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Capítulo 1 — La chica que no debería tener un destino

— Has vuelto a pasar toda la noche despierta.

Luna Hart levantó la vista del mortero de piedra donde trituraba hojas de verbena y simplemente sonrió.

— Alguien tenía que preparar los remedios antes del amanecer.

La anciana Miriam murmuró algo mientras colgaba nuevas ramas de hierbas para ponerlas a secar. La pequeña cabaña olía a romero, lavanda y corteza de sauce. Era un aroma que Luna conocía desde que era una niña.

Había crecido allí.

No porque fuera hija de la curandera.

Sino porque nadie había sabido jamás dónde debía crecer una niña humana dentro de una manada.

La habían encontrado cuando aún era un bebé, envuelta en una manta, en la frontera del territorio Blackwood.

Sin nombre.

Sin familia.

Sin ninguna marca que revelara de dónde venía.

El antiguo Rey Alfa permitió que permaneciera allí.

No todos estuvieron de acuerdo.

Algunos decían que los humanos traían mala suerte.

Otros afirmaban que debía haber sido entregada a la aldea más cercana.

Pero Miriam simplemente la tomó en brazos y declaró:

— Si la Diosa de la Luna la puso en nuestro camino, es por alguna razón.

Nadie se atrevió a discutir con la curandera.

Veintidós años después, Luna conocía cada planta del bosque mejor de lo que muchos lobos conocían su propio territorio.

Sabía aliviar la fiebre.

Preparar ungüentos.

Detener hemorragias.

Y, de forma irónica, incluso los guerreros más orgullosos acudían a ella cuando regresaban heridos de las patrullas.

Aun así...

Seguía siendo simplemente la humana.

Ni loba.

Ni parte de la manada.

Solo tolerada.

— ¿Has oído la campana? — preguntó Miriam.

Luna asintió.

Era imposible no escucharla.

Tres largas campanadas resonaban por todo el valle.

Llamaban a todos a la Plaza de la Luna.

— Hoy el Rey Alfa regresa de la frontera — dijo la anciana.

Como si Luna pudiera olvidarlo.

Kael Blackwood había estado ausente durante casi un mes, reforzando las defensas del norte tras los rumores de invasiones en los territorios vecinos.

Toda la manada lo admiraba.

Algunos le temían.

Luna sentía un poco de ambas cosas.

Solo lo conocía de lejos.

Lo suficiente para saber que jamás sonreía sin motivo.

Que cumplía cada promesa que hacía.

Y que llevaba sobre los hombros un reino entero.

También sabía otra cosa.

Kael casi nunca la miraba.

No por crueldad.

Era peor.

Actuaba como si ella simplemente no existiera.

Luna se limpió las manos en el delantal.

— Voy a entregar estas hierbas antes de la ceremonia.

Miriam observó a la joven durante unos segundos.

— Hoy es la Fiesta de la Luna.

Aún eres joven.

Encontrarás a alguien.

Luna dejó escapar una leve risa.

— Las dos sabemos que eso no va a pasar.

La anciana no respondió de inmediato.

Su silencio decía más que cualquier palabra.

Todos conocían la tradición.

Todo lobo encontraba a su compañera destinada.

Tarde o temprano.

Era inevitable.

Pero los humanos...

Los humanos no tenían un destino.

No existían historias.

No existían leyendas.

No había ni una sola humana que hubiera sido reconocida por la magia de la Diosa de la Luna.

Luna había aprendido eso desde muy pequeña.

Y, curiosamente, nunca sufrió por ello.

No tenía sentido desear algo que jamás podría suceder.

Ya era feliz preparando remedios.

Cuidando de los niños.

Ayudando a quien lo necesitara.

Tal vez su lugar nunca hubiera sido al lado de un Alfa.

Tal vez estuviera exactamente allí.

En la pequeña cabaña cubierta de hierbas.

Cuando salió, el frío viento de la mañana desordenó su cabello castaño.

Las calles de piedra estaban llenas de movimiento.

Los lobos caminaban apresurados, llevando flores, telas y estandartes plateados para la celebración.

Algunos saludaban a Luna con cortesía.

Otros simplemente apartaban la mirada.

Ella ya estaba acostumbrada.

Mientras cruzaba la plaza, un grupo de niños corrió hacia ella.

— ¡Luna! — gritó un niño, jadeando. — ¡Mamá dijo que el señor Owen ya puede caminar!

Ella sonrió.

— Entonces los emplastos funcionaron.

— ¡Dijo que fuiste tú quien le salvó la pierna!

Luna revolvió el cabello del pequeño.

— Fue el remedio. No yo.

Antes de que pudiera seguir caminando, el sonido de cascos resonó en la puerta principal.

Toda la plaza quedó en silencio.

Los guerreros habían regresado.

Primero entraron los soldados.

Después los exploradores.

Y entonces...

Un enorme lobo negro cruzó lentamente las puertas de la manada.

Imponente.

Majestuoso.

Sus ojos dorados recorrieron a la multitud.

En un solo movimiento, el animal volvió a su forma humana.

Kael Blackwood.

El Rey Alfa.

Alto.

Vestido con un manto oscuro cubierto por el polvo del camino.

El silencio era absoluto.

Luna bajó la cabeza por respeto, como todos hacían ante el rey.

Pero, por un extraño impulso, levantó la vista un segundo después.

Y encontró sus ojos.

Fue rápido.

Breve.

Menos de un instante.

Aun así...

Kael frunció ligeramente el ceño.

Como si hubiera sentido algo.

Algo tan inesperado...

Que ni el propio Rey Alfa fue capaz de comprender.

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