Librería
Español
Capítulos
Ajuste

Cap. 4: Encontrando el pasado

La bruma escarlata y el agua roja, atronadora, rugían más allá. La cascada se había transformado en sangre.

Allá arriba, en lo alto, se abrían las fauces negras de la caverna. Escondida entre sus densas sombras, permanecía la entrada a la pequeña gruta. La opresiva sensación de anhelo y desesperación que se apoderaba dolorosamente de él en oleadas sucesivas tenía su origen en aquel recóndito lugar.

Él iba abriéndose paso por la senda que se ocultaba tras la cascada. Sabía que no sería libre hasta que descubriera qué era lo que lo llamaba desde el interior de la caverna, fuera lo que fuera. No podía marcharse hasta que hubiera cumplido lo que se le pedía. Pero también sabía que no podía hacerlo solo. La necesitaba a ella, pero ella debía acudir a él voluntariamente, o ambos quedarían atrapados para siempre.

Michael se despertó de pronto, estremeciéndose a medida que aquel fragmento de sueño se desvanecía. Cada vez era peor. Había tenido aquel sueño muchas veces durante los veinte años anteriores, pero nunca de manera tan intensa, tan vívida y perturbadora como ese verano.

Se sentó al borde de la cama. Hizo amago de encender la lámpara, pero en el último instante cambió de idea. No necesitaba luz para saber que le temblaban las manos. Podía sentir su leve estremecimiento.

Aturdido, se puso en pie y bajó, desnudo, a la vieja y anticuada cocina. Abrió la maltrecha nevera y se quedó contemplando su contenido al tenue resplandor de la luz interior. Podía elegir entre unos restos de ensalada de atún, queso en lonchas, pepinillos y cerveza. Eligió la ensalada y la cerveza. Cerró la nevera y llevó la botella y el cuenco a la rayada mesa de roble donde, de niño, solía engullir sus azarosas comidas.

A la tía Jesse no le gustaba cocinar, ni para ella ni para el pequeño sobrino que había aterrizado en su puerta tras la muerte de su madre. Estaba mucho más interesada en su desahuciada carrera de poeta. Michael había aprendido muy pronto a almacenar comida en el frigorífico. Si se le olvidaba hacer la compra, Jesse y él no comían.

Al echar la vista atrás, se daba cuenta de que aquella experiencia casera le había servido como preparación para el futuro. Eso, al menos, se lo debía a Jesse.

Ahora, a los cuarenta, le resultaba más fácil sentir simpatía por las excentricidades de la tía Jesse, por su tempestuoso temperamento de poetisa, por su tendencia a sumirse en largos períodos de depresión y por su deseo de estar sola. Ella nunca había querido ni necesitado a nadie y, sin embargo, se había visto atada a Michael.

Por fin dejaron de temblarle las manos. Abrió hábilmente la botella de cerveza y bebió un largo trago pensando en lo mal que se había comportado aquella tarde. Seguramente había obtenido lo que se merecía.

¿Qué demonios le ocurría desde hacía unas semanas? Era incapaz de quitarse a Clare Herrera de la cabeza. Ella lo obsesionaba casi tanto como aquellos retazos de sueño. Pero había creído que respecto a Clare podía hacer algo, ya que frente al sueño se hallaba indefenso. Podía llevarse a Clare a la cama y satisfacer su obsesión por ella.

Pero esa noche había ido demasiado lejos. Había embrollado desatinadamente aquella situación, delicada y frágil como una telaraña, y todo se había desintegrado en un instante.

Se había comportado como un idiota. Pero lo hecho, hecho estaba. Él estaba acostumbrado a dejar sus errores atrás. Tenía mucha práctica. El problema ahora consistía en descubrir un modo de recuperar el terreno perdido al intentar abalanzarse sobre ella.

Porque de algún modo tenía que lograr que le permitiera volver a verla.

----

-¿Quiere que le limpie el parabrisas, señorita Herrera?

Clare sonrió a través del cristal polvoriento al hombre larguirucho, vestido con un mono verde. Eddy Rivera esperó sosteniendo en el aire su útil con borde de goma.

—Sí, por favor, Eddy. Le hace falta.

—Ya lo creo. Si algo nos sobra por aquí en verano es polvo. ¿Está esperando a Michael para ir a la oficina de envíos?

La sonrisa de Clare se volvió áspera. Al parecer, todo el mundo en La Colonia Tovar sabía que Michael y ella habían estado saliendo juntos.

—Sí, así es. ¿Lo has visto esta mañana?

—No. —Rivera miró más allá de los surtidores, hacia el pequeño edificio de la oficina de envíos, al otro lado de la calle principal—. Aún no lo he visto. Hoy ha venido usted un poco pronto.

—Sí —admitió Clare suavemente—, es cierto.

Esa mañana, había bajado temprano al pueblo, precisamente porque quería encontrarse a Michael cuando este fuera a recoger su correo.

Para Clare, la oficina de envíos era terreno neutral. Le parecía menos arriesgado intentar restablecer las líneas de comunicación con Michael allí donde se habían visto por primera vez, en vez de arriesgarse a ir a la vieja y desvencijada casa que le servía de alojamiento.

Rivera la miró a través del parabrisas mientras repasaba lentamente el cristal. Rivera lo hacía todo con una letárgica falta de interés.

—He oído que Michael y usted se llevan muy bien.

—¿De veras? —dijo Clare fríamente. Lo último que quería era hablar de su relación con Michael. Sobre todo, con el dependiente de una gasolinera.

—Estaba claro que Michael iba a probar suerte con la primera mujer de primera que hemos visto por aquí en mucho tiempo. Él siempre se iba a por las mejores. Los chicos se preguntaban que a santo de qué picaba tan alto. Pero yo siempre le decía: . Nosotros solíamos pasar mucho tiempo hablando de mujeres.

Clare miró más despacio al hombre que le había estado llenando el depósito una vez a la semana durante el último mes. Por primera vez, cayó en la cuenta de que Eddy Rivera era más o menos de la edad de Michael, tal vez un año o dos menos. Y la asombró que aquellos dos hombres hubieran sido amigos mientras crecían, allí, en La Colonia Tovar.

Aquella idea le causó una honda impresión. Eddy Rivera parecía proceder de un mundo totalmente distinto al que habitaba Michael. Aquella constatación no procedía únicamente del mono verde y las pesadas botas de estilo militar que Rivera llevaba puestos. Ni del pelo rubio y ralo que le caía hasta la clavícula. Se debía a algo más, a algo que tenía que ver con la expresión de perpetua amargura que caracterizaba lo que tal vez, en otro tiempo, había sido un bello rostro. Rivera era de esos hombres que se pasaban la vida culpando a los demás y al desabrido universo por todo lo que le salía mal. Parecía un hombre que había visto muchos sueños convertirse en humo.

—¿Michael y usted eran amigos de pequeños? —aventuró ella.

—Claro. Solíamos salir por ahí juntos. Pero perdimos el contacto cuando se fue del pueblo. Yo pasé unos años en el ejército y luego volví aquí. Pero Michael, no. Michael probó suerte fuera de aquí. No había regresado hasta este verano. Me pregunto por qué habrá vuelto ahora. Nunca le gustó este sitio y, después de lo que hizo, la mayoría de la gente del pueblo no le tiene mucha simpatía.

Clare se dispuso a hacerle otra pregunta. Su curiosidad acerca de Michael había vuelto a desatarse. Pero antes de que pudiera abrir la boca, el ronquido familiar del Jeep llamó su atención.

—Ahí está. Parece que están bien sincronizados. —Rivera metió el limpiacristales en un cubo y se acercó a la ventanilla de Clare—. 2 bolívares por la gasolina.

—Gracias, Eddy. —Clare tomó el bolso sin apartar la vista del Jeep negro que se había detenido frente a la oficina de envíos.

Rivera tomó el dinero y miró a Hunter que, vigilante, permanecía sentado en el asiento del pasajero.

—Menudo perro se ha buscado.

Hunter bostezó mostrando todos sus dientes. Estaba acostumbrado a tales observaciones.

—Es un alivio tenerlo cerca, a veces —murmuró Clare acariciando la cabeza del animal.

—Sí, una mujer que vive sola, necesita un perro. Yo antes tenía uno. Un pastor alemán bien bonito. Pero se murió hace un par de años. —Rivera giró la cabeza para mirar a otro coche, un viejo Cadillac azul que acababa de pararse en el aparcamiento de la oficina de envíos.

—Será mejor que me vaya —dijo Clare girando la llave en el contacto.

—Si yo fuera usted, no entraría ahora mismo en la oficina de envíos —le advirtió Eddy—. A no ser que quiera verse metida en un auténtico embolado.

Había una sonrisa torcida en su cara, como si le causara un placer perverso desvelarle lo que iba a ocurrir.

—¿Pasa algo? —preguntó Clare.

—Puede ser. ¿Ve ese Cadillac azul de ahí enfrente?

—Sí.

Michael había entrado en la oficina de envíos. Al parecer, aún no había visto su coche aparcado al otro lado de la calle. O, si lo había visto, había preferido hacer caso omiso.

—¿Ve a esa señora que sale del Cadillac?

—¿Qué pasa con ella? —preguntó Clare, impaciente. Miró un momento a la mujer de pelo gris y aspecto regio que salía lentamente del lado del pasajero del Cadillac, ayudada por el conductor, un hombre alto y gordo de unos cincuenta años cuya barriga tensaba los botones de su camisa.

—Esa es la señora Velutini en persona. Los Velutini han sido los dueños de casi todo en este pueblo desde la época de mi bisabuelo.

—¿Ah, sí?

Rivera pareció notar su falta de interés. Apoyó una mano grasienta sobre el techo del Buick de Clare y se inclinó para mirarla achicando los ojos.

Descarga la aplicación ahora para recibir recompensas
Escanea el código QR para descargar la aplicación Hinovel.