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Capítulo 4 — La Profecía

Kael no durmió.

En cuanto abandonó el bosque, caminó sin rumbo por los límites de la manada, intentando recuperar el control de su respiración.

Era imposible.

Su lobo seguía inquieto.

Vuelve con ella.

Kael lo ignoró.

Siguió caminando.

Ella es nuestra.

— No.

La palabra escapó entre sus dientes.

Por primera vez desde que había ascendido al trono, discutía con su propia naturaleza.

Aquello no tenía sentido.

La Diosa de la Luna jamás uniría a un Rey Alfa con la única humana de la manada.

Era absurdo.

Una afrenta a las antiguas leyes.

Cuando el primer rayo de sol apareció detrás de las montañas, Kael ya había tomado una decisión.

Necesitaba hablar con el Consejo.

De inmediato.

...

Los seis ancianos llegaron en silencio.

A ninguno le gustaba ser convocado antes del amanecer.

Edric fue el último en entrar.

Su expresión seria hizo que Kael comprendiera de inmediato que algo no iba bien.

— Anoche ocurrió algo — dijo el Rey Alfa, sin rodeos.

Nadie respondió.

Kael continuó.

— Mi lobo reconoció a su compañera.

El silencio se volvió todavía más pesado.

Las miradas se cruzaron alrededor de la mesa.

Como si todos esperaran que alguien más reuniera el valor para hablar primero.

— ¿Quién? — preguntó por fin uno de los consejeros.

Kael respiró hondo.

— Luna Hart.

El nombre pareció congelar el aire del salón.

Dos ancianos palidecieron.

Otro bajó la cabeza de inmediato.

Edric simplemente cerró los ojos.

Era exactamente lo que temía.

— Entonces... es verdad... — murmuró uno de ellos.

Kael entrecerró la mirada.

— Ustedes saben algo.

Nadie respondió.

Su voz se volvió más firme.

— Exijo respuestas.

Edric se puso de pie lentamente.

Los años habían encorvado su espalda.

Pero su presencia seguía imponiendo respeto.

— Existe una profecía.

Kael frunció el ceño.

— Nunca he oído hablar de ella.

— Porque solo el Rey Alfa... y el Primer Anciano... pueden conocerla.

Edric sacó del bolsillo el pequeño pergamino protegido por el medallón de plata.

Desenrolló el papel con extremo cuidado.

La tinta estaba casi borrada por el paso del tiempo.

Aun así, las palabras seguían siendo legibles.

Su voz resonó por todo el salón.

— “Si el Rey Alfa acepta como compañera a una humana... el reino caerá.”

El silencio fue absoluto.

Kael permaneció inmóvil.

La frase se repetía una y otra vez en su mente.

Aceptar a una humana...

El reino caerá.

— Desde hace siglos esta profecía se guarda en secreto — continuó Edric. — Esperábamos no tener que recurrir jamás a ella.

— Porque nunca había existido una humana destinada a un Alfa — añadió otro anciano.

Kael apretó los puños.

Su corazón decía una cosa.

La profecía decía otra.

— ¿Existe alguna posibilidad de que esté equivocada?

Edric respondió sin vacilar.

— Ninguna.

...

En la pequeña cabaña de la curandera, Luna terminaba de ordenar nuevos frascos cuando Miriam notó su silencio.

— Estás diferente.

Luna sonrió con timidez.

— Estoy cansada.

— No.

La anciana conocía a aquella muchacha desde el día en que la había encontrado.

Sabía cuándo ocultaba algo.

— ¿Qué ocurrió anoche?

Luna tardó unos segundos en responder.

— Me encontré con el Rey Alfa en el bosque.

Miriam arqueó las cejas.

— ¿Estabas sola?

Luna asintió.

Le contó sobre la conversación.

Sobre el viento.

Sobre aquella extraña sensación que se había apoderado de ella.

Pero omitió un detalle.

La mirada de Kael.

Jamás olvidaría la forma en que él la había mirado.

Como si su presencia fuera, al mismo tiempo...

La cosa más importante.

Y la peor de todas.

Miriam permaneció en silencio.

Su rostro perdió parte del color.

— Luna...

— ¿Sí?

— Si el Rey Alfa manda llamarte hoy...

No hagas preguntas.

El corazón de la joven se aceleró.

— ¿Por qué?

La anciana vaciló.

Ya era demasiado tarde para ocultarlo.

— Porque creo que tu vida está a punto de cambiar.

...

En ese mismo instante, al otro lado del castillo, Kael permanecía solo en la sala del trono.

La antigua profecía descansaba abierta sobre la mesa.

Releyó cada palabra.

Luego otra vez.

Y otra más.

Siempre llegaba a la misma conclusión.

Si aceptaba a Luna...

Condenaría a su pueblo.

Si la rechazaba...

Se condenaría únicamente a sí mismo.

Por primera vez en su vida...

El Rey Alfa deseó que aquella decisión no dependiera de él.

Pero sí dependía.

Y toda la manada sería testigo de su elección antes de la próxima salida de la luna.

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