
Sinopsis
Aitana Llorente solo quería una cosa: trabajar, estudiar y sacar adelante a sus hermanos. Por eso acepta un empleo en El Lucero, el restaurante más famoso de Valencia… sin imaginar que su peor problema no serían las mesas llenas, sino su jefe. Héctor Velasco es frío, exigente y demasiado orgulloso para admitir que una camarera nueva le está moviendo el piso. Él la corrige, la provoca y la pone a prueba como si quisiera verla rendirse… pero Aitana no nació para agachar la cabeza. Entre roces, celos, noches interminables y secretos que ninguno quiere confesar, lo que empezó como odio se convierte en una tentación peligrosa. Porque enamorarse del jefe no solo es un error… es un escándalo. Y cuando el pasado de Héctor amenace con destruirlo todo, Aitana tendrá que decidir: ¿huir antes de romperse… o apostar por un amor que llegó cuando menos lo esperaba?
Capítulo 1.
¿Sabes ese momento en el que se te enciende la bombilla, tienes un momento de inspiración y te das cuenta de que todos los días son iguales, de que te despiertas cada mañana, te lavas, te vistes y te das cuenta de que tu vida no es más que una monotonía estúpida y aburrida? ¡Esa no es mi vida en absoluto!
—¡Mierda, es tarde! !!!! —Como todas las mañanas, no he oído el maldito despertador. ¿Por qué hay que levantarse al amanecer como un gallo y pasar el resto del día lejos de esa cama cálida y cómoda que parece abrirte los brazos para acogerte y reconfortarte? Quien haya establecido estas normas es un sociópata con un complejo de inferioridad megagaláctico.
—Hermana, tengo hambre, ¿puedes prepararme el desayuno? Siento que algo tira de mi camisa mientras estoy en el baño tratando de ponerme al menos presentable, y al agacharme veo dos grandes ojos verdes que me miran fijamente, un poco adormilados.
—Claro, cariño, solo un segundo...
—Pero, Aitana, cada vez que dices una palabra, tardas al menos veinte minutos en llegar, y tengo mucha hambre.
—Oh, Dios mío, ya voy, Samuel —digo mientras termino de maquillarme, te abrazo y salgo de mi habitación. En ese momento, el centro de la ciudad parece menos caótico en hora punta.
—¡Quiero Nutella, Nutella, Nutella! —grita Samuel dando palmas con las manitas.
—Sí, sí, ya voy —le respondo, y en un santiamén le preparo el desayuno.
—¿Dónde están Tomás y Lucas? —pregunto mientras empiezo a recoger la mesa.
—Dijeron que querían ir al colegio sin que los acompañara, que les daba vergüenza que los vieran con su hermana todo el tiempo —me dice con la boca llena de Nutella.
—¡Qué desagradecidos son estos dos pequeños granujas! ¡Cuando lleguen a casa se van a enterar! Bueno, Samuel, ¿nos vamos? —le digo tendiéndole la mano, que él aprieta rápidamente, y caminamos juntos hacia la guardería.
Una vez allí, después de cubrirte de besos, lo que te avergonzó muchísimo, salgo corriendo, como todos los días de mi vida, hacia mi universidad. Creo que ahora puedo calificarme de velocista profesional.
—¡Hola, chico, siempre con prisa, como siempre! —Siento dos brazos alrededor de mi cintura y, de repente, me levantan del suelo como si fuera un saco de patatas.
—Marcos, me estás aplastando —digo, y, de inmediato, mi mejor amigo me baja y me despeina el pelo, que tanto me había costado arreglar.
—Hola, chicos —dice mi otra mejor amiga, Lucía, a quien prefiero llamar la hermana que nunca tuve.
—¿Qué tal estáis? ¿Cómo ha ido el fin de semana? —nos pregunta con una sonrisa burlona, señal evidente de que se lo está pasando muy bien estos días.
—Lucía, ya sabes con quién estás hablando. El hombre que está aquí acaba de llegar de una fiesta que empezó el viernes por la noche. Si no me equivoco, he perdido la noción del tiempo desde que me desperté desnudo con un sombrero de vaquero en la cabeza en un jacuzzi.
—Marcos, sigues siendo el mismo —le dije poniendo los ojos en blanco. Es el ejemplo perfecto del fiestero crónico, el tipo de persona que, si hay una fiesta en Canicattì, sin duda estará allí.
—Oye, siempre soy el alma de la fiesta. Dondequiera que voy, llevo la felicidad.
—Sí, y la desafortunada persona que te escucha cuando estás borracho. Eres peor que un disco rayado.
—Pero, Lucía, me estás haciendo mucho daño —dijo, tocándose el corazón.
—Chicos, olvidémonos de esto y vayamos al salón de clases para seguir con la divertida lección de literatura moderna —propuse, dirigiéndome a la entrada, mientras escuchaba a los otros dos resoplar ruidosamente.
—¿Por qué hay que estudiar todas estas cosas cuando se quiere ser periodista? Es tan absurdo como estudiar la fabricación de motocicletas cuando se quiere conducir un automóvil.
—Ya estamos otra vez con lo mismo, Marcos. ¿Podrían callarse cinco minutos? —No, Lucía, tengo que expresar mis pensamientos, si no, me sentiría culpable por no compartir mis perlas de sabiduría con ustedes.
—Por favor, para, cuanto más hablas, más solo oigo «bla, bla, bla».
—¡Eh, Lucía! Se detiene y empieza a despeinarla, algo que ella odia más que nada en el mundo. Se produce una pelea como todas las demás veces; estos dos nunca cambiarán. Siempre acaba igual y tengo que separarlos, como si fuera su enfermera...
—Chicos, al primero que se detenga le haré mi pastel especial.
Y, al oír estas palabras, los dos se quedan quietos, con las manos en alto, en una pose que yo diría que es de dibujos animados de Looney Tunes.
—Yo paré antes.
—¿Qué dices? ¿Que fui yo quien paró primero?
—Pero tú eres tan ciego como mudo.
—¿A quién llamas idiota? —Ya están otra vez. Voy a clase. Ya llevamos diez minutos de retraso por culpa de sus discusiones.
«Nos vemos luego, chicos». Probablemente ni me han oído, porque están gritándose el uno al otro. Siempre con la misma cantinela estos dos.
Después de clase, corro para llegar a tiempo a mi trabajo en una tienda de ropa, pero, mientras corro a toda velocidad, chocho con un tipo que no miraba por dónde iba, por lo que termino con el trasero en el suelo y él con la camisa manchada de café.
«¿Estás bien? No me di cuenta, no veía por dónde iba», dice preocupado mientras me ayuda a levantarme. Al mirarlo mejor, veo que es muy simpático y amable.
«No pasa nada, estas cosas pasan», le dije, mientras miraba el reloj de mi muñeca.
«Mierda, llego tarde. Adiós», le grité mientras me alejaba sin siquiera volverme para ver si me había oído.
Tras unas horas que parecieron interminables, recogí a Samuel y volvimos juntos a casa.
