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Capítulo 4 — El hombre de piedra

Ayla nunca había conocido a alguien tan irritante.

No porque fuera grosero.

Ni arrogante.

Mucho menos antipático.

El problema era otro.

Darian Valen parecía hecho de piedra.

Desde aquel encuentro en el pasillo, la seguía manteniendo una distancia exacta de cinco pasos.

Ni cuatro.

Ni seis.

Cinco.

Siempre.

Ella se detenía.

Él se detenía.

Ella caminaba.

Él caminaba.

Sin decir una palabra.

Sin un suspiro.

Sin apartar siquiera la vista de todo lo que ocurría a su alrededor.

Después de casi media hora soportando aquel silencio insoportable, Ayla perdió la paciencia.

Se detuvo de golpe.

Él hizo lo mismo.

— ¿Habla?

Darian mantuvo la postura.

— Cuando es necesario.

Ella cruzó los brazos.

— Entonces responda.

— Sí, princesa.

— ¿Cuántos años tiene?

— Veintiocho.

— ¿Cuánto tiempo lleva en la Guardia Real?

— Doce años.

— ¿Siempre responde así?

— ¿Así cómo?

— Como si cada palabra le costara una moneda de oro.

Por primera vez, pareció pensarlo antes de responder.

— Ahorra tiempo.

Ella soltó una risa involuntaria.

— Es usted muy extraño.

— Ya lo he oído antes.

— Apuesto a que muchas veces.

Él no respondió.

Eso la volvía loca.

Al final de la mañana, Ayla decidió visitar los establos.

Era su lugar favorito después del bosque.

Los caballos la reconocían desde lejos.

Apenas entró, un semental castaño relinchó y acercó la cabeza por encima de la cerca.

Ella sonrió.

— Yo también te extrañé.

Le acarició el cuello.

Al poco rato oyó unos pasos detrás de ella.

Ni siquiera necesitó darse la vuelta.

— ¿También va a seguirme hasta aquí?

— Sí.

— ¿Y si le digo que quiero estar sola?

— Le diré que no puedo permitírselo.

Ella se volvió.

— ¿Siempre hace exactamente lo que le ordenan?

Los ojos grises de él permanecieron firmes.

— Sí.

— Qué vida tan aburrida.

La comisura de sus labios pareció moverse apenas.

Casi.

Ayla entrecerró los ojos.

— Iba a sonreír.

— No.

— Claro que sí.

— Está imaginando cosas.

Ella acercó el rostro.

— Usted sonríe a escondidas.

— Princesa...

— ¡Ah! ¡Lo sabía!

Darian respiró hondo.

Por primera vez desde que se conocieron, parecía ligeramente desconcertado.

Aquello divirtió a Ayla mucho más de lo que debería.

A la hora del almuerzo, el gran salón estaba repleto.

Los jóvenes Alfas competían por cualquier oportunidad de hablar con ella.

Uno elogiaba su cabello.

Otro comentaba su habilidad con la espada.

Un tercero hablaba de las tierras que heredaría.

Ayla ya no soportaba escuchar su propia voz agradeciendo con cortesía.

Cuando logró escapar hacia el balcón, respiró aliviada.

El jardín se extendía ante ella, lleno de color gracias a las flores que Luna se empeñaba en cultivar cada año.

Apoyó las manos sobre la balaustrada de piedra.

— ¿Escondiéndose otra vez?

La voz grave sonó detrás de ella.

— No.

Hizo una pausa.

— Bueno... quizá un poco.

Darian permaneció en silencio.

— ¿Nunca ha sentido ganas de escapar?

Él tardó unos segundos en responder.

— Todos los días.

Ayla se volvió, sorprendida.

Era la frase más larga que le había oído decir.

— ¿Y por qué no lo hace?

— Porque hay personas que dependen de mí.

Ella lo observó atentamente.

Había algo en aquella respuesta.

Algo pesado.

Como si cargara una vida entera sobre los hombros.

Por primera vez, dejó de verlo solo como el guardia irritante.

Había un hombre allí.

Un hombre cansado.

Antes de que pudiera preguntarle algo más, un grito resonó en el salón.

Uno de los jóvenes Alfas discutía con otro.

Los dos comenzaron a empujarse.

Los soldados corrieron para separarlos.

Darian ya estaba en movimiento incluso antes de que alguien diera una orden.

En cuestión de segundos, se encontraba entre ambos, imponiéndose únicamente con su presencia.

No necesitó desenvainar la espada.

Ni alzar la voz.

Los hombres simplemente retrocedieron.

Ayla observó toda la escena en silencio.

Hasta ese momento, solo había visto a un capitán disciplinado.

Ahora veía algo distinto.

Todos lo respetaban.

No por su cargo.

Sino por el hombre que era.

Cuando el altercado terminó, Darian volvió al lugar donde había estado.

Como si nada hubiera ocurrido.

Ella sonrió de lado.

— De verdad no le gusta llamar la atención, ¿verdad?

— Demasiada atención suele atraer problemas.

— Y yo creyendo que solo era aburrido.

Por primera vez...

Él sonrió.

Fue una sonrisa pequeña.

Breve.

Pero auténtica.

Ayla sintió que el corazón le latía más deprisa sin motivo aparente.

Y, por primera vez desde que había asumido su protección...

Darian también pareció olvidar que debía mantener la distancia.

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