Capítulo 5 — Una distancia imposible
A la mañana siguiente, Ayla despertó antes del amanecer.
Era una vieja costumbre.
Desde que era niña, Kael le decía que un guerrero que dormía hasta tarde perdía la mitad del día.
Nunca había descubierto si aquello era verdad.
Pero seguía levantándose temprano.
Se puso unos pantalones de cuero oscuros, recogió su cabello en una trenza alta y caminó hasta el patio de entrenamiento.
Sonrió al encontrar el lugar vacío.
Perfecto.
Podría entrenar sin tener que escuchar discursos sobre matrimonios, alianzas o futuros pretendientes.
Tomó una espada de madera.
Respiró hondo.
Y comenzó.
Sus movimientos eran rápidos.
Precisos.
Giraba.
Atacaba.
Retrocedía.
Repetía.
Hasta que oyó una voz conocida.
— El codo.
Se detuvo de inmediato.
Se volvió.
Darian permanecía de pie cerca de la entrada del patio.
Como siempre.
Impecable.
— ¿Qué?
— Está abriendo demasiado el codo.
Ella frunció el ceño.
— Mi padre nunca se ha quejado de eso.
— Porque él ya conoce sus movimientos.
Un enemigo no los conocerá.
Aquello la irritó.
No porque él estuviera siendo grosero.
Sino porque...
Tal vez tenía razón.
— Entonces muéstremelo.
Él permaneció inmóvil.
— No puedo.
— ¿Por qué?
— Porque estoy de servicio.
Ella resopló.
— ¿Usa esa excusa para todo?
Silencio.
— Capitán.
Hizo girar la espada entre los dedos.
— O me lo muestra...
...o llegaré a la conclusión de que solo sabe dar órdenes.
Por primera vez desde que lo conocía...
Darian pareció vacilar.
Respiró hondo.
Caminó hasta el centro del patio.
Tomó otra espada de madera.
Ayla sonrió discretamente.
— Pensé que nunca aceptaría.
— Solo unos cuantos movimientos.
— Claro.
Ella atacó primero.
Y, en ese mismo instante...
Comprendió su error.
Darian era mucho más rápido que Kael.
En dos movimientos, su espada ya estaba atrapada.
En el tercero...
Ella estaba desarmada.
La espada de madera cayó al suelo.
Ayla se quedó mirando sus propias manos.
— Eso fue humillante.
Él bajó la espada.
— Fue eficaz.
Ella recogió el arma.
— Otra vez.
Esta vez consiguió resistir un poco más.
Cinco golpes.
Después siete.
Luego diez.
Seguía perdiendo.
Pero ya no con tanta facilidad.
— Mejor.
Ella sonrió.
— ¿Eso fue un cumplido?
— Sí.
— Debería hacerlo más seguido.
— No le veo la necesidad.
Ella soltó una carcajada.
— Ahí está otra vez el hombre de piedra.
Sin darse cuenta...
Él sonrió.
Pequeño.
Discreto.
Pero sonrió.
—
— Así que aquí estaban.
La voz hizo que ambos se separaran de inmediato.
Kael entró en el patio con los brazos cruzados.
Miró primero a su hija.
Después a Darian.
Luego a las dos espadas de entrenamiento.
Una sonrisa apareció en su rostro.
— Veo que encontraste a alguien dispuesto a entrenarte.
Ayla respondió antes de que Darian pudiera abrir la boca.
— Lucha mucho mejor que tú.
Kael arqueó una ceja.
— ¿Ah, sí?
— Mucho.
— Eso suena a un desafío.
Ella sonrió.
— Tal vez lo sea.
Kael tomó una espada.
Miró a Darian.
— Capitán.
Darian llevó de inmediato el puño al pecho.
— Majestad.
— Hace tiempo que no entrenamos.
Ayla abrió los ojos de par en par.
— Padre...
Kael sonrió.
— Quiero comprobar si Magnus sigue exagerando cuando dice que eres el mejor guerrero del reino.
Darian permaneció inmóvil.
— No puedo luchar contra mi rey.
— No es una orden.
Es un entrenamiento.
Los dos quedaron frente a frente.
El silencio se apoderó del patio.
Ayla observaba sin parpadear.
Sabía que su padre era un guerrero extraordinario.
Pero también recordaba la facilidad con la que Darian la había derrotado.
Por primera vez...
Se dio cuenta de que quería saber quién ganaría.
Kael sonrió.
— Adelante.
Darian respiró hondo.
Levantó la espada.
Sin que ella lo advirtiera...
Darian había dejado de ser solo el capitán de la Guardia Real.
Por primera vez, Ayla comenzó a ver al hombre que se escondía detrás de la armadura.
Todavía no tenía idea de que aquel duelo cambiaría mucho más que un simple entrenamiento.
