Capítulo 4.
—Aitana, ¿estás lista? —pregunta Javier desde fuera del vestuario.
—Sí, claro, ya voy —respondo, y en un santiamén me explica lo que tengo que hacer, cómo tengo que comportarme y adónde tengo que ir. Cuanto más habla, más nerviosa me pongo.
—¿Entendido? —Estaba completamente perdida en mis pensamientos y no escuché ni una palabra de lo que dijo, así que, ¿qué hago?, ¿le digo la verdad o miento? Quizás sea mejor decirle la verdad; si no, tendré problemas más adelante. No quiero dar la impresión de que no escucho cuando me hablan.
—Sí, sí, lo entiendo todo, gracias, Javier.
—Bueno, te dejo... —Dios, esperemos que sí.
Inmediatamente veo a una pareja sentada y, como no veo a ningún otro camarero que les atienda, me acerco con cautela.
—Bienvenidos a El Lucero, ¿ya saben qué van a pedir? —Termino con una gran sonrisa mientras la pareja me mira, analizándome de arriba abajo.
—¿Eres nuevo aquí? Nunca te había visto antes y soy cliente habitual —me dice la chica con tono ácido. El chico no hace más que mirarme los pechos, lo que me molesta.
—Sí, me acaban de contratar, así que, si quieren darme su pedido, se lo traeré enseguida.
—¿Cómo te llamas? —me pregunta el chico, inclinándose sobre la mesa y mirándome por fin a los ojos.
—Aitana.
—Entonces, a partir de ahora, si venimos, ¿estarás aquí para atendernos? —me pregunta de nuevo, volviendo a mirar mi pecho. Le voy a dar una bofetada, seguro.
—Sí, claro. —Fingo una sonrisa.
—Perfecto, entonces vendré más a menudo que antes —me guiña un ojo y yo pongo los ojos en blanco.
—Bueno, si ya han terminado de coquetear, pueden traernos dos filetes de res y vino tinto, gracias —dice la chica, despidiéndose rápidamente. Menos mal que me fui, no habría podido aguantar ni un minuto más con esos dos. Si todos los clientes de este restaurante son así, me espera un mal rato. Mientras intento calmar mi enfado, voy a la cocina a dar el pedido y a pedir el vino, que, según me dicen, está en la bodega de abajo. Sin embargo, después de cogerla, me doy cuenta de que no entiendo nada de vinos, así que me quedo con una pierna en el escalón, mirando fijamente la botella como si me fuera a decir por arte de magia cuál es la correcta. .
—¡Oh, mierda! —Grito mientras me llevo las manos al cabello.
—Vale, vale, cálmate, Aitana, tú puedes hacerlo, respira hondo y adelante —me digo a mí misma, y con eso subo los últimos escalones y detengo a un chico que pasaba por allí para preguntarle si ese vino estaría bien. Por suerte, me da su aprobación, voy a la cocina a recoger los platos, pero, como es habitual en mí, cuando ya tengo todos los platos en la mano, colocados en una bandeja, no me doy cuenta de que hay una puerta abierta detrás de mí, que me empuja al suelo y se lleva todo lo demás con ella.
—¿Nadie te ha enseñado que no hay que quedarse delante de las puertas? —Oigo una voz grave detrás de mí y, cuando levanto la vista, me quedo sin aliento. Delante de mí veo dos ojos de un azul magnético, ligeramente ocultos por mechones de cabello negro.
—¿Así que no me has oído? ¿Qué haces aquí? ¿No sabes que esta zona está prohibida para los clientes? —me dice con aire de superioridad.
—No soy un cliente —respondo, mientras me levanto e intento limpiar el desastre que acabo de causar.
—¿Qué? ¡Espera un momento! Ese es nuestro uniforme, ¿por qué diablos lo llevas puesto? —Me grita como si le hubiera hecho algo. ¿Qué me pasa hoy? Lo tengo escrito en la frente: «¡Habla con Aitana!».
—Veo que tus ojos funcionan, pero no puedo decir lo mismo de tu cerebro. —Sí, acabo de ser contratado y, como puedes ver, este es mi nuevo uniforme. —Si me disculpas, tengo que ir a limpiar el desastre que has hecho —digo, y me doy la vuelta, pero me agarra del brazo y me hace girar bruscamente.
—No te quiero aquí, no quiero que una chica trabaje en este restaurante —articuló cada palabra, mirándome con desprecio. ¿Pero qué le había hecho?
—Escucha, no tengo tiempo para hablar contigo. Si tienes algún problema, ve a hablar con tu jefe; él es quien me contrató, así que quejate a él —digo mientras me libero de su agarre y corro directamente a la cocina para avisar del desastre que acabo de causar. Antes de entrar, le oigo decir algo como «puedes apostar a que voy a ir», pero en ese momento no me importa mucho. Por suerte, consiguen preparar otro plato en un santiamén, sirvo a la pareja y me voy de allí antes de que me hagan otro interrogatorio. Las siguientes horas pasan bastante rápido y, por fin, llega el final de un día en el que, afortunadamente, no ha habido más clientes pesados y, sobre todo, no me he vuelto a cruzar con ese escorbuto de ojos azules. Sin embargo, al pasar por delante de una oficina para cambiarme, oigo gritos que provienen del interior.
—¿Cómo has podido hacer eso? Sabes muy bien que en este restaurante solo han trabajado jóvenes, ¿por qué la contrataste? -
—Quizá ese sea el problema: El Lucero solo ha contratado a chicos y pensé que era hora de renovarse.
—¿Me estás tomando el pelo? Y la próxima vez, habla conmigo antes de tomar estas decisiones, ¿de acuerdo? -
—Héctor, sé que estás enfadado.
—No, Mateo, no estoy enfadado, estoy furioso. ¿Cómo te atreves a contratar a alguien sin siquiera preguntarme mi opinión? ¡Yo también soy el maldito jefe aquí!
