Cap. 3: Encantos II
Clare vaciló un momento, aturdida por las amenazas implícitas de Michael y del perro, que parecían viciar el aire a su alrededor. Luego se impuso el sentido común.
—Tranquilo, Hunter —dijo con firmeza—. Buen chico. Échate, Hunter. No pasa nada. Vamos, pequeño. Échate.
El enorme perro parecía indeciso. Observó a su ama entre los brazos de Michael. Luego le lanzó a este una mirada desconfiada.
—Vamos —dijo Michael—. Ya has oído a tu ama. Ve a echarte. No voy a hacerle daño.
Con un último y quejumbroso gruñido, Hunter se dio la vuelta de mala gana y se dirigió a un rincón de la habitación. Allí se tumbó obedientemente, pero sin quitarle ojo a Clare.
—Lo estás poniendo nervioso —dijo ella—. Y a mí también.
—Lo mismo digo. Tú llevas semanas, volviéndome loco. —Michael deslizó los dedos entre su pelo, liberando la melena leonina de su atadura—. Hacía mucho tiempo que quería hacer esto —añadió complacido cuando el cabello de Clare cayó suelto sobre sus manos. Inclinó la cabeza y, al mismo tiempo, le alzó la barbilla con los pulgares.
Clare se quedó de pronto sin aliento. El misterioso destino al que había estado tentando un mes entero por fin la había acorralado. Tras postergar tanto tiempo lo inevitable, se sintió embargada por el deseo de rendirse a ello, de experimentarlo por entero.
Michael dejó escapar un suave gruñido cuando Clare alzó los brazos y le rodeó el cuello.
—Eso es, cariño. Por fin lo has comprendido. Así tiene que ser. ¿Por qué demonios has sido tan testaruda y esquiva todas estas semanas? —La besó con avidez, apretándola contra su cuerpo.
El beso fue exactamente lo que Clare esperaba y, sin embargo, le resultó extrañamente inesperado. Aquella caricia íntima era exótica, casi extraterrestre y, al mismo tiempo, lo más natural del mundo. Era como si Michael fuera una nueva y extraña forma de vida masculina que ella acababa de descubrir. Y, sin embargo, era como si ya lo conociera de otro tiempo y otro lugar; como si lo conociera y lo temiera.
El sabor de su boca era como Clare lo había imaginado y, al mismo tiempo, era nuevo, extraño y perturbador. Michael era tan exigente como ella sospechaba, pero descubrió dentro de sí el súbito deseo de responder a sus demandas con otras de su cosecha.
Los brazos de Michael se tensaron en torno a ella, y sintió la dureza de su pelvis restregarse contra ella. Michael la deseaba, no era ningún secreto. Algo brotó dentro de ella, y aquel apasionado beso amenazó con descontrolarse. Era como si hubiera estado esperando a aquel hombre y aquel beso toda su vida.
Apenas era consciente de los movimientos deslizantes, tentativos, acariciadores de las manos de Michael sobre su cuerpo hasta sus caderas. Sintió que con las puntas de los dedos le rozaba de pasada la prominencia de los pechos, y un sofoco sensual, se apoderó de ella. Cuando él la agarró de las nalgas y la apretó con fuerza contra su cuerpo fibroso y duro, Clare se estremeció y dejó escapar un leve gemido. Él se apartó lentamente, de mala gana, y empezó a hablarle mientras le iba sacando la camisa de los pantalones.
—Sabía que contigo sería así —susurró Michael inhalando la fragancia de su pelo. El deseo hacía que le temblaran las manos—. Apasionado, dulce y ávido al principio. Tengo la sensación de llevar esperándote mucho tiempo.
—Oh, Michael, quisiera…
—Shh, no intentes hablar. Ahora no —pasó un dedo sobre sus labios entreabiertos y le centellearon los ojos al contemplar su expresión indecisa—. La primera vez será rápida, dura, salvaje. Pero después nos tomaremos todo el tiempo del mundo. Pero no la primera vez. En este momento, te deseo demasiado —introdujo las manos bajo la camisa de Clare y las subió buscando las suaves curvas de sus pechos.
El leve sonido del corchete del sostén al abrirse hizo que Clare se apartara del borde de aquel abismo. Parpadeando rápidamente, procuró despejar la neblina que enturbiaba su mente. Experimentaba una extraña sensación de disolución, como si partes importantes de su ser estuvieran girando salvaje e incontroladamente. Se preguntó un instante si sería así como se sentía la polilla al acercarse a la llama. Un instinto primitivo y femenino se apoderó de ella devolviéndole la cordura.
—No —dijo con un suplicante hilillo de voz—. No, Michael —repitió, esta vez con mayor firmeza—. Ahora no. Esta noche no. Yo no… no estoy preparada. Quiero pensar. Esto no es lo que…
Él la acalló con un beso impaciente y con las palmas de las manos cubrió ávidamente sus pezones erectos.
—Te deseo.
—Eso no es suficiente.
—Tú también me deseas.
—Sigue sin ser suficiente. Por favor, suéltame, Michael.
Por un instante, Clare creyó que no iba a soltarla, y comprendió con inquietante lucidez que, si no lo hacía, ella se vería arrastrada de nuevo al borde del abismo y que esta vez saltaría con él a aquella sima de oscuridad aterciopelada.
Pero no estaba preparada para ello. Aún no. Había demasiadas cosas que no sabía ni comprendía respecto a Michael Escotet.
Entonces, de pronto, se encontró libre. Michael dio media vuelta y se apartó de ella bruscamente, pasándose una mano por el pelo negro. Se detuvo frente a la ventana de la casita y miró afuera, hacia la oscuridad nocturna. Hunter lo observaba atentamente, pero no se movió.
—¿Qué pasa contigo? —dijo sin girarse. La línea rígida de sus anchos hombros dejaba traslucir su irritación—. ¿A qué viene este constante tira y afloja? Es un juego de adolescentes. Y tú no eres una niña.
Clare cerró los ojos.
—No, en eso tienes razón. No soy exactamente una niña —abrió los ojos y miró su espalda—. Pero tú tampoco eres un niño. ¿A qué viene esa rabieta porque no quiera enrollarme contigo, como dicen los chicos? Tienes cuarenta años, Michael. Eres demasiado mayor para actuar como un adolescente que no consigue lo que quiere en el asiento trasero de un coche.
Michael se dio la vuelta. Sus ojos grises parecían iluminados por una indescifrable mezcla de emociones.
—Lo siento —dijo lacónicamente—. Supongo que he malinterpretado las señales.
—Supongo que sí —dijo ella secamente, sintiendo que se le encogía el corazón. No quería que la velada acabara de aquel modo.
Él no se movió. Por un instante, se miraron el uno al otro sin ofrecerse un modo amable de ponerle fin a aquella embarazosa situación.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó Clare finalmente, sin poder evitarlo—. ¿Qué echemos un par de polvos? ¿Qué nos enrollemos una noche?
—¿Te parezco estúpido? Nadie con un poco de cerebro busca un rollo de una noche en estos tiempos.
—Cierto —dijo Clare—. Y bien, entonces, ¿qué quieres?
—¿No es evidente? —Se metió las manos en los bolsillos traseros del pantalón y empezó a pasearse por la pequeña habitación—. Quiero tener una aventura contigo.
—¿Una aventura que dure unos pocos días? ¿Varias semanas? ¿O todo el verano, tal vez?
Él le lanzó una mirada centelleante.
—Sí, tal vez todo el verano puede que más. Qué más da, cuánto dure, por todos los santos, mientras los dos estemos a gusto. Maldita sea, ¿quién demonios puede contestar a esa pregunta? ¿Es que siempre tienes que obtener respuesta para todo?
Clare entrelazó los dedos y se los miró.
—Soy una mujer de negocios —le explicó con suave tono de disculpa—. Me gustan las respuestas. Suelo mirar antes de arrojarme al vacío.
—¿Y fríes a preguntas a todos los hombres que se interesan por ti? ¿Tienes que analizarlo todo hasta la saciedad? ¿Obtener todas las respuestas antes de aceptar cualquier riesgo? No me extraña que no te hayas casado.
Clare alzó la cabeza rápidamente, sintiendo que la furia se apoderaba de ella.
—Sal de aquí, Michael.
Él dejó de pasearse por la habitación e hizo una mueca.
—Lo siento —masculló ásperamente—. Eso estaba fuera de lugar.
—Sí, lo estaba. Y ahora quiero que te marches. Inmediatamente.
Él volvió a pasarse los dedos por el pelo.
—Mira, olvida lo que acabo de decir, ¿de acuerdo? No tenía derecho a hacerlo.
—Ningún derecho, en efecto. Ahora vete antes de que azuce a mi perro contra ti.
Hunter gruñó obedientemente, se puso en pie y miró con fijeza a Michael.
—No me amenaces con tu maldito perro. —Michael le lanzó al animal una mirada desdeñosa y luego se acercó a Clare—. Si quieres echarme, hazlo tú misma.
—Eso, intento.
Michael se detuvo a unos pocos pasos de ella y la miró con rabia contenida y con algo más; algo que parecía desesperación. —He dicho que lo siento.
Clare alzó la cabeza.
—¿Por qué te molestas en disculparte? Estoy segura de que lo has dicho en serio.
—No, no lo he dicho en serio —estalló él—. Créeme, me arrepiento sinceramente de cada palabra. Ojalá hubiera mantenido la boca cerrada.
Clare se acercó a la puerta y la abrió.
—Bien. Ahora, por favor, vete.
—Clare, espera. Quiero hablar contigo.
—No tenemos nada que hablar.
Él avanzó lentamente hacia la puerta abierta.
—Me preguntó si te arrepentirás de esto tanto como yo.
—Seguramente no —dijo ella con aspereza—. Yo no tengo nada de que arrepentirme.
—Qué suerte. —Michael pasó a su lado y salió al exterior.
Clare cerró la puerta y se apoyó contra ella. Afuera, en el jardín, el motor del Jeep negro de Michael despertó rugiendo. Clare lo oyó un momento. Luego dejó escapar un profundo suspiro y miró a Hunter.
—Creo —le dijo al perro— que acabo de cometer uno de los mayores errores de mi vida. O he estado muy muy cerca de hacerlo. —Hunter se acercó y se reclinó contra ella, ofreciéndole silencioso consuelo. Clare acarició su pelaje con mano temblorosa—. A veces me asusta, Hunter. Pero también me fascina. No logro sacudirme la sensación de que lo conozco de otro lugar, o de otra época. Una parte de mí me dice que es peligroso, pero no consigo saber por qué. ¿Y por qué tengo esta extraña sensación de que me necesita? O, lo que es aún peor, ¿por qué lo necesito yo?
