saber todo lo necesario acerca de los días seguros del mes y de otros métodos míticos de evitar el embarazo. El resultado fue que corrimos ciertos riesgos que no debimos correr.
—Y Sofía se quedó embarazada.
Michael asintió con indiferencia.
—Aquello fue un infierno. Sofía estaba muy asustada. Su madre no dejaba de gritarle, y su padre amenazó con mandarme a la cárcel o pegarme un tiro. Los dos convinieron en que lo mejor era librarse del embarazo lo más rápida y discretamente posible. A nadie se le ocurrió que Sofía se casara conmigo y tuviera al niño.
—Así que escaparon—concluyó Clare.
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—Creíamos que estábamos enamorados. O por lo menos, yo lo creía. También creía que debía protegerla de sus padres. Creo que la pobre Sofía no pensaba en absoluto. Estaba hecha un manojo de nervios, dividida entre sus padres furiosos y el chico del lado malo de la cascada. Yo me encargué de todo, la saqué de casa y me la llevé de la ciudad antes de que pudiera pensárselo dos veces. Nos casamos en Maracay y luego la llevé a la base del ejército donde estaba destinado. Matthew nació siete meses después.
—¿Matthew?
—Mi hijo.
Clare sonrió al notar un leve deje de orgullo en su voz.
—¿Qué le ocurrió a Sofía?
Michael arrojó un puñado de piedritas a la cascada.
—Sus padres pensaron que podían obligarla a volver a casa si amenazaban con desheredarla. Nunca dejaron de presionarla. Y Sofía no aceptó de buen grado la maternidad. Para empezar, ella no había decidido tener a Matthew. Todo había sido un estúpido accidente, y decidió que no tenía por qué pagar por ello el resto de su vida. Tal vez tuviera razón. En fin, no lo sé.
—Era muy joven.
—Sí, es verdad. Sofía y yo discutíamos mucho. Un día volví a casa y descubrí que se había marchado. Dejó una nota diciéndome que Matthew estaba en casa de unos vecinos y que ella ya no aguantaba más. Que su vida estaba arruinada y que iba a volver con sus padres. Quería empezar de nuevo. Nunca volví a verla. Se mató en un accidente de tráfico, en la autopista regional del centro. Sus padres nunca me perdonaron. En el funeral, me dijeron que no querían volver a verme a mí ni a mi hijo. Y yo cumplí encantado sus deseos.
—¿Y no has vuelto a casarte?
Michael sacudió la cabeza.
—Supongo que con una vez tuve bastante. Además, estaba muy ocupado con mi hijo. Crie a Matthew yo solo. Cometí muchos errores por el camino, pero lo saqué adelante —sus ojos se dulcificaron—. Acaba de terminar su primer año en la universidad Central. Y muy bien, por cierto. Quiere ser ingeniero.
—Felicidades —dijo Clare suavemente. Apoyó los codos sobre las rodillas levantadas y descansó la barbilla sobre sus manos—. Habrá sido duro a veces.
Michael hizo una mueca.
—No sabes cuánto. Como te decía, cometí muchos errores. Te aseguro que no querría pasar por ello otra vez. Pero Matthew y yo sobrevivimos.
—¿Y esa es la gran saga de Michael Escotet y el pueblo de la Colonia Tovar?
Él la miró.
—Esa es.
—Creo que entiendo por qué no has vuelto hasta ahora.
Michael siguió observando su tiara.
—Ya he contestado a tus preguntas.
Clare sintió calor en las mejillas y apartó la mirada.
—Sí, así es.
—Yo también tengo unas cuantas preguntas que hacerte —dijo Michael suavemente.
Complacida porque al fin mostrara un verdadero interés por su pasado, ella lo miró.
—¿Ah, sí?
—La mayoría puede esperar.
—Ah. —Clare se sintió levemente decepcionada.
—Todas, salvo una. —Michael extendió los brazos y la tumbó suavemente sobre su pecho—. Es una pregunta muy directa. Para contestarla, no hace falta más que un o un . —Clare intentó conservar el aplomo, pero no se apartó. Apoyándose contra él, lo miró fijamente—. ¿Sí o no, Clare?
El rugido de la cascada atronaba sus oídos y la suave fragancia de los bosques bañados por el sol la rodeaba. Tenues penachos de niebla y mágicas criaturas de luz volaban allá arriba, en el cielo. Una de sus piernas, enfundadas en vaqueros, se deslizó entre los muslos de Michael y allí quedó atrapada. El cuerpo de Michael era fuerte, fibroso y duro, infinitamente tentador. Sus ojos eran pozos de fuego gris, listos para arder en llamaradas.
Clare comprendió con cegadora claridad que se estaba enamorando.
—Sí —musitó, y alzó la cabeza para besarlo.
