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Capítulo 2 — El Rey que nunca dudaba

Kael Blackwood nunca tomaba decisiones basadas en los sentimientos.

Precisamente por eso seguía ocupando el trono.

Mientras otros Alfas se dejaban guiar por el orgullo o la ira, Kael había aprendido desde muy joven que un rey cargaba sobre sus hombros el peso de cada vida dentro de su territorio.

Una decisión equivocada.

Solo una.

Era suficiente para condenar a cientos de familias.

— La frontera norte permanecerá reforzada durante quince días más. — Su voz firme resonó por el salón del consejo. — No podemos asumir que los ataques han terminado.

Los seis ancianos asintieron.

Sobre la enorme mesa de madera había mapas, informes y marcas que señalaban los últimos enfrentamientos contra las manadas rivales.

Los ataques habían aumentado.

Las patrullas desaparecían.

Los mensajeros nunca regresaban.

Algo estaba cambiando.

Kael podía sentirlo.

— Los guerreros están agotados — comentó el comandante Darius.

— Al menos seguirán vivos para quejarse de ello.

El comandante no respondió.

Sabía que el Rey Alfa tenía razón.

El silencio se interrumpió cuando uno de los guardias abrió las puertas del salón.

— Majestad... la curandera Miriam solicita permiso para entrar.

Kael hizo un gesto afirmativo.

La anciana entró apoyándose en un bastón de madera oscura.

A pesar de su edad, caminaba con la seguridad de quien jamás había necesitado demostrar su importancia.

Se detuvo frente a la mesa.

— He traído los remedios para los soldados heridos.

Kael inclinó la cabeza en señal de agradecimiento.

— La manada está en deuda con usted.

Miriam sonrió.

— No conmigo.

Con quien pasó tres noches preparando todo esto.

Kael observó las cajas de madera apiladas junto a la puerta.

— Sus aprendices hicieron un buen trabajo.

— Solo tengo una aprendiz.

Él levantó la vista.

— La humana.

Miriam percibió de inmediato el tono neutro de aquella respuesta.

Ni desprecio.

Ni interés.

Solo una constatación.

— Luna hizo prácticamente todo ella sola.

Kael permaneció en silencio durante unos segundos.

Recordaba vagamente a la joven.

Cabello castaño.

Ojos claros.

Siempre caminando por la aldea cargando hierbas o cestas de madera.

Discreta.

Educada.

Casi invisible.

— Dígale que la manada reconoce su trabajo.

Miriam arqueó una ceja.

— Preferiría que se lo dijera usted en persona.

Kael volvió a mirar los mapas.

— Tengo asuntos más urgentes.

La anciana dejó escapar un leve suspiro.

— Claro que los tiene.

Sin añadir nada más, abandonó el salón.

El Rey Alfa ni siquiera percibió la ligera decepción reflejada en el rostro de la curandera.

...

En la pequeña cabaña, Luna ordenaba nuevos frascos de vidrio cuando Miriam regresó.

— ¿Y bien? — preguntó Luna.

La anciana dejó el bastón junto a la mesa.

— El rey dio las gracias.

Luna sonrió.

— Me alegra que los remedios hayan servido.

— También te dio las gracias a ti.

Ella se encogió de hombros.

— No era necesario.

Y realmente no lo era.

Nunca había hecho aquel trabajo esperando reconocimiento.

Curar a las personas era simplemente lo que sabía hacer.

Aunque muchos siguieran viéndola solo como una humana.

...

Aquella noche, toda la manada se reunió para la Fiesta de la Luna.

Las antorchas iluminaban la plaza.

Los músicos tocaban antiguos tambores.

Los niños corrían entre las mesas mientras el aroma de la carne asada impregnaba el aire.

Era la celebración más importante del año.

Según la tradición, era durante aquella noche cuando muchos jóvenes encontraban a sus compañeros destinados.

Las miradas se cruzaban.

Los vínculos nacían.

Las familias se formaban.

Luna observaba todo desde la distancia, ayudando a Miriam a repartir infusiones a los ancianos.

Jamás había sentido envidia.

Era como contemplar una historia de la que nunca formaría parte.

Una loba se acercó sonriendo a otra.

Los ojos de ambas brillaron con un intenso color dorado.

A su alrededor estallaron los aplausos.

La Diosa de la Luna acababa de reconocer un nuevo vínculo.

Luna sonrió discretamente.

Le gustaba ver felices a los demás.

Aunque aquella felicidad jamás sería la suya.

Al otro lado de la plaza, Kael observaba la celebración junto a los ancianos.

Su mirada recorría cada detalle.

La seguridad.

Las patrullas.

Las entradas.

Las salidas.

Un rey nunca dejaba de vigilar.

Ni siquiera durante una celebración.

Fue entonces cuando sus ojos volvieron a encontrarse con Luna.

Ella reía por algo que un niño acababa de decir.

Natural.

Ligera.

Sin darse cuenta de que estaba siendo observada.

Durante un extraño instante...

Kael tuvo la impresión de reconocer aquella sonrisa.

Como si ya la hubiera visto antes.

Era imposible.

Casi nunca habían intercambiado una sola palabra.

Y, aun así...

Una extraña inquietud le oprimió el pecho.

Rápida.

Casi imperceptible.

Apartó la mirada de inmediato.

Aquello no tenía sentido.

No podía tenerlo.

Sin que nadie lo advirtiera, uno de los ancianos más antiguos observaba exactamente la misma escena.

Su rostro perdió el color.

Sus dedos apretaron con fuerza el medallón plateado que colgaba de su cuello.

Y, por primera vez en muchos años...

El anciano volvió a temer que la antigua profecía estuviera a punto de comenzar.

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