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Cap. 2: Encantos

— Tranquilo, Hunter, que voy a darte tu cena. Desde que estás conmigo, no te ha faltado ni una sola comida, ya lo sabes —le dije riendo con dulzura al enorme perro mestizo, que estaba sentado y expectante junto a mi silla. Tendí una mano para acariciarle las orejas y el animal, inclinándose hacia delante, apoyó su pesado hocico sobre mi muslo—. Cualquiera diría que estás muerto de hambre.

— Puede que lo estuviera antes de conocerte. — Michael miró con fastidio al perro. Aquel monstruo y él no se profesaban afecto, y ambos lo sabían. Procuraban comportarse civilizadamente el uno con el otro cuando Clare estaba delante, pero su relación acababa ahí—. O puede que su estómago sea un barril sin fondo. Es el perro más feo que he visto en toda mi vida, Clare. No es alegre. Ni simpático. Ni siquiera sabe hacer trucos. No tiene ni pizca de gracia. Y eso que a mí me gustan los perros.

Clare sonrió con benevolencia. Sus ojos brillaban alegremente.

—Él habla muy bien de ti cuando no estás.

—Apuesto a que sí. Me arrancaría la garganta en un abrir y cerrar de ojos si pudiera. — Michael sonrió fugazmente enseñando los dientes—. Solo me tolera porque no quiere ofenderte. Seguramente teme que le disminuyas la ración si toma la costumbre de destrozar a tus invitados a dentelladas.

—Si ha llegado a esa conclusión, él solito, no creo que puedas decir que es un perro tonto.

—Yo nunca he dicho que fuera tonto. Solo que es muy antipático.

—Sí —dijo Clare, pensativa—. No puede decirse que sea simpático. Claro que, a mí nunca me ha atraído particularmente la simpatía.

añadió para sus adentros .

Michael era muchas cosas... pero definitivamente simpático no era. Se podría compararse con Hunter, fuerte, vivo y sin duda peligroso cuando lo provocaban.

Pero lo cierto era que ella sabía tan poco del pasado de Michael como del de su perro. Sabía que poseía un apartamento en Caracas, que tenía cuarenta años, y que los aparentaba. En su rostro había cierto número de inflexibles arrugas. Su pelo, casi negro, estaba entreverado de gris en las sienes. Aquello habría podido darle un aire distinguido de haber tenido esos rasgos agradables y regulares de los empresarios de éxito, de los médicos o de los abogados. Pero Michael no tenía esa clase de rasgos, y el hermoso efecto que producían las canas de su pelo le daba el aspecto de un lobo bregado en mil batallas.

En las escasas semanas que hacía que lo conocía, lo había visto invariablemente vestido con vaqueros, camisas de algodón descoloridas y zapatillas de deporte gastadas. Y de manera indefinible, aquel uniforme le iba como anillo al dedo.

—¿De dónde sacaste al monstruo? —preguntó Michael despreocupadamente, sirviéndose un poco más de menestra de verduras.

—Me lo encontré en el prado —sonreí recordando—. Nos miramos el uno al otro, y comprendimos que era cosa del destino.

—Ya. Lo más seguro es que él te echara un vistazo y comprendiera que eras pan comido. Para empezar, sospecho que seguramente había una buena razón para que ese perro estuviera en el prado.

—Estaba abandonado —ella acarició el pelo áspero del animal, y Hunter se recostó pesadamente contra su pierna. Sus ojos marrones, expectantes, la miraron con inconfundible adoración.

—No me extraña que alguien lo abandonara. Porque, ¿qué demonios es, si puede saber? Aparte de medio dragón, claro.

—No estoy segura. Una vecina me dijo que parecía una mezcla de mastín de Rodesia con algo más.

—Apuesto a que, antes de conocerte, se ganaba la vida como basurero.

Hunter enseñó los dientes ferozmente, y luego intentó disimular lanzando un bostezo perruno.

—¿Y tú cómo te ganabas la vida antes de convertirte en escritor? —preguntó Clare de pronto. Su curiosidad respecto a Michael crecía de día en día. Se sentía profundamente atraída por él, pero le desagradaba la idea de sentir atracción, por lo que no comprendía.

Estaba acostumbrada a controlar su vida y a sí misma.

—Con lo que surgiera. Estuve en el ejército un tiempo. Y después trabajé sobre todo en la construcción. Luego, mis libros empezaron a venderse.

Ella sabía que sus preguntas lo impacientaban. Aquella era una de las pocas que se había molestado en contestar. Clare paladeó aquel pequeño bocado de información.

—¿Quieres más arroz?

—Gracias. —Michael tomó el tazón con soltura—. No te ofendas, pero ¿solo sabes hacer verduras salteadas y arroz? Me has puesto lo mismo cada vez que he venido a cenar.

Clare sonrió.

—Es el único plato que pongo cuando tengo invitados. Nunca he tenido tiempo de aprender a cocinar de verdad. Además, me gustan las verduras. Procuro mantener mi peso bajo control.

—Supongo que es una suerte que a mí también me gusten las verduras. —Michael roció su nueva ración con salsa de soja.

—Parece que Hunter no es el único con un hambre de lobo.

—Yo tengo excusa —dijo Michael con la boca llena de arroz—. Esta tarde he estado trepando.

—¿Has vuelto a subir a lo alto de la cascada?

—Sí.

—Realmente te fascina ese sitio, ¿verdad?

—Uno de estos días te llevaré allí al atardecer. La vista es increíble. El agua capta los rayos del sol de tal modo, que se vuelve del color de la sangre.

Clare se estremeció.

—¿De ahí sacaste el título del libro que estás escribiendo?

—¿Fosca de sangre? Sí —sus ojos grises, de pesados párpados, escudriñaron el rostro de Clare mientras dejaba el tenedor y tomaba la copa de vino.

La mirada de Escotet ejercía un efecto desconcertante sobre Clare. Esa era una de las razones por las que había procurado mantenerlo a distancia desde que lo conoció en la oficina de envíos del pueblo, unas semanas antes. Había percibido algo turbador y peligroso en aquella mirada y, sin embargo, no había podido resistirse cuando, unos días después, él prácticamente se invitó a cenar en su casa.

Una cena había llevado a otra y ahora allí estaba Clare, casi un mes después, jugando a aquel inquietante tira y afloja sexual con un hombre al que no lograba conocer. El sentido común la aconsejaba que cortara por lo sano aquella relación antes de quedar atrapada, pero Clare se sentía incapaz de hacerlo. Sentía demasiada atracción hacia él, demasiada curiosidad, demasiada fascinación. Estaba decidida a saber más acerca de su vecino estival.

—¿Qué has hecho hoy? —preguntó Michael, como si percibiendo el rumbo que habían tomado sus pensamientos quisiera distraerla.

—Lo de siempre. —Clare sonrió y le dio a Hunter un trozo de brócoli. El perro lo engulló como si fuera un pedazo de la mejor carne—. Desayuné, redacté unos cuantos currículos y cartas para mandarlos a las agencias de empleo, recogí el correo, di un largo paseo con Hunter y leí unos cuantos capítulos de El precio del terror.

—Parece que estás teniendo unas vacaciones fantásticas, ¿no? ¿Se puede saber por qué elegiste este pueblucho? ¿Cómo es que no te fuiste a la costa?

Clare se removió incómoda. Ella misma se había hecho aquella pregunta más de una vez.

—No sé qué me hizo decidirme por esta parte del estado. Quería un lugar tranquilo. Un día estaba mirando un mapa, vi la Colonia Tovar y se encendió una lucecita en mi cabeza. Me decidí al instante.

—Y aquí estás, dándome de comer e intentando acabar de leer una de mis novelas. Supongo que los caminos del destino son inescrutables. Pero no es precisamente halagüeño para mí que estés tardando tanto en acabar mi libro —la boca de Michael se curvó hacia arriba en una irónica sonrisa.

Clare, que estaba dándole otro bocado a Hunter, alzó los ojos.

—No puedo leer mucho de una vez —dijo sinceramente—. Me da muchísimo miedo.

Michael se encogió de hombros.

—Será porque nunca antes habías leído novelas de terror.

—Reconozco que nunca han sido mis predilectas. Pero ahora que he leído más de la mitad de tu libro, por fin sé por qué he tenido el buen sentido de evitar el género de terror todos estos años. Tu novela me causa pesadillas si la leo antes de irme a la cama, Michael.

—Supongo que debería sentirme halagado por ello —contestó él suavemente—. A mí me pagan por asustar a la gente.

Clare frunció el ceño.

—¿Cómo puedes escribir esas cosas? ¿No te molesta? ¿No te asustas con tus propias fantasías?

—Cuando mis fantasías logran asustarme, sé que voy por el buen camino.

Clare sacudió la cabeza notando una extraña frustración.

—Me pregunto si alguna vez lograré entender del todo cómo funciona tu mente.

—¿Eso te preocupa? —preguntó Michael con suavidad. Se recostó en la silla, estiró las piernas bajo la mesa y apuró el vino. Bajo los párpados entrecerrados, su mirada era aguda e inquisitiva—. ¿Es esa la razón de que estemos jugando a este juego de mírame y no me toques? ¿Intentas averiguar cómo funciona mi mente antes de permitir que te lleve a la cama?

Clare se quedó muy quieta. Bajo su mano, Hunter se puso alerta y miró a Michael con ojos acusadores, como si lo retara a ofender de nuevo a su ama.

—No sabía que estábamos jugando a algo —dijo Clare adoptando la compostura que siempre le había servido en el mundo de los negocios—. Pensaba que nos estábamos haciendo amigos. Si crees que estoy jugando a algo, quizá prefieras marcharte.

Hunter no gruñó, pero sus labios se abrieron lo justo para enseñar sus dientes. Michael miró primero al perro y luego a Clare.

—Olvídalo —dijo levemente divertido—. No te librarás de mí tan fácilmente. Pero tampoco dejaré que te me escapes. Sabes perfectamente que estás haciendo todo lo posible por mantenerme en suspenso desde que nos conocimos. No dejas que me acerque, pero tampoco que me vaya.

Clare lo observó fijamente, cada vez más irritada.

—Ya veo. De modo que, ¿no estás interesado en hacer amigos? ¿Te has estado invitando a cenar varias veces por semana solo porque estabas inquieto y aburrido? ¿Crees que pasarás un verano más divertido en La Colonia Tovar si te buscas una amante?

Michael la miró largamente.

—Por si te interesa saberlo —dijo al fin cuidadosamente—, a mí la Colonia Tovar nunca me ha parecido divertido, con o sin amantes.

Clare se sonrojó percibiendo una intensidad salvaje tras sus palabras.

—Entonces, ¿por qué has vuelto después de casi veinte años de ausencia?

Michael se inclinó hacia delante y dobló los brazos sobre la mesa.

—Ya te he explicado por qué estoy aquí. Debo tomar una decisión respecto a la casa de tía Jesse, y necesitaba un lugar tranquilo para terminar Fosca de sangre. Así que este verano decidí matar dos pájaros de un tiro.

—Estoy convencida de que hay algo más.

Michael sacudió la cabeza lentamente.

—Puedes pensar lo que quieras. Pero te lo advierto, Clare: no tengo intención de dejar que me mortifiques todo el verano solo para entretenerte.

—No te preocupes —replicó ella—, estoy segura de que encontraré mejores cosas que hacer con mi tiempo. Ya te he dicho que tengo que tomar decisiones importantes respecto a mi carrera. Sin duda, será mejor que me concentre en ello en vez de en ti. Dejémoslo así. Los dos cometimos un error. Nos equivocamos. Esas cosas pasan, incluso a nuestra edad —se levantó y comenzó a recoger los platos con una sonrisa desafiante—. ¿Quieres postre?

—Sí, quiero postre —gruñó Michael en voz baja y, poniéndose en pie de un salto, se interpuso en el camino de Clare y la tomó bruscamente en sus brazos.

—Michael —ella cayó sobre él y abrió las manos sobre su pecho. Sus ojos brillaban de furia.

Hunter dejó escapar un gruñido áspero y feroz mientras Clare procuraba recuperar el equilibrio.

—Dile a tu perro que se largue —ordenó Michael, su cara a pocos centímetros de la de Clare.

—¿Y por qué iba a hacerlo? Solo intenta protegerme.

—De mí no tiene que protegerte. Tú puedes cuidarte sola. Dile que se pierda.

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