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Capítulo 3 — La marca de la Diosa

La Fiesta de la Luna continuaba llena de alegría, pero el anciano Edric ya no escuchaba la música.

Su mirada permanecía fija en solo dos personas.

Kael.

Y la joven humana.

El medallón plateado oculto bajo su túnica parecía pesar más que nunca.

— ¿Anciano? — lo llamó una sirvienta.

Él ni siquiera respondió.

Conocía aquella señal.

Conocía aquella sensación.

Porque ya la había visto antes.

Treinta años atrás.

La noche en que el antiguo Rey Alfa encontró a su compañera.

Edric se dio la vuelta y abandonó la plaza sin llamar la atención.

Necesitaba confirmar una sospecha antes de que fuera demasiado tarde.

...

Mientras tanto, Luna por fin consiguió unos minutos de descanso.

Había ayudado a Miriam durante toda la celebración.

Había preparado tés.

Había cosido las pequeñas heridas de los niños más inquietos.

Había separado hierbas para los guerreros que partirían al amanecer.

Ahora caminaba lentamente hacia el bosque detrás de la cabaña.

Le gustaba aquel lugar.

Allí, lejos de la música y de la multitud, solo podía escuchar el viento atravesando los árboles.

Respiró hondo.

El aroma de los pinos siempre la tranquilizaba.

La luna llena iluminaba el pequeño lago escondido entre las rocas.

Era hermoso.

Silencioso.

Y completamente vacío.

O al menos eso parecía.

— ¿Siempre huyes de la fiesta?

Luna se detuvo de inmediato.

Reconoció la voz incluso antes de darse la vuelta.

Kael Blackwood.

El Rey Alfa estaba a pocos metros de ella.

Sin guardias.

Sin el pesado manto negro.

Vestía únicamente una camisa oscura y los pantalones de cuero que usaba durante los entrenamientos.

Parecía menos distante.

Aun así...

Seguía imponiendo respeto.

Luna inclinó ligeramente la cabeza.

— Majestad.

— No respondiste a mi pregunta.

Ella sonrió de lado.

— Nunca me han gustado los lugares demasiado concurridos.

Kael permaneció en silencio.

Tampoco sabía exactamente por qué había ido hasta allí.

Después de abandonar la plaza, sus pasos simplemente lo habían llevado en aquella dirección.

Como si alguna fuerza invisible lo estuviera guiando.

Aquello lo inquietaba.

Mucho.

— Miriam me dijo que fuiste tú quien preparó los remedios para los guerreros.

— Solo hice mi trabajo.

— Salvaste a muchos de ellos.

— Solo hice mi trabajo — repitió ella con tranquilidad.

Aquella respuesta le arrancó un ligero arqueamiento de cejas.

La mayoría de las personas aprovechaba cualquier oportunidad para impresionar al Rey Alfa.

Luna parecía hacer exactamente lo contrario.

El silencio volvió a adueñarse del bosque.

Ninguno de los dos parecía dispuesto a continuar la conversación.

Fue entonces cuando ocurrió.

Una ráfaga de viento atravesó los árboles.

Las hojas comenzaron a girar a su alrededor.

Kael sintió un calor repentino recorrerle el pecho.

Fuerte.

Intenso.

Como una llama creciendo bajo su piel.

Su lobo despertó en el mismo instante.

Compañera.

La palabra resonó dentro de su mente con tanta fuerza que perdió el aliento durante un segundo.

No.

Aquello era imposible.

Luna llevó una mano al pecho.

Ella también lo había sentido.

No entendía qué.

Pero algo parecía atraerla hacia el Rey Alfa.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

Sus ojos se encontraron con los de él.

Y, por un breve instante...

El mundo entero pareció desaparecer.

— Majestad... — murmuró ella, confundida.

Kael dio un paso hacia atrás.

Su rostro se endureció.

No.

No podía ser.

Los humanos no tenían compañeros destinados.

La Diosa jamás cometería un error como ese.

Su lobo, sin embargo, insistía.

Ella es nuestra.

Kael cerró los puños.

Controlar a su propia bestia nunca le había exigido esfuerzo.

Aquella noche...

Era como intentar contener una tormenta.

Sin decir una sola palabra, se dio la vuelta.

Necesitaba salir de allí.

Necesitaba pensar.

Luna permaneció inmóvil, observándolo desaparecer entre los árboles.

No comprendía lo que acababa de ocurrir.

Pero jamás olvidaría la expresión en el rostro del Rey Alfa.

No era ira.

Ni desprecio.

Era miedo.

Oculto tras una mirada que jamás había aprendido a mostrar ninguna debilidad.

...

Desde lo alto de la colina, oculto entre las sombras, el anciano Edric había presenciado toda la escena.

Su peor temor acababa de confirmarse.

Con manos temblorosas, abrió el antiguo medallón que llevaba consigo desde su juventud.

En su interior solo había un pequeño trozo de pergamino envejecido.

Las primeras líneas de la profecía.

Aquellas que solo conocía el Consejo de Ancianos.

Edric cerró los ojos.

— Que la Diosa tenga misericordia de todos nosotros...

Porque, al amanecer...

El Rey Alfa descubriría quién era su verdadera compañera.

Y se vería obligado a tomar la decisión que determinaría el destino de todo el reino.

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