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Capítulo 3 — El hombre que nunca levantaba la mirada

El bosque siempre había sabido calmar a Ayla.

Pero, aquella mañana, ni siquiera el viento entre los árboles consiguió aliviar la incomodidad que llevaba consigo desde el desayuno.

Redujo el paso de su yegua al llegar a un pequeño arroyo.

Bajó de la montura.

Se arrodilló junto a la orilla y sumergió las manos en el agua helada.

Allí, nadie la llamaba princesa.

Nadie le preguntaba por el futuro.

Nadie esperaba que eligiera un esposo antes siquiera de descubrir quién quería ser realmente.

Por eso escapaba a aquel lugar desde que era una niña.

— Sabía que te encontraría aquí.

La voz grave hizo que Ayla se pusiera de pie de inmediato.

Kael se acercaba montado en su caballo negro.

Ella sonrió.

— Prometí que volvería antes del atardecer.

— Y volverás.

Desmontó con la misma facilidad de siempre.

Durante unos instantes, caminó junto a su hija en silencio.

Como hacía cada vez que sabía que ella necesitaba ordenar sus propios pensamientos.

— ¿Estás enfadada conmigo? — preguntó.

— No.

— ¿Estás segura?

— Sí.

Respiró hondo.

— Solo estoy cansada de sentir que todos decidieron mi vida antes que yo.

Kael bajó la mirada por un instante.

Aquellas palabras lo golpearon de lleno.

Porque conocía perfectamente esa sensación.

Durante años, otros habían decidido su destino.

Su padre.

El antiguo rey.

La guerra.

El deber.

Había jurado que su hija jamás viviría algo así.

Y, sin darse cuenta, tal vez estaba haciendo exactamente eso.

— Nadie va a obligarte a elegir a alguien que no quieras.

Ayla lo miró fijamente.

— Pero todos esperan que elija.

Kael no respondió.

Porque era verdad.

Cuando regresaron al castillo, el movimiento era aún mayor.

Nuevos visitantes llegaban a cada momento.

Los soldados reforzaban la seguridad de los portones.

Kael observó el ir y venir durante unos segundos.

Después llamó a uno de los guardias.

— Trae a Magnus.

No tardó en aparecer el viejo general.

— Majestad.

— Mientras tengamos tantos visitantes, quiero que refuercen la seguridad de la princesa.

Magnus asintió con una leve inclinación de cabeza.

— Ya imaginaba que me lo pediría.

Kael arqueó una ceja.

— ¿Entonces ya tienes a alguien en mente?

El general sonrió discretamente.

— Solo hay un hombre en quien confiaría esa responsabilidad.

Ayla cruzaba uno de los pasillos del castillo cuando oyó pasos detrás de ella.

Se volvió.

Un hombre alto, vestido con el uniforme negro de la Guardia Real, caminaba a unos metros de distancia.

Postura impecable.

Expresión seria.

La mirada fija al frente.

Ella redujo el paso.

Él hizo lo mismo.

Giró hacia otro pasillo.

Él también.

Finalmente, se detuvo.

— ¿Me estás siguiendo?

El hombre llevó el puño al pecho en señal de respeto.

— Capitán Darian Valen.

A partir de hoy, he sido asignado para garantizar su seguridad.

Ella lo observó durante unos segundos.

Era joven.

Mucho más joven de lo que imaginaba para un capitán.

Tenía los hombros anchos, el cabello oscuro ligeramente despeinado y una discreta cicatriz cerca de la ceja.

Pero había algo aún más curioso.

Él no la miraba.

Sus ojos permanecían fijos en algún punto por encima de su hombro.

Como si evitara mirarla directamente.

— Puede mirarme cuando me habla.

Silencio.

— Con todo respeto, princesa...

no debo.

Ella frunció el ceño.

— ¿No debe?

— Mi deber es protegerla.

No contemplarla.

La respuesta fue tan inesperada que Ayla permaneció unos segundos sin reaccionar.

Luego cruzó los brazos.

— ¿Siempre es así?

— ¿Así cómo?

— Frío.

— Solo cumplo mis órdenes.

Ella dio un paso hacia él.

Él permaneció inmóvil.

Otro.

Ninguna reacción.

— Es usted muy irritante.

— Ya me lo han dicho antes.

Por primera vez, una leve sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

Fue rápida.

Casi imperceptible.

Pero suficiente para despertar en Ayla algo que no supo explicar.

Curiosidad.

Abrió la boca para decir algo más.

En ese instante...

Darian levantó la mirada.

Sus ojos finalmente se encontraron.

Y, por una fracción de segundo...

El mundo pareció demasiado silencioso.

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