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Capítulo 2 — El peso de la corona

La noticia se extendió por todo el castillo incluso antes de que terminara el desayuno.

Las manadas estaban llegando.

Una tras otra.

Desde el norte, el sur y las montañas, trayendo presentes, guerreros y herederos.

Ayla observaba todo desde la ventana de la biblioteca.

Los carruajes cruzaban el portón principal mientras los soldados organizaban a los visitantes en el patio.

Suspiró.

— Ya empezó...

Luna entró en la estancia en silencio.

— ¿Huyendo?

— Lo estoy considerando muy seriamente.

La reina sonrió.

— Sabes que tu padre te encontraría.

— Lo sé.

— Y yo también.

Las dos rieron.

Luna se acercó a su hija.

Durante un instante, ambas permanecieron observando el movimiento del exterior.

Había mucho orgullo en la mirada de la reina.

Pero también un dejo de tristeza.

Conocía muy bien ese sentimiento.

Años atrás, ella también había sido una joven intentando comprender su propio destino.

Ahora era el turno de Ayla.

— ¿Tienes miedo? — preguntó en voz baja.

Ayla guardó silencio.

Después respondió:

— No de la guerra.

— ¿Ni de los Alfas?

Hizo una mueca.

— Sobre todo de ellos.

Luna soltó una carcajada.

— Imaginé que dirías eso.

— Mamá... ni siquiera conozco a esas personas.

— Las conocerás.

— ¿Y si no me gusta ninguno?

— Entonces no eliges a ninguno.

Ayla se volvió de inmediato hacia ella.

— ¿Así de simple?

— Para mí, sí.

La respuesta arrancó una sonrisa a la joven.

— Pero no para el reino... — añadió Luna.

La sonrisa desapareció.

Ahí estaba.

El verdadero problema.

No importaba lo que Ayla quisiera.

Importaba lo que esperaban de ella.

Desde niña había escuchado las mismas frases.

"Serás una gran reina."

"Algún día heredarás este reino."

"Tu compañero deberá ser fuerte."

"Tu matrimonio decidirá el futuro de las manadas."

Como si su vida hubiera sido escrita incluso antes de nacer.

El gran salón estaba más lleno de lo que a Ayla le habría gustado.

Representantes de distintas manadas conversaban entre sí.

Algunos eran viejos conocidos.

Otros, rostros completamente nuevos.

Kael caminaba entre ellos con la naturalidad de quien jamás había tenido que demostrar que era rey.

Respeto.

Eso era lo que inspiraba.

No miedo.

Cuando Ayla entró, decenas de miradas se volvieron hacia ella.

Odiaba aquello.

No porque fuera tímida.

Sino porque sabía exactamente lo que aquellos hombres veían.

No a una mujer.

No a una guerrera.

No a Ayla.

Veían a la futura Reina Alfa.

Una oportunidad.

Un nombre.

Un trono.

Kael percibió de inmediato su incomodidad.

Se acercó a su hija.

— ¿Estás bien?

Ella forzó una sonrisa.

— Claro.

Él conocía esa sonrisa.

Era falsa.

Pero decidió no insistir.

Uno de los líderes se acercó acompañado de su hijo.

Un joven alto, elegante y vestido como si asistiera a una ceremonia.

Hizo una reverencia exagerada.

— Es un honor conocer a la princesa.

Ayla respondió con un leve movimiento de cabeza.

— El honor es mío.

Mentira.

El muchacho comenzó a hablar sobre cacerías, victorias y el tamaño de su manada.

Cinco minutos después...

Ayla ya estaba buscando mentalmente una ruta de escape.

Cuando por fin logró librarse de las presentaciones, respiró aliviada.

Encontró a Kael cerca del balcón.

— Papá.

— ¿Sí?

— ¿Cuánto va a durar esto?

Él miró el salón repleto.

— Algunos días.

Ella cerró los ojos.

— ¿Días?

Kael sonrió.

— Vas a sobrevivir.

— No estoy tan segura.

Él rio.

— Entonces haz lo que siempre haces cuando necesitas pensar.

Ella arqueó una ceja.

— ¿Puedo?

— Siempre que regreses antes del atardecer.

Era todo lo que necesitaba oír.

Minutos después, Ayla cruzaba los portones del castillo montada en su yegua blanca.

El viento despeinaba su cabello.

Allí...

Lejos de las reverencias.

Lejos de los vestidos.

Lejos de las expectativas.

Por fin podía respirar.

No había princesa.

No había futura reina.

Solo estaba Ayla.

Guio a la yegua por un antiguo sendero rodeado de árboles.

Sonrió al escuchar el canto de los pájaros.

El bosque siempre le había parecido más su hogar que cualquier salón del castillo.

No advirtió cuándo otra presencia surgió entre los árboles.

Alguien la observaba en absoluto silencio.

Sin dar un solo paso.

Sin apartar la mirada.

Esperando.

Como si aquel encuentro hubiera estado destinado a suceder.

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