Capítulo 5.
—Héctor, ya está hecho. No voy a despedirla. Es hora de que el El Lucero cambie de rumbo.
—Vete al carajo, Mateo. Vas a pagar por esto.
—Estoy temblando de miedo. Dios mío, quizá sea mejor que me vaya. Por lo que he oído, si ese chico me ve, podría incinerarme al instante.
Salí del restaurante hace unos quince minutos y, durante todo este tiempo, he estado pensando en qué le habré hecho a ese chico para que esté tan enfadado. No lo entiendo. Que se vaya al diablo si está de mal humor, no es culpa mía. No voy a preocuparme por un niño mimado que, si las cosas no salen como él quiere, se enfada. Mientras sigo pensando en ello, miro mi reloj: ¡Maldición, llego tarde! Empecé a correr para ir a recoger a Samuel al colegio y luego ir al bar. ¡Maldito sea él y el tiempo que pierdo por su culpa!
—¿Cómo te ha ido el primer día de trabajo en El Lucero? —me pregunta Lucía al día siguiente durante el descanso.
—Vamos, allá voy: cometí mis errores habituales, como mezclar los pedidos y verter salsa sobre la cabeza de una señora, pero, aparte de eso, todo va bien...
—Hola, chico —dice Marcos, echándome un susto de muerte.
—Hola... —Lucía —la saluda sacudiendo la cabeza, y ella hace lo mismo.
—Dime, ¿no soy el mejor amigo que podrías tener? Te he encontrado un trabajo estupendo.
—Mientras tanto, todos los clientes varones que me ven me miran como si fuera un filete, por no hablar de un tipo que parece odiarme sin motivo.
—¿Quién? —preguntan Lucía y Marcos al unísono.
—No sé, creo que se llama Héctor o algo así. Dijo que no aceptaba que una chica trabajara allí...
—¿Qué? ¿Qué queda de la Edad Media, cuando las mujeres tenían que esconderse de todo y de todos por miedo a ser quemadas en la hoguera por brujería? —explica Lucía.
—Pero probablemente solo sea un idiota que no sabe de qué se queja —dice Marcos, que me levanta y me da una palmada en la espalda.
—No me importa, no va a hacer que renuncie a trabajar allí.
—Es mi hija, es mi hija —dice Lucía, dándome un golpecito en la mano, antes de que suene el timbre que nos avisa de que el descanso ha terminado y comienza otra hora de aburridas clases.
—Qué rollo, ni siquiera he tomado un tentempié —se queja Marcos, tocándose el estómago mientras nos vamos. Si no come cada hora, tengo la sensación de que puede morir en cualquier momento.
—Oye, no comer durante un rato solo te puede hacer bien —le dice Lucía.
—¿Quieres decir que estoy gordo? Piensa por ti misma, parece que tienes dos jamones en lugar de muslos.
—Disculpa, ¿podemos hablar de tus patas de ganso?
—¿Y tu trasero gigante, entonces? —Ya estamos otra vez. Debería medir cuánto tiempo pueden aguantar sin pelearse. Creo que ni siquiera son diez minutos.
—Chicos, mientras discuten, me voy a clase. Adiós. Voy a desaparecer antes de que puedan involucrarme en su absurda discusión y así podré pasar más tiempo entre la literatura, las ciencias de la comunicación y la historia inglesa.
—¡Aitana! —Aquí, por enésima vez, he causado estragos en el restaurante. Mi temperamento me pone nervioso cada vez que tengo que servir a alguien.
—¿Cuántas veces te he dicho que traigas un máximo de dos platos a la vez?
—Lo siento, Bruno, no volverá a pasar.
—Sé que este trabajo puede ser imposible a veces, pero solo quiero decirte que tengas más cuidado, ¿de acuerdo? —dijo guiñándome un ojo, antes de que me topara con el tipo del que había estado huyendo todo el día y que apareció de la nada como si fuera un fantasma.
—¿Sigues haciendo tonterías? ¿Sabes cómo se llevan dos platos o tienes las manos de gelatina? —Javier también dijo que eras inteligente, por eso no quiero que chicas como tú trabajen aquí, no son más que un problema —dijo mirándome con cara de asco. ¡Dios mío, no lo soporto!
—Te diré una cosa: no tengo ganas de desperdiciar no sé cuántos platos más por tu culpa —dijo mientras me ponía un cubo y una esponja en la mano.
—Ve a limpiar las ventanas de todo el restaurante. Al menos espero que puedas hacerlo. .
—Pero Héctor tardará una eternidad, el restaurante está completamente cubierto de cristales —dice Bruno en mi defensa.
—Entonces ni siquiera debería trabajar aquí. Que se haga útil y no se pase el tiempo destrozando todo lo que toca —dice Héctor con ese aire de superioridad que me da ganas de agarrarle los mechones de pelo que le caen sobre los ojos y arrancárselos para que, al menos, pueda mirarse en un espejo y ver lo idiota que es.
—Vale, vale, me voy —digo, poniendo los ojos en blanco, y salgo del restaurante.
—Joder, me va a llevar una eternidad limpiarlo todo, y además aquí hace frío. Dios mío, ese imbécil lo va a pagar, palabra de Aitana.
Después de tres horas fregando, apenas he llegado a la mitad, pero ya ha terminado mi turno, así que voy directamente a cambiarme. Antes de entrar en el vestuario, oigo la voz de ese loco llamándome.
—Oye, aún no has terminado de limpiar.
—Sí, lo sé, pero he terminado mi turno por hoy y continuaré mañana. —No, ve ahora, esas gafas no se van a limpiar solas, ya sabes...
—¿En serio? —Pensaba que el sol de la mañana lo había borrado todo —digo sarcásticamente al entrar en el vestuario, pero él sigue empujándome.
—¿No me has oído? Vuelve a lavar los cristales. —Y tú no me has oído cuando te he dicho que no estoy de servicio y que tengo que irme —digo, mientras recojo mis cosas.